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Estética 'sad girl': el pop ahora es un diario íntimo

por Juan Manuel Granja

Sad Girl
Fotografías:®Instagram: @oliviarodrigo, @billieeilish, @gracieabrams, @chappellroan
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

En la última década, el pop ha cambiado de piel: ya no es sólo brillo, ritmo y euforia; ahora también llora, tiembla y se confiesa. Y como toda tendencia, el 'sad girl' tiene sus figuras icónicas.

Durante años, el pop vivió de sus grandes coros: canciones de tres minutos que convertían el deseo en producto, la alegría en espectáculo, el amor en fórmula. Pero algo ha cambiado en la última década. La llamada estética sad girl ha ido acumulando mucha fuerza.

El hit tradicional -la canción explosiva y universal- parece ceder su lugar al diario íntimo musical. A diferencia del modelo tradicional basado en estribillos potentes y mensajes generalistas, hoy muchas de las artistas más influyentes del mainstream están apostando por una escritura más personal, directa y confesional. Esta corriente, conocida como la estética “sad girl”, no es solo un estilo musical, sino una forma de narrar el deseo, la inseguridad, el trauma y la identidad desde lo íntimo.

Billie Eilish, Olivia Rodrigo, Gracie Abrams y Chappell Roan, la más reciente, han moldeado una particular forma de intimidad musical en la cual el dolor, la ansiedad, el deseo y la inseguridad no se ocultan ni se resuelven, sino que se exhiben con crudeza, ironía o belleza minimalista. Para ellas, y para su público, la vulnerabilidad ya no es debilidad, es algo central, una forma de lidiar con lo incierto de la vida actual.

Mensajes de voz no enviados

El fenómeno comenzó con el impacto mundial de Billie Eilish y su disco 'When We All Fall Asleep, Where Do We Go?' (2019), pero la californiana ha seguido evolucionando sin detenerse. En 'Hit Me Hard and Soft' (2024), deja atrás los susurros minimalistas de sus inicios y entra en terrenos más teatrales y complejos. En canciones como 'Lunch' y 'Chihiro', explora el deseo lésbico, la disociación emocional y la duda identitaria con una mezcla de texturas electrónicas y armonías vocales que suben y bajan como estados de ánimo.

Su propuesta visual ha cambiado: ya no viste ropa ancha como armadura, ahora alterna looks más marcados, andróginos, a veces con transparencias o cuero, desdibujando códigos de género y mostrando una imagen más corporal, pero también más ambigua. Su música suena como si alguien pensara en voz alta durante una madrugada silenciosa o como fragmentos de pensamientos no editados.

De forma paralela, el álbum 'GUTS' (2023) confirmó a Olivia Rodrigo como una cronista del dolor adolescente y del sarcasmo postromántico. La cantante sigue trabajando con los lenguajes del pop rock juvenil, pero desde una perspectiva más desencantada. En 'Spilled' (2024), la expansión de 'GUTS', Rodrigo mezcla rabia, tristeza y humor para hablar del deseo, la presión social, el sexo no placentero y la autoexigencia.

Usa referencias musicales que van de Avril Lavigne a Fiona Apple, con guitarras punk, piano nostálgico y cambios de tono inesperados. En escena y en videos mantiene una estética de chica común: faldas escolares, delineador, stickers, colores pastel, pero siempre atravesados por una tensión entre lo infantil y lo desencantado. Rodrigo no canta como una estrella pop clásica: canta como alguien que está aprendiendo a entender qué diablos le pasó.

Gracie Abrams, por su parte, ha llevado sus canciones hacia un territorio aún más desnudo. Su disco 'The Secret of Us' (2024), en colaboración con Taylor Swift, profundiza en una escritura casi diarística, donde la melodía acompaña con delicadeza la angustia de no entender los propios sentimientos. En canciones como 'Risk' o 'Blowing Smoke', el pop se convierte en un espacio de contención, no de espectáculo. La figura de Abrams encarna una suerte de anti-diva: frágil, cercana, contradictoria, pero dueña de un lenguaje propio.

Mientras tanto, Chappell Roan ha añadido al sad girlismo un giro queer y performativo: su álbum 'The Rise and Fall of a Midwest Princess' se mueve entre la confesión emocional, la comedia queer y la crítica al conservadurismo estadounidense. Su estilo musical se recrea en el pop teatral, los sintetizadores retro, los coros épicos y las letras explícitas sobre sexualidad, rechazo, deseo y ambición.

A diferencia de Eilish, Rodrigo o Abrams, Roan construye una imagen extravagante: pelucas de colores, maquillaje cargado, ropa de inspiración drag, botas altísimas, lentejuelas, lencería. Su música es confesional, sí, pero también performativa. No pide permiso para mostrarse, sino que usa la exageración como herramienta política y emocional.

El cansancio de fingir alegría

Esta tendencia musical implica un cambio en el acento emocional de la canción pop. Estas artistas no construyen himnos generacionales en el sentido acostumbrado, sino canciones que simulan entradas de diario, notas de voz o confesiones no enviadas. Ya no se busca el estribillo universal, sino la identificación emocional “de tú a tú”.

El yo frágil, ansioso, roto, sensible, ya no es un obstáculo para el pop, sino su nueva forma de poder. La estética sad girl opera como un espejo emocional de una generación atravesada por la ansiedad, el deseo de autenticidad y el cansancio de fingir alegría.

En este nuevo panorama, las artistas priorizan la confesión sobre la pose pero sin dejar de ser una fábrica de hits. La “sad girl” no es solo un arquetipo femenino, sino una forma de narrar el mundo desde la grieta, desde el temblor, desde la emoción sin filtro. Este pop no gira alrededor de hits bailables ni de frases vacías. Lo que se impone es una forma de narrar desde lo personal, lo inestable, lo contradictorio. Las canciones no resuelven, sino que abren preguntas.

Eilish, Rodrigo, Roan y Abrams no dan lecciones, lo que intentan es compartir fragmentos de procesos emocionales aún no resueltos. La tristeza no es un obstáculo, sino un modo de existir con conciencia: ¿el espectáculo de la tristeza? ¿de una cercanía íntima que la sociedad digital impide?

Más que divertir, estas canciones quieren acompañar, como si nos dijeran: "yo también me siento así, aunque no sepa exactamente la razón". Tal vez la canción perfecta de esta era no sea la más pegajosa, sino la que suena como si alguien se atreviera, por fin, a escribir lo que nunca dijimos en voz alta.

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Acerca de Juan Manuel Granja

Ha publicado trabajos de ficción, crónica y ensayo. Su libro Babel en ascensor y otras crónicas fue publicado en México por la UNAM; otros textos suyos forman parte de antologías en Colombia y Chile.
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