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Mundo Diners al día

Ojo de Agua: un grupo de teatro con instinto nómada

por Damián De La Torre Ayora

Ojo de Agua
Roberto Sánchez y María Elena López son parte del grupo Teatro Ojo de Agua. Foto: Cortesía.

Teatro Ojo de Agua ha tenido sedes en el norte, el centro y el sur de Quito. En todos sus espacios han montado obras, formado actores y nuevos públicos. Lo que está por leer es la historia de un grupo errante.

En los años 90, Roberto Sánchez era parte del grupo teatral La Espada de Madera y María Elena López de Contraelviento Teatro. Un día coincidieron en las tablas y desde entonces dejaron esos proyectos para crear el suyo: el Teatro Ojo de Agua.

Todo empezó en la Universidad Católica. Un texto de Harold Pinter puso a trabajar a Roberto y María Elena junto con Eduardo Granja y Karina Marín. El cuarteto quedó en un dúo que por casi tres décadas ha tenido un sentido errante sin perder la dirección de su brújula: “producir un teatro profundo y significativo”.

Su propuesta puede ser vista como una diáspora constante, un desplazamiento en favor del arte. Al igual que los migrantes que buscan nuevas tierras para sembrar sus sueños, Roberto y María Elena han llevado su teatro por diversos rincones de Quito. 

Esta movilidad no solo ha enriquecido sus experiencias, sino que ha permitido que su mensaje artístico trascienda fronteras físicas y culturales, creando un puente entre diferentes comunidades y generando un impacto en cada lugar al que llegan.

Desde 1998 han fluido por distintos espacios. Su corriente escénica se ha movido entre sótanos y salas prestadas, en medio de lugares propios y rentados, traspasando las fronteras entre el norte y el sur de Quito.

Nuevamente son un cuarteto. Irene Villacrés y Christian Jácome son parte de este grupo que monta sus propias obras, educa a personas de todas las edades y forma públicos. Su nueva sede está en el Centro Cultural Marcopamba, en San José de Chilibulo (sur de Quito).

Teatro sin fronteras

No existen muros ni mentales ni físicos que el Teatro Ojo de Agua no haya traspasado. Su propuesta es tan amplia, que va de presentaciones infantiles con títeres a dramas profundos para grandes.

La enseñanza tampoco tiene límites de edad. Christian trabaja con los niños y los adultos mayores; mientras Irene se concentra en los adolescentes. Roberto y María Elena se vuelcan al aprendizaje de su escuela de formación. Irene, por ejemplo, es el resultado de este trabajo.

Ni hablar de la movilidad que les ha caracterizado. De un rinconcito de la Casa de la Cultura aterrizaron al Avión de la Fantasía. Han sido ‘huéspedes’ del Malayerba, del Centro Cultural Metropolitano y del Itchimbia.

“El teatro es entendido como la edificación”, dice Roberto. “Cuando nos preguntaban: ¿y en dónde queda?, teníamos que explicar que nosotros somos el teatro”. María Elena entra en escena para completar la idea: “Esto es lo que nos ha permitido adaptarnos más allá de las geografías”.

Para evitar la preguntadera, rentaron un lugar. Primero se asentaron en La Florida, en el norte de la capital. Después fueron al Centro Histórico y, tal cual el cuento de Cortázar, una habitación se transformó en la casa tomada, un espacio que se llenó de actividades culturales.

La pandemia lo cambió todo. Pero el cierre obligatorio no apagó su instinto nómada. Una vez que el semáforo se puso en verde, encontraron un lugar en la Casa Marcopamba, en el sur de Quito. Este espacio, en donde habitaban las religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, es ahora un centro cultural.

Teatro Ojo de Agua

  • Se ubica en la Casa Marcopamba, calles Cojitambo Oe7-39 y Balzapamba, en San José de Chilibulo (Quito).
  • Actualmente preparan la obra ‘Fetiches: intimidades expuestas’.
  • Su línea de trabajo es la experimentación e investigación escénica y audiovisual, basada en textos clásicos, nuevas dramaturgias y propuestas propias.
  • Desde 2010 tienen el proyecto pedagógico Observatorio-Escuela de actuación.
  • Sus obras se han presentado en Ecuador, Colombia, Venezuela, Argentina, España, Bélgica y Marruecos.
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Miembros de la escuela de formación del Teatro Ojo de Agua.

Tren al sur

Un aire místico da la bienvenida. Las imágenes de vírgenes y de santa Rafaela María aún están presentes en el espacio. Ya, por dentro, el ambiente va cambiando. Los cuartos antiguos y las aulas tienen una apariencia distinta. Hay una biblioteca, mesas de una cafetería que se pueden improvisar como pupitres de clase y una nueva sala de teatro.

Al abrir una puerta se ingresa a una especie de cubo negro. Allí brillan sesenta butacas anaranjadas en medio de un amplio graderío. Un tablado oscuro es el escenario idóneo hasta para una puesta en escena de gran formato. Luces de todos los colores cuelgan en el techo. Todo se ha acomodado para que el ruido no irrumpa.

Por este espacio pasan estudiantes de distintos colegios, llegan los vecinos, se forman futuros teatreros y se exhiben todo tipo de obras. Los proyectos del Teatro Ojo de Agua se concentran en los intereses de su zona, lo que permite su financiamiento a través de fondos concursables y la autogestión. Esto no significa que la gente no pueda llegar desde distintos sectores.

¿Existe alguna diferencia entre tener un teatro en el norte, centro o sur de la ciudad? Roberto y María Elena coinciden en que, si bien las dinámicas son distintas el sentir y generar emociones no cambian más allá de los límites fronterizos.

En todas partes hay quien sueña con ser actor o convertirse en actriz. Sin importar el sitio, siempre hay alguien que quiere deleitarse con una obra teatral. En todo lugar se debe seguir con la tarea de formar públicos y el Teatro Ojo de Agua busca que todo esto fluya sin importar el lugar.

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Acerca de Damián De La Torre Ayora

Estudió Ciencias de la Educación, Lengua y Literatura y Comunicación Social. Fue editor y jefe de información de Diario La Hora y condujo el programa radial In-Cultos. Ganador del Eugenio Espejo UNP y Artes Vivas de Loja.
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