Michelle Williams, una de las mejores actrices de nuestro tiempo (y de cualquier otro), vuelve a darlo y romperlo todo en Dying for Sex, miniserie disponible en Disney+. No se sabe de nadie que haya visto esta corta e inmensa obra de arte sin recordar que tiene corazón, data y pechitos.
Dime, ¿qué es eso que planeas hacer con tu única, salvaje y preciada vida?”
Mary Oliver
Una chica linda que desnuda está vale un millón de estatuas”.
E. E. Cummings
A quienes no lo sabían y están a punto de saberlo, un abrazo. A sus quince años, entre fiesta y viaje, Michelle Williams escogió emancipación. Se destetó del hogar familiar, en San Diego, costa sur de California, para mudarse a Los Ángeles, vivir por su cuenta y trabajar como actriz a tiempo completo bajo leyes laborales diseñadas para adultos. Es 1995 la señorita-casi-niña ha salido en dos capítulos de Baywatch (Guardianes de la bahía) y una película de Lassie, el perro de raza franquicia.
En 1998 se integró al elenco de Dawson’s Creek, la ñoña pero innegable serie adolescente que se ve y se llora hasta el sol de hoy en el planeta entero. Cabe pensar, aquí, que el futuro de Michelle Williams será igual de ñoño que Dawson’s, pero ella nunca permitiría tal cosa. A razón del año 2025, ha sido nominada al Óscar en cinco ocasiones distintas y por cinco roles dramáticos (entre ellos una biopic de Marilyn Monroe), es tratada como “un tesoro nacional”, y nos tiene (de nuevo, otra vez) de rodillas y estremecidos luego de ver Dying for Sex, la miniserie de ocho episodios disponible en Disney+.
Dying for Sex se traduce como Muriendo por sexo, gran título en ambos idiomas, guiño de complicidad y hermandad a las que postean “qué ganas de coger” en sus estados, pero su nombre formal en nuestra lengua es Morir de placer. La trama viene de la vida real, es la adaptación de un pódcast del mismo nombre cuyo argumento sigue a continuación: Molly (Michelle Williams en la miniserie) tiene cáncer, fase cuatro, metástasis; puede someterse al tratamiento, pero no vencer a la enfermedad; entonces decide separarse de su esposo y morir acompañada por Nikki, su mejor amiga.
Y detalle no menor: Molly, cuarenta y tantos encima, nunca ha tenido un orgasmo provocado por otra persona, queriendo decir que alcanzó sus clímax boca abajo, masturbación y almohadas y vibradores mediante. Su último deseo es que un hombre la haga terminar y venirse antes de que el cáncer termine con ella; camerino inundado y cancha inclinada, digamos. Esta última voluntad la define. Como dicen las protagonistas originales en el pódcast: “Mi cuerpo necesitaba ser tocado”, su forma de decir “que se joda el cáncer” (fuck cancer, en inglés) fue decirle “sí” a la aventura.
Durante el show mañanero de Kelly Clarkson, en una de las muchísimas entrevistas de promoción que ha generado la miniserie, Michelle Williams identificó aquello que la atrajo a esta historia, y dijo, “Lo que me movió tanto cuando escuché el pódcast fue su valentía (se refiere a Molly). No sé si yo la tendría. Si tuviera X cantidad de tiempo para vivir, no sé en qué términos lo haría. ¿Tendría el coraje para usar ese tiempo de una manera nueva, inventiva, contundente y apropiada para mi ser amado?, ¿estaría agarrada a la mesa con uñas y dientes? […] Me sentía comprometida con esta persona, que usó su diagnóstico como un portal de vuelta a sí misma y de manera ulterior pudo sanar algo antes de marcharse”.
Ella, como nosotros todos, algo conoce del dolor. La primera nominación al Óscar para Michelle Williams fue por Brokeback Mountain (Secreto en la montaña), en la que interpretó a la esposa de un vaquero que mantiene, en paralelo a su matrimonio, una relación amorosa con otro hombre, vaquero como él. La cinta se estrenó en 2005 y su contraparte fue el actor australiano Heath Ledger. Se enamoraron en el set, buscaron rancho y cuarto aparte, tuvieron una hija y una relación pública hasta 2007. Ledger murió en enero del año siguiente a causa de una sobredosis accidental de medicamentos. Desde entonces, la actriz también ha sido una especie de viuda oficial, ad aeternum.
