
Distópico Teatro presenta Cuento de la criada en el Patio de Comedias, una adaptación de Eduardo Hinojosa de la novela de Margaret Atwood. Se trata de una obra minimalista sobre el control del cuerpo y los mecanismos con los que el poder convierte la violencia en norma.
Deroy entra en escena vestida de rojo. La luz intensifica el color de su túnica y parece que dejara tras de sí una estela de sangre. Lleva la cabeza cubierta por una toca blanca que limita su mirada y completa una imagen que recuerda a la de una monja. Antes de que pronuncie una palabra, su cuerpo ya parece sometido a una condena.
En la república totalitaria imaginada por Margaret Atwood en El cuento de la criada, el rojo identifica a las mujeres destinadas a la reproducción. Es el color de la sangre y la fertilidad, pero también de la violencia disfraza de un deber sagrado. Lejos de ofrecer pureza, la toca acentúa el aislamiento. Deroy no solo está vestida de criada, sino que está encerrada en el papel que el régimen le ha asignado.
La adaptación que presenta Distópico Teatro en el Patio de Comedias, bajo la dirección de Eduardo Hinojosa, no es la versión televisiva protagonizada por Elisabeth Moss. Es otra lectura de la novela de Atwood, condensada en un montaje de cinco intérpretes. También es la propuesta que celebra los 10 años de esta agrupación.
Una mesa y pocos muebles de madera bastan para construir los espacios en los que habita el miedo. La austeridad escénica concentra la atención en los cuerpos, las miradas y los gestos. La mesa es el objeto central. Su desplazamiento modifica el espacio y permite que se convierta en distintos lugares. Desde una cama hasta el ático al que es enviada Deroy, y que representa otra prisión.
En las luces predominan el rojo y el blanco y son suficientes para construir atmósferas. Su intensidad endurece una mirada, recalca un gesto o hace del escenario un lugar amenazante. El rojo deja de ser el color de las criadas y termina influyendo en la percepción del espectador.

Aprender a obedecer
La violencia comienza en la formación. La tía Lidia educa a las mujeres para que no hablen, no lean y no cuestionen. Deben responder cuando se les ordena y aprender a aceptar su función de recipientes reproductivos.
La preparación parecería una instrucción militar. La disciplina se impone sobre el pensamiento y el miedo es el método pedagógico. Las criadas son entrenadas para ser violadas por quienes gobiernan, mientras el lenguaje religioso presenta esa subordinación como parte de un orden superior.
La escena no es ajena, pues es un guiño a los abusos y excesos cometidos por uniformados. Uno no puede dejar de preguntarse sobre qué ocurre cuando la autoridad convierte a la obediencia en un instrumento de control.
Sobre las tablas ya no basta con rezar a Dios. También se reverencia al gobernante, elevado a una posición casi divina. El comandante Roy Gilbert representa esa cabeza del poder que decide sobre los cuerpos. Su autoridad se expresa tanto en la violencia que ejerce como en la impunidad.
Mujeres sin voz
Nivia, la esposa del comandante, no es una mujer sin pasado. Fue una dirigente elocuente que ayudó al régimen. Bajo el nuevo orden, esa voz perdió su lugar. Su silencio resulta revelador, porque la subordinación no desaparece cuando una mujer ocupa una posición privilegiada. Ella conserva el rango que le otorga su matrimonio, pero ya no ejerce la palabra que alguna vez la definió.
Su frialdad y su prepotencia conviven con esa contradicción. Participa en un sistema que ha reducido su autonomía, aunque su posición le permita violentar a otras mujeres. La obra plantea así una tensión que va más allá de las diferencias de clase. Inclusive si una mujer ocupa un lugar privilegiado, su voz puede ser restringida.
Esta restricción está presente hasta en los momentos en que parecería que Deroy puede hablar. Cuando se le permite jugar con palabras, cada intento de pronunciarlas conlleva un nuevo maltrato. El régimen decide hasta cuándo puede hablar.
Más sobre el Cuento de la criada
- Cuento de la criada celebra la primera década de Distópico Teatro. Justamente, la distopía es la columna de su trabajo como también se observa en otras propuestas como 1984 y El holocausto de las letras.
- La obra se presenta en el Patio de Comedias, en Quito (18 de Septiembre y 9 de Octubre).
- Las funciones son del 2 al 4 de octubre, viernes y sábado a las 19:00 y el domingo a las 18:00. Preventa USD 12 y USD 15 el día de la función. Reservas: 099 840 4933.

El traje del poder
Las actuaciones sostienen el peso emocional. El horror y el sufrimiento se instalan en el rostro de Deroy (Lucía López). Nivia (Luciana Zambrano) impone una frialdad que deja entrever la distancia entre su posición social y su libertad real. La tía Lidia (Fernanda Corral) encarna la disciplina extrema de quien convierte el sometimiento en una tarea pedagógica.
El conductor Gael (David Noboa) sobrevive moviéndose entre las reglas del sistema y las oportunidades que encuentra para jugar sus propias cartas. El comandante Gilbert (Patrick Valembois), desalmado y violento, representa la autoridad habilitada para disponer de los demás. Esta distribución de personajes da paso a que la obra vaya más allá de la oposición entre víctimas y victimarios.
El vestuario termina de delinear esa jerarquía y asigna una función. La túnica roja y la toca blanca de Deroy la identifican como parte de una propiedad funcional. Nivia lleva un vestido azul ceñido a la silueta y con capa, una elegancia que contrasta con lo impuesto a las criadas y refuerza su posición dentro de la casa.
La tía Lidia, envuelta en una gabardina de severidad casi militar, recuerda el uniforme de la SD nazi y remarca la vigilancia. El traje del comandante Gilbert tiene un toque franquista y realza el carácter autoritario de su figura. Gael, uniformado como conductor, pero sin los distintivos del alto mando, pertenece al engranaje, aunque sin rango alguno.
El precio del silencio
La adaptación de Distópico encuentra en la reducción de elementos una manera de concentrar el conflicto. No necesita reproducir cada detalle del mundo imaginado por Atwood. La violencia como norma está en la representación de la educación, en las costumbres y en las palabras que dejan de pronunciarse.
La puesta en escena encuentra allí uno de sus puntos de contacto con el presente. En la facilidad con que la disciplina puede confundirse con obediencia, el privilegio con el derecho a someter y el silencio con la aceptación.
Cuando el rojo vuelve a imponerse sobre el escenario, ya no observamos el traje de una criada. Vemos la marca que un régimen deja sobre quienes convierte en instrumentos de su voluntad. Al salir del teatro, uno no puede dejar de preguntarse cuánto puede avanzar el poder cuando se normaliza la violencia.

