Nada es una miniserie, dividida en cinco cómodos capítulos, que permite meterse de lleno en la mejor tradición de la neurosis argentina. Latinoamérica sigue viendo a Buenos Aires como a través de un vidrio: a veces como un zoológico, a veces como un museo, a veces como un manicomio a cielo abierto.

La gentrificación no solo es un fenómeno inmobiliario. Una casa vieja (pero remodelada), cerca de una playa limpia, donde sirven piñas coladas y cervezas y calamares reventados, puede convertirse fácilmente en una propiedad de lujo exclusiva para ejecutivos reiterados, que disfrutan de su pensión. ¿Qué pasa con quienes han vivido ahí, veinte, treinta o cuarenta años? Los gritos están en el cielo y ojalá lleguen tan alto como para que el jefe nos responda.
Viendo Nada, la serie de Star+, se me vino a la cabeza otra palabrita: ageist. Es decir, la palabra que usan los productores de Hollywood para apartar de sus producciones a la gente demasiado mayor para sus shows. En California se hacen protestas contra eso; protestas contra el bajo salario de los guionistas; protestas, entre actores y directivos, del tipo: ¿Cuántas entradas vas a vender, si no, yo no aparezco en el afiche? Como, ¿cuál celebridad local le vende su trabajo a una empresa nacional argumentando como hecho irrefutable la cantidad de seguidores que tiene?
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