
La productora y gestora cultural Fabiola Pazmiño llegó a Guayaquil a inicio de 2025 para asumir la dirección artística del Teatro Sánchez Aguilar, un espacio que se ha convertido en referente para la escena cultural de la ciudad.
Durante 15 años, Pazmiño fue productora de la Fundación Nacional Teatro Sucre. Creó la agencia cultural HiloNegro, especializada en el fortalecimiento del ecosistema musical ecuatoriano, y desde enero de 2025 es Directora Artística del Teatro Sánchez Aguilar.
Después de dos meses en su nuevo cargo en este Teatro, que ha sido la casa de obras como la ópera 'Casanova', con John Malkovich de estelar, o de conciertos icónicos de artistas como Fito Páez o Jorge Drexler, Pazmiño conversó con Mundo Diners sobre su visión del quehacer escénico.

¿Cuál es el aprendizaje más importante de le dejaron los 15 años de trabajo en la Fundación Teatro Sucre?
Quizás el aprendizaje más importante fue que sola no logras nada, que apoyarse en quienes más saben de otras cosas es la mejor manera de alcanzar los objetivos. Estar a la cabeza de un espacio cultural no te hace conocedora de todo. Una puede ser un canal para atraer, aportar y sumar desde otros lugares, pero siempre trabajando en equipo.
Antes de aceptar el cargo, ¿qué idea tenía del Teatro Sánchez Aguilar y ahora en qué quiere que se convierta?
El Sánchez Aguilar ocupa un lugar importante en el imaginario cultural de Guayaquil. Antes de aceptar el cargo tenía la idea de que era un espacio dedicado más al teatro musical y con un tinte más comercial y ahora sé que no es tanto así. Vamos a trabajar para que el teatro se convierta en un epicentro creativo, donde se cree alrededor de las artes escénicas y de las artes musicales. Y que la programación local se integre a circuitos de programación internacionales.
Hay una gama súper amplia de gustos en Guayaquil. El público no es homogéneo ni en cuanto a los accesos o los consumos. En mi caso, busco una renovación para un público joven. Quiero que se acerquen al teatro y lo descubran, que vean el potencial que tiene este lugar porque sin duda alguna, cualquier joven que venga al teatro se va a asombrar, va a volver y tal vez incluso descubra una vocación o un potencial.
Después del Covid-19 los teatros en el mundo dejaron de tener público.
No quiero ni me interesa enfocarme en la mega programación o en las megas producciones. He podido conversar con gestores, artistas, directores y músicos y todos coinciden un poco en que en la ciudad faltan espacios donde se puedan presentar. Sin embargo, siento que acá hay más espacios que en Quito. Las salas de teatro independientes están en constante creación o reposición de sus montajes. El problema es que hay un cuello de botella entre la oferta y las salas.
En medio de vidas que transcurren entre redes sociales y encuentros fugaces, ¿no cree que hoy los teatros pueden ser espacios anacrónicos?
La anacronía puede ser subjetiva. Un teatro no puede plantear una programación que se considere absolutamente vanguardista y que no dialogue con el público y los hábitos de consumo. Eso sería snob y elitista. Hay que entender a quién le hablas, proporcionarle lo que quiere, necesita y lo que tal vez podría interesarle.
Yo soy militante de que los espacios culturales deben tener una identidad, no deben programar en relación a lo que le funciona a otros. Eso no tiene ningún sentido. No le apuestas a nada, planteas fórmulas que no necesariamente te pueden funcionar. La identidad se crea entre la audiencia, el público objetivo y el público que te imaginas para ir construyendo. Eso se logra exactamente igual que un vínculo afectivo: escuchas, ofreces y propones.
¿Fabiola Pazmiño cree que el teatro tiene algo que decir o poner en diálogo con el momento social que se vive en Guayaquil?
Creo que lo más importante es que las personas sepan que este teatro es un lugar al que pueden llegar, tanto como artistas creadores, como consumidores que van a nutrirse, a inspirarse y a aprender. Nuestra intensión es mantenernos como un espacio seguro, sólido, firme, en donde siempre exista circulación de contenidos y una formación continua, en el que también se pueda dialogar con la comunidad artística internacional.
¿Cree que desde un teatro privado se puede contribuir a un modelo de política pública para las artes?
Es importante entender que hay espacios como el Sánchez Aguilar, que existen gracias a una fundación privada que cree en la importancia de ofrecer a los ciudadanos una oferta cultural, que invierte en una programación y que genera plazas de trabajo para 43 familias. Los espacios dedicados a la cultura necesitan presupuesto, infraestructura, trabajadores especializados y eso no existe en muchísimos lugares del país.
Hay pocas salas públicas con la infraestructura al día, con personal capacitado para sostener una programación y con presupuesto para mantenerla a lo largo de todo un año. Si piensas en otras ciudades del Ecuador, además de las más grandes, estos espacios no existen. El trabajo del Sánchez Aguilar es un ejemplo para que el sector público conciba espacios bien provistos de infraestructura y piense en la formación de trabajadores de la cultura.

