
El maestro luthier ecuatoriano Olivo Chiliquinga falleció el pasado 7 de octubre de 2025. No solo dejó piezas de cuerda con su sello de calidad, sino también la certeza de que el secreto del sonido está en la preparación. Creó instrumentos para músicos como Frank Sinatra y Shakira.
Hay una historia de la que poco se habla cuando se habla de Olivo Chiliquinga. Una que involucra uno de esos violines construidos entre los siglos XVII y XVIII bajo la firma de Antonio Stradivari, el famoso luthier italiano que, como se sabe, construyó los mejores violines que la humanidad haya escuchado. Los que se conocen como los Stradivarius.
El relato empieza con un accidente de tránsito de un violinista famoso en medio de una gira. “El violín estaba totalmente roto”, dice Maritza Chiliquinga, una de las cuatro hijas de Olivo. Trataron de buscar quién podría arreglarlo y varias voces recomendaron al ecuatoriano, que había instalado una fábrica de guitarras y bajos en Canadá y que era experto en hacer violines.
Entonces fueron con un avión privado a verlo -el maestro vivió en ese país entre 1973 y 1988- y lo llevaron a Estados Unidos para que repare el violín. “Hoy, ese instrumento vale millones de dólares”, cuenta Maritza. Y lo que quiere decir es que el violín no perdió calidad y que siguió costando lo que suelen costar estas creaciones. Por ejemplo, en febrero de 2025, en Nueva York se vendió un Stradivarius creado en 1714 por 11,5 millones.
Más datos sobre Olivo Chiliquinga
- Entre los músicos que han tocado sus guitarras están los clásicos Trío Los Panchos, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Además de los canadienses Don Wilson, Peter McAllister y Liona Boyd, así como el dúo de hermanos Los Indios Tabajaras.
- También ha hecho instrumentos para músicos de artistas como Frank Sinatra y Shakira.
- Entre los instrumentistas ecuatorianos que han usado sus guitarras se encuentran Homero Hidrobo, Carlos Bonilla Chávez, Eduardo Erazo, Emilio Lara, Galo Núñez y el grupo Quimera, entre los más reconocidos.
- A más del museo sobre su obra, Maritza Chiliquinga se encuentra terminando un libro sobre la vida y el trabajo de su padre, que se distribuirá a través de Amazon.
- Una de sus guitarras se encuentra en exposición en el Musical Instrument Museum, en Phoenix, Arizona, en Estados Unidos, en representación de Ecuador. Este es un museo único, con más de 15 mil instrumentos de más de 200 países en todo el mundo.
Olivo y el sonido perfecto
La anécdota que acaba de leer refleja una constante en la vida de Olivo Chiliquinga. Por su arte, él fue reconocido mucho más en el extranjero que en su propio país. En Ecuador, si bien se ha escuchado su nombre y se supo sobre su oficio, existe una deuda hacia uno de sus más grandes artesanos.
En mito que rodea a Chiliquinga es el de alguien que encontró, muy temprano en su vida, el secreto del sonido dentro de la madera y se pasó, el resto del tiempo, replicando ese gesto sonoro en las guitarras, bajos, requintos y violines que hizo. Llegó a ser un grand master luthier, un experto absoluto en fabricar instrumentos de cuerda y de muchos países lo consideraron para comprar sus creaciones y para pedirle que hiciera un instrumento en particular.
El niño que nació en Píllaro, en la provincia de Tungurahua, el 24 de abril de 1939 y que a los ocho años empezó a aprender el oficio de la mano de su padre, Segundo Emilio Chiliquinga Carrillo, dejó un regalo a la humanidad: el sonido perfecto. “De él salían guitarras con sonidos excepcionales, increíbles, y él decía: No, necesito el sonido de los Stradivarius”, dice Maritza. Eso significaba volver a empezar desde cero la fabricación.
