
No son miles sino millones los que se saben de memoria las letras de temas como ‘Lady Laura’, ‘Amada amante’, ‘Cama y mesa’, ‘Detalles’ o ‘Cóncavo y convexo’. Y esos millones no admiten 'covers' ni imitaciones, para ellos solo existe una voz, un ‘rey’, Roberto Carlos.
Durante más de seis décadas, Roberto Carlos no se ha cansado de demostrarnos que lo masivo no necesariamente es sinónimo de mala calidad. Con su voz y sus canciones se llora, se añora, se suspira. Los que están solos se sienten acompañados y los novios, más enamorados; sin importar el nivel de educación ni la condición social... pero no siempre fue así.
En Brasil, a finales de los años 60, los asuntos culturales, sociales y hasta políticos se negociaban en el campo de la música. Era en los festivales, los conciertos y los programas de televisión donde se evidenciaban las pugnas entre las distintas facciones de la izquierda brasileña. Del otro lado estaba la derecha, el Gobierno, la dictadura.
Y en ese mundo sonoro había dos bandos: el de la bossa nova, encabezado por Gilberto Gil y Caetano Veloso cuyos seguidores eran los intelectuales de la época, y el de la Jovem Guarda, un movimiento de música urbana y popular influenciado por el rock estadounidense y liderado por Roberto Carlos, un joven veinteañero nacido en un pueblo llamado Cachoeiro de Itapemirim.
Roberto Carlos y el infierno
En el perfil ‘No vayas a decir mi nombre, sin querer, a la persona errada’, la escritora ecuatoriana Sabrina Duque menciona que en 1965, mientras The Beatles tocaban ‘Help!’ y los Rolling Stones lanzaban ‘Satisfaction’, Roberto Carlos despachaba ‘Quero que vá tudo pro inferno’ (Quiero que todo se vaya al infierno), un rock and roll de despecho.
En un video grabado ese año, que está subido en YouTube, Roberto Carlos aparece de traje y corbata, sentado en el interior de un descapotable. Toca la guitarra y canta: “¿Cuánto vale mi vida de playboy?/Si me meto en mi coche y la soledad me lastima/Quiero que me calientes este invierno/Y que todo lo demás se vaya al infierno”.
Su voz aterciopelada y la letra de ese tema lo sacaron del montón. El niño que había debutado a los 9 años en la radio de su pueblo y que a los 15 años llegó a Río de Janeiro comenzaba un camino que lo convirtió en el cantante brasileño más famoso del planeta. Roberto Carlos y su voz se llevaron por delante la censura de padres, curas y militares.
Lo que también logró fue el reconocimiento de Caetano Veloso. El autor de ‘Sozinho’ no solo lo defendió en público sino que un día confesó que había llorado escuchando ‘Debaixo dos caracóis dos seus cabelos’. La que también sucumbió a su voz y grabó canciones con él fue Elis Regina, la gran estrella de la música popular brasileña.
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Canciones de amor y desamor
A sus 83 años, Roberto Carlos sigue presentándose en estadios y coliseos, cuando podría vivir sin sobresaltos con las regalías que ha ganado con los más de 150 millones de discos que ha vendido. Lo hace porque ama cantar pero también porque sabe que hay personas que necesitan hacer catarsis con sus canciones de amor y desamor.
En Brasil, hasta ahora a esas canciones las llaman peyorativamente ‘brega’ (cursis y de mal gusto). En su caso, un ‘mal gusto’ y una ‘cursilería’ que, en palabras del poeta Affonso de Sant’Anna, lo ha convertido en “el lado popular de los oyentes más sofisticados y en el lado más sofisticado de los oyentes más populares” y, claro, también en el ‘rey’.
Sí, un ‘rey’ como Michael Jackson o como el mismísimo Pelé. Un ‘rey’ de la música latina, agorero y lleno de supersticiones y premios, entre los más importantes un Grammy y un Grammy Latino a la Trayectoria. Un ‘rey’ que perdió una pierna y a dos esposas -Cleonice Rossi y María Rita Simões- por cáncer, un ‘rey’ cuyo primogénito es ciego.
A Clenoice, su primera esposa, le escribió ‘Amada amante’ cuando eran novios y ‘Sua estupidez’ antes del divorcio. Mientras que a María Rita, su tercera cónyuge, aún le dedica sus shows. A estas alturas, Roberto Carlos tiene un montón de bestsellers musicales, canciones para cada persona y momento de la vida, la vida de un ‘rey’.

