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Juan Gabriel, el Divo de Juárez, forjó una carrera musical que mantuvo al público cautivo por más de cuarenta años. Su vida privada, sin embargo, fue siempre un área reservada. De él se dijo de todo, y la docuserie de Netflix que lleva su nombre aclara con puntos y comas ciertas cosas.
En México el Día de Muertos tiene la importancia de una fiesta patria. El país se detiene ante una celebración mestiza de orígenes indígenas y católicos. Pueblos prehispánicos como los mexicas concebían la muerte como un cambio de ciclo, algo natural, algo que termina para que algo más pueda comenzar en el otro mundo. Los católicos, en cambio, creen que las almas nos abandonan para ya no volver ni seguir camino, se quedan parqueadas en la vida eterna junto a Dios Padre, aunque no se brindan mayores detalles de cómo es esa vida o qué música suena por allá.
El Día de Muertos es una tregua entre la vida real, encadenada a las leyes del mundo físico, lo que llamamos realidad real, y la vida después de la vida, libre de ser como quiera y como quiere, pues nadie, salvo los muertos, saben cómo es. Se festeja durante los primeros días de noviembre y, por lo menos, en la versión latina de esta historia se comporta uno como si los muertos volvieran a estar conversando, comiendo, bailando y cantando entre nosotros. Por eso, las familias preparan a sus finados altares con alimentos, carta de bebidas, arreglos florales. Y la visita más esperada del último día de muertos fue la de Juan Gabriel, cantautor mexicano, Divo de Juárez, familia de todos.
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