
Una comedia temprana de William Shakespeare llega al Estudio de Actores en Quito. En Trabajos de amor en vano, trece intérpretes del Estudio de Actores ponen en escena la siguiente encrucijada: ¿El amor siempre traiciona a las promesas?
Primera escena: antes del amor, el cuerpo

No hay escenografía. Más allá de la vestimenta y el maquillaje nada esconde a los gestos. Trabajos de amor en vano se presenta desde el cuerpo y la palabra, como si William Shakespeare (1564-1916) hubiera decidido volver a lo esencial: personas que se miran y se prometen cosas imposibles, por lo que se contradicen.
Esta obra no nace en un aula ni es una evaluación académica. Es el trabajo final de La Cantera, el espacio de formación teatral que dirige León Sierra en el Estudio de Actores de Quito. “Aquí no se valida, se acompaña. No se trata de notas, sino de procesos. No hay examen, hay riesgo”.
El público se pone de frente al teatro como cierre, pero entendiendo al arte por encima de la profesionalización. Esto no quiere decir que el rigor esté ausente, porque 20 estudiantes han sido parte de tres años de aprendizaje. Trece de ellos entran en escena, algunos otros los acompañan en la producción, vestimenta y maquillaje.
Segunda escena: tras el telón

Antes de que los espectadores entren a la sala, el amor ya está en problemas. No el amor romántico, sino otro, el de cuidar cada detalle.
Para Sierra, quizá no se trata tanto de hablar del amor como de la comedia. Porque si “la tragedia miraba a los dioses, la comedia se atreve con algo más complicado: las relaciones entre seres humanos”. Sus vínculos, sus contradicciones, sus deseos mal formulados. De ahí, inevitablemente, se llega al amor.
El director reflexiona sobre Shakespeare como un gran condensador para tomar lo clásico, pero con la capacidad de llevarlo al lenguaje cotidiano. Así se construye un puente entre épocas: renacimiento, barroco y lo contemporáneo.
De esta manera, el Estudio de Actores y Desborde el Teatro presentan la primera comedia que ya muestra a un autor que ensaya entre el juego y la invención. Un Shakespeare incipiente, pero con una genialidad que se asoma incluso antes de Hamlet o Macbeth, obras no ficcionales que se basó en hechos al ser creadas.
Tercera escena: remarcando el gesto

En un cuarto de tres metros cuadrados hay disfraces y dos pequeñas mesas llenas de cosméticos. El maquillaje no es individual. Actores y actrices se pintan por momentos solos y otras veces lo hacen entre ellos.
La actriz Carina López pronuncia con algo de solemnidad lo siguiente: “el cuerpo depende del otro”. Desde el maquillaje ya se sostienen. Una mano alcanza un pincel, otra ajusta un detalle, alguien observa en silencio.
Guillermo Guerra, uno de los actores, habla de una energía compartida, de un encuentro físico que solo ocurre cuando hay más cuerpos acompañando. La actriz Daniela Armas recuerda que el proceso no siempre es cómodo. “Conocerse a uno mismo interpretando a otro puede ser un choque frontal”.
Y luego está la resistencia en escena. Más de dos horas en las tablas representa un esfuerzo que el público no siempre ve, y mucho menos mira lo que pasa tras el telón.
Trabajos de amor en vano
- Presentación: Estará hasta el 01 de febrero en el Estudio de Actores (Manabí y Benalcázar, Quito), viernes (19:00), sábados y domingos (18:00).
- Elenco: Daniela Armas, Manuela Alves, Noemi Caizaluisa, Felipe Cucalón, Guillermo Guerra, Carina López, Paulina López, Pol Medina, Juan Ruales, Juan Terán, Tadeo Lugo, Edgar Zúñiga y Mateo Yacelga.
- Producción: León Sierra (dirección general), Carlos Marchena (adaptación y traducción), Mateo Yacelga (versión libre), Marina Flores (diseño y vestuario).
- Entradas: USD12 preventa, USD15 general, USD 7,50 estudiantes, tercera edad y personas con discapacidad, USD 4 trabajadores precarizados/alumnos FAUCE.
Cuarta escena: por qué esta obra

Nada de esto fue automático. Hubo lecturas y varias propuestas. Atreverse a Shakespeare es asumir un peligro. Manuela Alves lo resume bien: un texto tremendo, un vocabulario complejo que exige ser bajado a tierra.
Por eso resulta un reto atractivo. Además de que se cuenta con una serie de personajes masculinos y femeninos, tensiones claras, un campo fértil para explorar a lo que siempre se vuelve: el amor.
¿Quién no se ha enamorado?, ¿quién no hace promesas que no se cumplen? ¡Todos hemos hecho tonteras por amor! Son varios de los cuestionamientos y afirmaciones entre actores y actrices, a pocos minutos de entrar al escenario.
Quinta escena: vestirse del enredo

Marina Flores se lanzó al vacío con trece vestuarios. Observó ensayos, miró cuerpos, buscó colores. Cada personaje le insinuó una forma y una textura basada en la naturaleza. Flores, pasteles y detalles góticos. Un Shakespeare inspirado en lo natural, pero atravesado por el desorden emocional.
“Siempre hacemos algo por amor”, dice Marina, mientras da puntadas ajustando un traje. “Y cuando todo termina, a veces, queda la sensación de que fue en vano”. Esto es lo que la obra no explica, sino que deja flotando.
Cuando las luces se encienden y el público ocupa su lugar, no encuentra una historia complaciente. Halla diálogos cómicos que intentan imponerse al deseo y hacen que los cuerpos traicionen cualquier juramento.
La princesa de Francia y su corte cruzan la frontera y llegan al reino de Navarra para cumplir una misión diplomática. A partir de ese arribo, el orden se desacomoda. El príncipe y sus leales hombres han jurado no enamorarse en tres años. Pero las certezas se vuelven frágiles y el lenguaje empieza a jugar malas pasadas, mientras el amor está en el aire.
Entonces, el público verá cómo el amor se pone en duda. Y quizás, al final, salga con la sospecha de que algunas promesas necesitan tiempo para cumplirse, y que no todo lo que parece en vano lo es realmente.

