
Cincuenta años después del primer montaje, Francisco ‘El Pájaro’ Febres Cordero vuelve a dirigir ‘Farsa y justicia del corregidor’ con casi el mismo elenco. Su reestreno en la Casa de la Música demuestra que la pasión por el teatro no caduca.
Esta historia empieza con una llamada que desentierra un tiempo olvidado. Cincuenta años después, un grupo de personas vuelve a reunirse alrededor de una obra que los marcó sin que lo supieran. No es nostalgia lo que los convoca, sino algo más profundo: la certeza de que el teatro, cuando se lo deja entrar, nunca se va.
Francisco ‘El Pájaro’ Febres Cordero lo sabe bien. Lo descubrió de joven, lo vivió de adulto y ahora lo confirma, mientras reconstruye una historia que parecía guardada para siempre. Ya graduado del Colegio Spellman, lo llamaron para que armara un grupo de teatro. “Había actuado, pero no dirigido”, recuerda.
Lo dice como si en ese entonces la distancia entre actuar y dirigir hubiera sido del tamaño de un abismo. Y, sin embargo, aceptó. Juntó a sus primos, sumó amigos, y entre todos montaron ‘Farsa y justicia del corregidor’, una comedia afilada de Alejandro Casona donde la justicia se retuerce en los caprichos de un funcionario corrupto.
Era 1973. El montaje fue un éxito insólito. Se presentaron en La Floresta, en el Hotel Colón, en la iglesia del Girón. Lo cuenta sin la grandilocuencia de quien presume, sino como quien recuerda una travesura colectiva. Ahora regresa a la Casa de la Música.
Función en favor de La Ribera
- La Ribera es el programa central de la Fundación Alfredo Jijón que apoya integralmente a madres adolescentes en situación vulnerable.
- Los fondos totales de la función serán destinados a esta causa.
- La presentación es el 25 de noviembre de 2025, a las 20:00, en la Casa de la Música. Valor: 25 dólares.
- Participará el Trío Maturaga.
Reestreno 50 años después
Medio siglo después, cuando el teatro ya no parecía un destino sino un recuerdo, sonó el teléfono. Era Carolina Reed. Le dijo que un grupo de aquellos compañeros se habían reunido y recordaban el viejo montaje. Querían volver a hacerlo. “Ni loco”, respondió él. Y lo dice riéndose, como quien reconoce que la primera reacción siempre es protegerse del vértigo.
Habían muerto actores del elenco original. Otros, como Luigi Stornaiolo, ya no podían subir a un escenario. “Realmente no me acordaba de la obra”, confiesa, casi divertido por esa amnesia selectiva. Pero no pudo evitar la tentación. Buscó la obra en internet, la leyó, y algo se encendió. Una efervescencia. Una chispa que le dijo que, si lo hacía, no sería por nostalgia sino por ese impulso que solo el teatro provoca: la urgencia de jugar en serio.
Así empezaron a ensayar cada semana. Ensayos que, según los relatos familiares, parecían más una romería gastronómica que un proceso creativo. Pizzas y viandas de Tochi Ponce, cafés interminables, conversaciones que comenzaban en la comedia del Siglo de Oro y terminaban en los achaques de la edad.
Pero bajo ese ambiente doméstico había un rigor invisible: voz, cuerpo, gestualidad, ritmo, comunicación entre actores. Todos eran amateurs y, por lo tanto, había que volver a lo básico. “Lo más importante era insuflarles la pasión”, comenta ‘El Pájaro’. A punta de disciplina y cariño, un grupo de tíos, primos y amigos terminó encarando una obra como si fuera un estreno profesional. Y lo termina siendo.




El primer reestreno
La hija del director, Valentina Febres Cordero, escribió luego una columna donde narra la sorpresa creciente de ver entrar y salir de la casa familiar muebles que jamás imaginó sobre un escenario: la banca tallada, la mesa, la silla que perteneció a su abuelo. “Mi papá siempre ha contado que cuando él hacía teatro cogía lo que podía de la casa de su mamá”, escribió.
Medio siglo más tarde repitió la fórmula. Nada de simbolismos solemnes: muebles que, por su antigüedad, evocan una época, y una luz de ambiente que hace el resto. La escenografía como memoria viva.
El 16 de abril de 2024 se reestrenó ‘Farsa y justicia del corregidor’ en la Casa de la Música. Lo que pasó esa noche pertenece a ese tipo de momentos que se vuelven anécdotas familiares, sí, pero también algo más. Una constatación de que el teatro es un oficio que se guarda en el cuerpo, no en la biografía.
Actuaron sus primos Jijón, sumados al esposo e hijo de Tochi y a los jóvenes del clan familiar. “Qué profesionales, qué nivel actoral”, escribió Valentina. Y no era cortesía. Aquella noche, 400 personas aplaudieron de pie.
Los fondos recaudados se entregaron a la Fundación Alfredo Jijón, que acoge a madres adolescentes en La Ribera. La presentación de este 25 de noviembre de 2025 no deja atrás este solidario detalle.




Aleteos hacia un tiempo pasado
¿Por qué volver a una obra 50 años después? ‘El Pájaro’ lo dice sin solemnidad, pero con una claridad que desarma: “He vuelto a vivir lo que sentía de joven. Es un reflorecimiento para alguien que sabe que le han pasado los años”.
No busca esconder la edad, la usa. La convierte en una lente. Le da valor. Quizá porque para él el teatro no ha sido una actividad pasajera, sino un modo de estar en el mundo. “Le he dedicado siempre tiempo al teatro”. En él todavía hay algo del joven que actuaba sin miedo y del adulto que dirige sin pretensión.
La obra no ha envejecido. Sigue viva porque habla de la corrupción de la justicia, de los caprichos de un funcionario que acomoda la ley a su antojo, de un pueblo que observa cómo se tuerce el orden hasta volverlo ridículo. En un país donde la justicia parece una farsa sin comedia, Casona no pierde vigencia: la confirma.
Hubo un momento, durante los ensayos, que lo conmovió. Vio que, de pronto, la obra estaba ahí. “Armadita, funcionando, lista para el público”. Ese instante de revelación, mínimo y silencioso, es el verdadero motor.
Aprendió algo en este proceso, o quizá lo recordó: dirigir es una forma de trabajar con personas, de guiarlas sin imponer, de construir algo colectivo desde la pasión. Fue su primer aprendizaje hace cincuenta años y lo es también ahora.
¿Qué le diría a aquel ‘Pájaro’ joven que montó la obra por primera vez? No duda: “En la vida hay que jugarse, pero jugarse entero. Cuando te juegues, dalo todo. Se trata de recorrer un camino, cualquiera, pero con pasión”.
Ese consejo podría ser un mensaje final para su elenco, para los espectadores, para su propia familia. Porque lo que consiguió este reestreno no es solo una obra bien montada. Es algo más elemental y difícil: demostrar que la pasión no caduca. Que la edad no impide el juego. Que el teatro, cuando se hace desde el corazón, es una forma de insistir en la vida.

