
El monólogo ‘Pérfida (juguete escénico voodoo)’ es una crítica a la sociedad actual desde el teatro gestual y el cabaret latinoamericano. La obra juega entre los límites de la seducción y el horror.
Silvia Brito no dirige una orquesta, pero instala sus apuntes en un atril, mientras sus manos se mueven como si llevara una batuta. Paloma Pierini camina como si sus piernas fueran un flexómetro y mide los espacios para colocar los elementos escenográficos.
Un tramoyista cuelga sobre el telón y otros tres revisan las luces en el tablado. Aleja Ponce Vargas se sienta en las butacas del Teatro Variedades. Veinticuatro horas después, ella estará en el escenario. Su creación, ‘Pérfida’, tendrá su estreno, para luego presentar una temporada en el Patio de Comedias.
“Al fin la obra está en un teatro, o sea en uno grande”, dice entre alegre y aliviada. Sin querer convertir a su historia en una parábola, explica que solo desea que la gente se ría y que cuando salga “vaya por una cerveza” y se ponga a reflexionar.
Han pasado siete años desde la aparición de su personaje. Y, como las serpientes que mudan su piel, la Pérfida ha cambiado sin dejar de lado la esencia de los temas que aborda: patriarcado, violencia de género, desapariciones. Esto, sin olvidarse del amor romántico, la soledad y la exacerbación de las normas religiosas.

Actuar en rincones
En las sombras de los bares, en los rincones de festivales y en los escenarios improvisados de garajes, una femme fatale empezó a contar su historia en medio de carcajadas. La Pérfida es una antiheroína. Una bomba molotov que al explotar es tanto sacerdotisa como bruja. Una vampira que logró adaptarse en cualquier espacio.
Aleja cuenta que una semilla se sembró en Puerto López. Su obra estuvo presente en el FestiArtes. “Este festival es inmersivo, busca que la gente participe”. Por eso las funciones fueron en el patio de una casa. “Fue una experiencia loquísima, la atmósfera de esos momentos hicieron que me quede por dos años”.
Su formato le ha permitido montajes sin importar el lugar. Sus vestidos rojos de cabaret y sus trajes de cuero negro han recorrido la convención de mujeres tatuadoras hasta presentarse en el Festival de Punk en Ayampe. También tuvo su ciclo en el Microteatro.
Con más de dos décadas en las tablas, ahora dimensiona llegar al Variedades y presentarse en el Patio de Comedias. Inició a los catorce años en la Escuela del Cronopio y dos años más tarde ya era parte del elenco.
“Siendo parte del Cronopio claro que me presenté aquí (Variedades) y en el Teatro México, pero de manera independiente ha sido un camino tan difícil como largo”.

Sin miedo a la decapitación
Silvia fue la encargada de “ordenar el caos de Aleja” y lo hizo desde el teatro gestual y el bufón, personaje nacido en las cortes medievales, quien divertía al rey bajo la constante amenaza de la decapitación.
“Pese al riesgo, el bufón tenía la capacidad de decirlo todo irreverentemente y esa era su astucia de salvación”, explica Silvia. Es así como la Pérfida tiene este rol con un rey sin rostro, “un poder hegemónico que gobierna desde la estructura misma del sistema”.
A diferencia de los bufones medievales, que usaban panzas y jorobas como elementos cómicos, la Pérfida optó por una voz femenina libre, tacones altos, labios rojos y vestidos ceñidos. Así se convierte en un espejo donde se confronta sobre su propia feminidad y sus contradicciones.
Esto, sin dejar de lanzar dardos de humor sobre la opresión y violencia que viven las mujeres. “Lastimosamente no hay un solo verdugo, hay miles”.
Temporada 'Pérfida'
- Se presenta en el Teatro Patio de Comedias, en Quito.
- Las funciones son durante el feriado de Semana Santa.
- La obra está dirigida por Silvia Brito, cuenta con la co-creación y escenografía de Paloma Pierini y la actuación y creación de Aleja Ponce Vargas.
Del desamor al machismo
La Pérfida no solo es mordaz con el patriarcado. El machismo es más que una excusa para hablar del amor romántico y la violencia que podría acompañarlo. La obra transita desde la burla de las relaciones fallidas hasta la denuncia de las costumbres que perpetúan la desigualdad.
Ha matado a cada uno de sus diez maridos. Cada crimen lo relata como un desahogo. Pero, sin afán de justificarlo, está el eco de la tragedia que muchas mujeres enfrentan. “No hay una apología de un delito, lo que quiero es que los hombres reflexionen sin sentirse culpables”.
Los retratos de los finados están en un biombo móvil que Paloma ha diseñado. Los rostros fantasmagóricos están inspirados en el pintor Francis Bacon. “Una especie de altar ha rondado desde siempre. Ahora, este telón dinámico se suma para que pueda moverse en un escenario más amplio”.
Junto a este elemento está una cabeza decapitada zombi, una escoba de guaricha y una olla tan antigua como inmensa, con la que la abuela de Aleja cocinaba los almuerzos de cientos de obreros muchísimo antes de que la propia Pérfida naciera. “Nada es mera decoración y el público lo descubrirá al verla”, comenta la escenógrafa.
Aleja ha encontrado en la Pérfida una forma de habitar distintas versiones de sí misma, un espacio donde la rabia se convierte en risa y la risa en arma política. Si quiere conocerla, aproveche el Viernes Santo, el Sábado de Gloria o el Domingo de Resurrección. La Pérfida estará en el Patio de Comedias y tendrá algo que decir. Y lo dirá riendo.

