
¿Por qué nos estamos separando de Spotify? Aquí ofrecemos dos puntos de vista por los cuales creemos que la plataforma más popular para escuchar música va perdiendo popularidad y rédito.
En mayo del 2016, la BBC publicó una nota corta titulada ‘¿Por qué pierde tanto dinero Spotify si aumentan sus ingresos?’ Allí se explica una ecuación simple, pero poco notoria al público. En 2015 la empresa percibió ganancias por US$ 2.200 millones, y pérdidas de US$ 192 millones. Según los analistas consultados a fines de ese año, la plataforma rozaba los 90 millones de usuarios, 28 de ellos bajo suscripción; esto significa que menos del 30% de clientes paga la operación de una empresa que, libre o no de anuncios, debería ofrecer una experiencia similar al 100% de su comunidad.
En su reporte financiero, correspondiente al segundo trimestre de 2025, Spotify declara aumentos significativos en cantidad de suscriptores y usuarios, tanto como una pérdida neta cercana a los US$100 millones. ¿Por qué? Mismas razones que hace una década: las utilidades se dirigen principalmente a las disqueras (no a los artistas), dueñas de las grabaciones que se reproducen; y los costos operativos, incluyendo producción de contenido original en formato podcast o audiolibro, aumentan. A esto hay que sumar una nueva variante: el costo moral de seguir suscrito a Spotify.
El costo moral
El 17 de junio de 2025, un titular genérico se reprodujo en medios de todo el mundo: ‘Daniel Ek, fundador de Spotify, invierte 600 millones de euros en drones militares.’ Lo hizo a través de Prima Materia, su sociedad de inversión, y el destino final de esos millones fue la startup alemana Helsing, cuyo lema es, ‘Protegiendo nuestras democracias’. Helsing construye armamento que, a su vez, opera con inteligencia artificial, ofreciendo a los países e industrias que compran sus ‘sistemas autónomos’ un nivel altísimo de precisión.
En teoría, un conflicto bélico (o armado interno) que se libre con armas de ataque y defensa más precisos, tiene la posibilidad de acortar el combate a su mínimo; sin mencionar la oportunidad de reducir, exponencialmente, las bajas de cualquier origen, ya sean civiles o tropas. Este sería el paso lógico y definitivo a lo que podríamos llamar ‘Smart Wars’, combates entre naciones poderosas y otras no tanto que se resuelvan en cuestión de días u horas. Esto, claro, asumiendo que el bando ganador será siempre quien posea la artillería más inteligente, no la postura correcta, noble o justa.
La invasión rusa a Ucrania, en pie desde febrero del 2022, puso en alerta a toda Europa, no sólo por lo obvio, también porque en cada crisis hay una oportunidad de negocio y quienes desarrollan en paralelo armamento y tecnología tienen ahora el emprendimiento perfecto. Daniel Ek ha dicho que es ‘lo mejor para Europa’, ¿quiere decir entonces que también es lo peor para el resto? Como contrarréplica, capaz inútil y no por eso menos significativa, artistas de todo género y popularidad han decidido retirar su catálogo de Spotify, y recomiendan a sus oyentes hacer lo mismo.
La opción
El problema con divorciarse de Spotify a estas alturas de la vida es que, como en tantas otras relaciones, pues resulta más cómodo quedarse: ya tienes tu biblioteca armada, tus playlist temáticos, tus podcast favoritos seleccionados, tus cuentas regresivas hacia tus lanzamientos más esperados, o sea, mudarse de plataforma involucra un esfuerzo parejo al de cambiar de casa. Al final, dice la mayoría, ‘ninguna guerra va a parar porque yo deje de pagarle a Spotify’, y tiene razón, pero el único golpe que llega a una corporación se da en el bolsillo.
En la web sobran artículos sobre qué servicio de streaming usar en cuanto a música respecta; en mi opinión, el que publica AV Club es el más ilustrativo y mejor informado. Las opciones que disputan la corona son, Tidal, recomendada a quienes invierten en su cuenta premium pero también en audífonos y parlantes de la misma gama; Qobuz, que ofrece la calidad de sonido de un estudio de grabación, pero en tu cabeza; y Apple Music, con su sistema ‘lossless’, que permite comprimir archivos de audio sin perder información, dando con una copia exacta y reproducible de la grabación original.
Por cómo se lee, eso de ‘proteger nuestras democracias’ aplica también a quienes no residen en esas democracias. Las plataformas que hemos mencionado comparten un costo cercano por suscripción, y ofrecen entre 100 y 120 millones de canciones en sus catálogos, misma cifra manejada por Spotify. También están las archiconocidas y amigables Deezer, Amazon Music y YouTube Music, para quien no quiera alejarse tanto del establishment. La decisión verdaderamente inteligente sería optar por una plataforma que brinde fidelidad y mayores réditos a los artistas.