Quizás a su pesar, Heath Ledger será eternamente recordado como El Guasón en The Dark Knight (El caballero de la noche, 2008), película clave y bisagra de este siglo; el actor no llegó a verla y recibió un Óscar póstumo por su trabajo en ella. El nombre de Heath Ledger salta cada vez que se menciona o se busca e investiga a Michelle Williams, como si estuvieran juntos aún o ya nunca jamás pudieran separarse (¿podrán?, ¿cómo te apartas de ese recuerdo tuyo que tienen los demás?, recuerda que esa memoria debería ser tuya, pero no te pertenece).
Curioso y capaz no tanto. Hacia el final de Dying for Sex, cuando está por ocurrir lo que ya sabíamos que ocurriría, cuando uno se arremanga en otra piel y en otros pliegues o en las arrugas y manchas de su propia sábana y su propio llanto (un llanto alegre, el llanto estimulado por el arte, la verdad, el sentimiento), Molly tiene una serie de alucinaciones y suelta una de sus mejores líneas: “No es tan serio”, dice sobre su propia muerte; respondiendo acaso a la famosa, de culto y generacional pregunta del Guasón: “¿Por qué tan serio?”. Otra de sus frases para el bronce, por ejemplo, vendría siendo, “su pene es tan hermoso como una cascada, una cascada de penes”.
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En su gira de medios, Michelle Williams lleva un bob corto, el pelo rubio y brillante de puntas exactas, centímetros varios por debajo del lóbulo de la oreja, recto y perfecto, volando sobre los hombros tan blancos como el resto del cuerpo. Habla con Stephen Colbert, anfitrión de un legendario late show que pronto verá su fin: la cadena CBS, aduciendo necesarios y oportunos ajustes de presupuesto, ha resuelto apartarlo del aire luego de casi treinta años de carrera; el presidente Trump fue el primero en celebrar la decisión ejecutiva y sugerir que otros opositores con presencia pública corran similar suerte.
Colbert, y esto me extraña, le pregunta a la actriz lo mismo que le han preguntado en otro millón de entrevistas: Dying for Sex trata el cáncer con una inmensa dosis de humor, ¿cómo lo hace? Williams, y esto no me extraña en lo absoluto, responde como si fuese la primera vez que inquiere alguien al respecto. Cuenta que, al verse (muy bien) acompañada por un reparto de comediantes, tenía que pincharse con un alfiler, herirse entre toma y toma para así dejar de reír y seguir adelante con el rodaje. “Tenía que infligirme un poquito de dolor… estaba desesperada”, dice. “¿Estabas infligiéndote dolor en un intento desesperado por no disfrutar de ti misma?”, pregunta Colbert. “Era la única manera”, responde.
En otro momento, en otro lugar, con otra ropa y ese mismo estar de princesa rusa en el siglo XIX, Williams dirá que la miniserie trata de “experimentar placer sin sentir culpa”. Será aplaudida, ovacionada, pensaremos nosotros y ustedes que a su carrera de actriz le falta todavía mucho, que el peso del talento es superado por la disciplina, pero que más debe pesar que te miren y escriban y hablen de ti como si nunca te equivocaras. Nadie, raro, preguntará cuál de tantas escenas de sexo fue la más divertida o la más penosa o si es más sencillo sostenerse de la teta de una amiga que de la espalda sin alas de un hombre. ¿Tener sexo o tener el control?, ¿qué es lo que realmente queremos?
“Prefiero el peor día con mi hija al mejor día en el trabajo”, dice la dueña de una obra sin fisuras, al menos no visibles. Asumo que miente, pero no me consta. Mientras tanto, esa época del año en que uno divide al mundo en dos sectores: los que, durante el último día de su vida, aprietan, apechugan y se despiden de la gente que aman; y los que harán de ese momento final, de los finales, algo nunca antes visto. Se puede tomar ambos caminos. Ya verán.


