
En la era de las miniseries es raro que una producción llegue a la segunda o tercera temporada; a la cuarta es improbable y una quinta, de plano, ya es una locura. En ese contexto, El Oso (The Bear) ha roto el molde y ha firmado su última entrega, la medida justa para que no quedemos empachados. Bienvenido al momento del postre y la despedida.
Como decía el poeta español Antonio Machado, solo al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Si hacemos ese ejercicio con las cinco temporadas de El Oso, lo primero que uno ve es el empeño del director Christopher Storer por dejar que los personajes de esta historia se dediquen a conversar entre ellos, que hablen y se escuchen.
Claro que en la cocina de El Oso y fuera de ella suceden cosas y hay acción, pero eso, viéndolo en retrospectiva, es secundario. Lo realmente importante ocurre cuando los personajes se juntan para hablar, gritar o llorar juntos. Y eso, en un mundo donde cada vez miramos más al celular que a la persona que tenemos enfrente, hay que agradecérselo.
Siguiendo los versos de Machado, uno también observa que sí se pueden rodar series sin necesidad de que el centro de una historia sea el amor de pareja. En El Oso, el amor que importa es el amor que uno le profesa a los amigos, a los padres, a los hermanos, a uno mismo y a las cosas que nos generan pasión, en este caso, cocinar y comer rico.
Y sí, El Oso también terminó con la mistificación de los chefs. Nos dejó ver que esas mujeres y esos hombres cargados de estrellas Michelin son tan humanos como nosotros. Que no somos menos porque a duras penas nos va bien con el huevo revuelto, o ellos son más porque ponen sobre la mesa una focaccia que con solo olerla nos altera los sentidos.
El Oso para principiantes
En la primera temporada, el chef Carmen Berzatto deja Nueva York y regresa a Chicago, luego del suicidio de su hermano Michael, para encargarse del restaurante familiar, un local de sánduches llamado The Beef.
En la segunda entrega, The Beef se convierte en The Bear, un restaurante de alta cocina. Mientras llega el día de la inauguración, Carmen intenta lidiar con la muerte de su hermano, un amor del pasado y el estrés del trabajo.
En la tercera temporada, Carmen se empeña en conseguir la primera estrella Michelin para The Bear. Por su parte Sydney, la subchef, recibe una oferta para ir a otro restaurante.
La cuarta temporada es una carrera a contrarreloj. Después de que una crítica gastronómica publicada en un periódico local dejara a todos los que trabajan en The Bear con una enorme incertidumbre sobre su futuro, solo queda un camino, que el restaurante sea rentable.
El Oso 5
“Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris”. Así comienza Aplastamiento de las gotas, un relato escrito por Julio Cortázar, que sirve perfecto para imaginar el inicio de la quinta temporada de El Oso. En Chicago, la ciudad donde está ambientada esta historia, llueve con tanta enjundia que todo luce más frágil de lo normal.
Esa fragilidad del ser humano frente a los embates de la naturaleza se ve en las calles anegadas y en los edificios al punto del colapso, pero también en todos los que trabajan en El Oso, solo que su vulnerabilidad no es provocada por la lluvia, sino por la incertidumbre de saber si van a conservar su trabajo; más humano que eso en estos tiempos, imposible.
La trama de la última temporada se desarrolla a lo largo de un solo día. Después de que el chef Carmen Berzatto (Jeremy Allen White) decide dejar el negocio familiar porque ha perdido su pasión por la cocina, Sydney (Ayo Edebiri) y Richard (Ebon Moss-Bachrach) comienzan la nueva etapa en el restaurante en el día más caótico de sus vidas.
Lo que se ve en el transcurso de ese día no es a un grupo de personas tratando de que un negocio sobreviva. Lo que se observa es a una familia que está al borde del abismo, pero que sigue unida. Unos y otros se sostienen en medio del caos porque entendieron que la vida no va de ganar “estrellas Michelin”, sino de estar con los que uno ama.
¡Oído, chef!
Pero en El Oso las cosas no siempre fueron así. Al principio esta era una historia llena de personajes que no se escuchaban y, si lo hacían, era para gritarse. Había mucho dolor dentro y fuera de las cocinas y había dos motivos: el suicidio de Mikey, el hermano mayor de Carmen, y la presión que existía para que el restaurante familiar se volviera rentable.
Al que más le costó aprender a escuchar fue a Carmen. Carmen, el chef que dejó su trabajo en el restaurante más premiado de Nueva York para volver a Chicago; Carmen, el hijo que no hablaba con su madre; Carmen, el jefe que solo gritaba e imponía; Carmen, el que con el tiempo encontró en la chef Sydney una amiga leal y alguien a quien admirar.
Pero nadie aprende a escuchar si no ve a otros hacerlo primero. Y Carmen tuvo buenos mentores. Diría que los mejores fueron Richard, Marcus (Lionel Boyce) y Natalie (Abby Elliott), pero me quedo con Marcus. Porque si hay alguien que fue resiliente y que escuchó a los demás desde la primera temporada fue él, el encargado de preparar los postres.
Hay un dicho popular que dice que los postres no van al estómago sino al corazón. Quizás Marcus siempre lo supo, de ahí su dedicación para prepararlos. Al final, que Christopher Storer haya apostado por él para ser el héroe de la historia resultó la decisión más acertada. Marcus siempre estuvo ahí para recordarnos que en la resiliencia está la clave. ¡Oído, chef!

