
La nueva miniserie documental sobre el divo mexicano Juan Gabriel revela archivos inéditos sobre las facetas menos difundidas del ídolo que conquistó hasta a los meros machos mexicanos con su repertorio sentimental.
Ante la cámara, Juan Gabriel era arrebatador. Para él, ese era otro medio para el coqueteo, la seducción, la conquista. Lo mismo que hacía sobre el escenario, lo hacía por fuera, ante el foco de ese ojo cómplice que él mismo activaba en su casa, en el avión, en el estudio: ser un encanto, un artista enorme, un astro terrenal iluminado con lentejuelas.
El archivo de 2 200 cintas de video, 30 000 fotografías y medio millón de audios que se revelan por primera vez en la miniserie documental ‘Juan Gabriel: debo, puedo y quiero’ (Netflix), prueba, entre tantas cosas, que el ídolo mexicano se sabía único, trascendental, precioso, pero también humano. Apenas cumplió 21 años, Alberto Aguilera Valadez, el hombre tras el artista, se compró una cámara Super 8 y empezó a documentar su vida.
Gracias a esas grabaciones caseras y tras bambalinas, de una espontaneidad nada cándida, tenemos ahora –a nueve años de su muerte– registro y constancia de sus otras facetas: la de padre amoroso, la de amante entregado (aunque este aspecto flote en una ambigüedad sugerente), la de negociador hábil, la del hombre doméstico que se separaba del ídolo cuando así lo necesitaba, y la de niño huérfano en constante búsqueda de madres.
Verlo así, joven otra vez, vivo otra vez, es también admirar su belleza (él se sabía hermoso), su inteligencia y su audacia para enfrentar y vencer, hasta donde pudo, los prejuicios de una sociedad machista –no solo la mexicana– que no sabía que necesitaba tanto de un cantante y compositor amanerado para permitirse cantar, bailar y sentir sin prohibiciones. Sin pacaterías.
Clásicos populares: Bach, Mozart, ‘JuanGa’
La miniserie, dirigida por María José Cuevas, se divide en cuatro capítulos de una hora: ‘No tengo dinero’, ‘Debo hacerlo’, ‘Pero qué necesidad’ y ‘Amor eterno’. Empieza desde su nacimiento artístico, su ascenso y llega hasta su canonización en el alma popular. Los testimonios devocionales de su despedida en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, el 5 de septiembre de 2016, atestiguan ese amor eterno que aún le tenemos muchos.
A ‘JuanGa’, estrella guía, se le podía perdonar todo, incluso un fraude fiscal. Eso creían los suyos, el público fiel de su país, de su amada Ciudad Juárez, ese que no lo miraba con la nariz estirada ni lo encuadraba dentro de nada que no fuera una genuina admiración por sus canciones tan hondas, tan verdaderas. “¿Por qué lo detienen por cosa de nada?”, se escucha protestar a una de sus seguidoras. “Que se le dé una oportunidad, ¿no?”. Juan Gabriel ya había estado preso a finales de los 60, durante 18 meses, acusado de un robo de joyas.
La élite cultural local fue más reticente frente a su hechizo. Lo consideraban, apenas, un numerito digno de los palenques (recintos donde se hacen peleas de gallos). Por eso, cuando supieron que ese delicado cantor de trajes de luces y meneos afeminados quería presentarse en el Palacio de Bellas Artes, “la catedral de la altura cultura”, se erizaron. Luis Herrera de la Fuente, entonces director de la Orquesta Sinfónica, se negó a ser parte del espectáculo y durante el ensayo general hubo hasta una amenaza de huelga de los trabajadores del teatro.
Pero Juan Gabriel y su embeleso triunfaron una vez más. Los boletos para los cuatro días de esos conciertos históricos, en mayo de 1990, se vendieron en ocho horas. En una de esas noches, ante un público extasiado, el divo habló. Recordó que Mozart, Beethoven y Bach tuvieron, como él, problemas por hacer ‘música popular’. El tiempo y la veneración de su público, sin embargo, los han convertido en clásicos.
Lo que se ve no se pregunta
“A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito”, escribió el cronista Carlos Monsiváis en un texto sobre la ‘institución’ en la que se convirtió su compatriota. Una de sus grandes victorias fue que no solo lo adoraran las secretarias sentimentales, las amas de casa, los chóferes y los barrenderos solitarios, sino también los meros machos de trajecito y corbata.
En una de las escenas del segundo capítulo, el periodista cultural Alejandro Brito narra lo que pasaba cuando ‘JuanGa’ preguntaba, en el clímax de sus shows, quién quería casarse con él: “Levantaban la mano sobre todo hombres, machos heterosexuales que venían con su esposa, con su novia. ¡Yo, yo, yo, Juan Gabriel!, le decían. Unos hasta gritaban: ¡Yo te pongo casa!”.
Es parte ya de la cultura pop la entrevista (incluida en la miniserie) en la que el periodista Fernando del Rincón le pregunta a Juan Gabriel si es gay. El ídolo primero se ríe ligero y enseguida repregunta si es que acaso a él le interesa mucho saberlo. Al que le incumbía, claro, era al morbo metiche y juzgón de la época que no soportaba el mariposeo evidente de la estrella. Su respuesta, convertida en frase célebre, fue: “Lo que se ve no se pregunta, mijo”.
Hay otras certezas que también son obvias y que quizá debieron ser más transparentes en el documental. En la grabación de su última fiesta de cumpleaños, Juan Gabriel le dedica unas palabras especiales a Paco Fernández, su “amigo” de toda la vida. Luego de agradecerle por haber estado con él, “caray, en todos los sentidos”, Paco lo mira lloroso y le grita, dos veces, te amo. Así mismo le repetimos desde este presente movedizo todos a quienes nos enseñó, con su existencia libre y fabulosa, a estar orgullosos de ser quienes somos.

