
‘Huasipungo’ es un clásico de la literatura y del teatro ecuatoriano. Y, como todo clásico, está siempre en busca de diálogos con las nuevas generaciones. Eso es lo que ha llevado al Teatro Ensayo a armar un nuevo montaje y a programar diez funciones.
Es la noche del 19 de marzo de 1970. El Teatro Nacional Sucre está abarrotado. Entre los asistentes, sentado en una de las primeras filas, está el escritor Jorge Icaza. Viste traje y corbata. Mientras saluda y fuma un cigarrillo tras otro, no deja de pensar en algo que lo inquieta desde hace algunos días, saber si la adaptación de su novela tendrá éxito.
Cuando termina la función, el teatro estalla en aplausos. Más tranquilo y con una sonrisa en el rostro, Icaza felicita a Antonio Ordóñez, el joven director de Teatro Ensayo. Después de ese día, el boca a boca hace lo suyo y durante los siguientes cuatro meses, miles de personas ven la obra. El ritual se repite de lunes a domingo, sin pausas, ni descansos.
Así fue el debut de ‘Huasipungo’ en las tablas y así lo recuerda Antonio Ordóñez 55 años después, sentado en una de las butacas de la Sala Demetrio Aguilera Malta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE). En este escenario, el Teatro Ensayo dará diez nuevas funciones y lo hará como homenaje a la actriz Isabel Casanova, quien falleció en 2024.
‘Huasipungo’
Para finales de los años 60 ‘Huasipungo’, de Jorge Icaza, ya era un ‘best-seller’ de la literatura latinoamericana. No había académicos ni intelectuales de la época que no se hubieran interesado en comentar la historia de Andrés Chiliquinga, el personaje con el que Icaza contó la explotación que vivía el indígena ecuatoriano en los años 30.
Entre esos intelectuales estaba Marco Ordóñez, autor de la versión teatral de ‘Huasipungo’. Un día, él y Antonio Ordóñez visitaron a Icaza, en la librería que tenía en el Centro Histórico. Le contaron sobre su proyecto y lo invitaron a trabajar con ellos en los ensayos. Icaza se excusó -tenía dudas de que puedieran llevar su historia a las tablas- pero se apuntó al estreno.

Teatro Ensayo se empeñó en adaptar ‘Huasipungo’ por una simple razón. Antonio Ordóñez y el elenco de actores estaban convencidos de que aunque habían pasado tres décadas de la publicación de la novela de Icaza, los indígenas ecuatorianos seguían siendo explotados de maneras inhumanas y, en ese contexto, no había cómo mirar a otro lado y pasar página.
Ahora, Ordóñez reconoce que el contexto del indígena ecuatoriano no es el mismo que el de hace cincuenta años -sobre todo gracias a sus propias luchas- pero hace una aclaración: “Las condiciones de vida del indígena y de gran parte de la población -dice- siguen siendo precarias”. Por eso su insistencia de montar nuevamente ‘Huasipungo’ en pleno siglo XXI.
Antonio Ordóñez
De niño, a Antonio Ordóñez le atraían las zarzuelas. Siempre quiso ser parte de una pero sus profesores de escuela nunca lo elegían. Entonces, apareció la rebeldía: se escapaba de clases y se escabullía hasta el teatro para aprenderse los diálogos. Sesenta años después, puede recitar con claridad y voz templada varios de esos versos.
“Yo me marcharé de aquí apenas se vayan estos/ Y junto a los envoltorios un zapato a medio hacer/ con el cartón ya cosido, ahora qué contesta usted/ ahora qué contesta usted”.
Su conexión con el teatro comenzó en el Colegio Mejía. El día que anunciaron las audiciones para una obra corrió a apuntarse. Le asignaron un papel y tuvo su debut soñado en el Teatro Sucre. Se hizo amigo de los tramoyistas y comenzó a armar escenografías. “Me encantó trabajar con la madera y me hice carpintero, el otro oficio que me dio la vida”.

Por esos años, él y su amigo Simón Corral, se vincularon a los Tzántzicos, ese grupo de vanguardia artística y literaria que se reunía en el Café 77, ubicado frente al edificio de la Vicepresidencia-, allí preparaban sus famosos recitales con puesta en escena incluida. En una de esas acciones estuvo Fabio Pacchioni, fundador del Teatro Ensayo.
La historia cuenta que los Tzántzicos, entre ellos Ulises Estrella y Raúl Arias, se unieron al Teatro Ensayo y que después cada uno siguió su camino. También que Pacchioni le entregó la dirección a Ordóñez y que durante todo este tiempo, más de sesenta años, él se ha convertido en el mapa y la brújula de un grupo que aún cree en la utopía del teatro colectivo.