El sonido perfecto era su necesidad vital. Durante mucho tiempo, su familia se dedicó a registrar en video el proceso detrás de la confección de las guitarras del maestro Olivo, para capturar el legado. “Hay videos hermosos en los que estamos sentados en su mesa de trabajo y él nos explicaba cada paso, cada trazo que él hacía, cada medida, el espesor de la madera, y me decía: ‘Mija, a ver, pon atención. Esto es así porque, si no, no va a funcionar la guitarra. No va a sonar como yo quiero’. Él estaba tan obsesionado con el sonido que a veces no dormía pensando en cómo debían sonar los instrumentos”, recuerda su hija.
Tenía 86 años cuando murió, rodeado de sus seres queridos. Esperaban ese desenlace que llegó a las cinco de la mañana del martes 7 de octubre de 2025. Las leyendas empiezan de esa forma.

El maestro, la madera y su generosidad
Segundo Olivo Chiliquinga Espín empezó haciendo violines y, desde su juventud, decidió que el mejor sistema para ser luthier era viajar para conocer los secretos que otros maestros usaban en otros países. En 1970, la embajada de Gran Bretaña le concedió una beca para ir a estudiar a Australia, donde se especializó en clasificación de maderas y en cómo tratarlas para conseguir las vibraciones sinónimo del mejor sonido. Esto siempre estuvo con él.
“Desde que éramos chiquitas e íbamos al taller nos explicaba sobre las maderas, cuáles tienen el mejor sonido y por qué tienen ese sonido”, cuenta Maritza Chiliquinga. Ella recuerda que había una inquietud en el extranjero para saber por qué sus guitarras tenían ese sonido que impactaba tanto. “¿Qué es lo que haces, Olivo?”, era la pregunta que más se repetía. “He visto a gente besar las manos de mi padre; he visto cómo metían espejos dentro de la guitarra para ver por dentro cómo las hacía, porque necesitaban saber por qué sonaban de esa manera”.
Esa consulta se la hicieron Maritza y sus hermanas alguna vez: “Mijitas, verán, el secreto está en la madera, hay que aprender a seleccionarla”. Que el cedro rojo que se da en Canadá y en Alemania es para guitarras para tocar boleros y pasillos, porque “le dan el sonido a esa música”. Que si se hacen instrumentos a guitarristas virtuosos dedicados a la música clásica, se puede pensar en el abeto de Sitka o el abeto alemán. “Nos explicaba infinidad de cosas del proceso de la madera”.
Esa enseñanza incluía, en ocasiones, acompañarlo a seleccionar la madera en el extranjero, en Canadá, Estados Unidos y en algunos países europeos. “No se pueden hacer pedidos en el extranjero sin ver cómo está la madera, físicamente. Muchas veces viajamos a verificar cuál era la madera con la que se iba a trabajar”, dice la hija. Pero en Ecuador también encontró el material perfecto para construir.
El maestro Chiliquinga llegó a hacer guitarras con madera de 200 años de antigüedad que salió de las remodelaciones de una iglesia en Rocafuerte, Manabí. “Mi papá transformó en instrumentos esa madera que venía del lugar en el que nació mi mamá”, cuenta Maritza. Ella, sus hermanas y su madre aprendieron de Olivo el arte del luthier para hacer guitarras, violines y ukeleles.
Sin embargo, a veces bastaba utilizar madera con un tiempo mínimo de vida de una década para que el maestro hiciera su magia. Eso sí, no sin antes ser sometidas a un tratamiento de secado natural, que era un aporte adicional a la cualidad sonora del instrumento.
El legado de Chiliquinga

La preparación de Chiliquinga continuó en Italia, en 1972, donde se especializó en la fabricación de violines; en el tiempo que permaneció en Canadá se dedicó a construir bajos y guitarras eléctricas. El resto de su vida, la pasó en Ecuador, con un compromiso que nunca eludió.
“Amaba la música ecuatoriana, los pasillos, la música clásica, las canciones de su Píllaro natal, como Píllaro viejo -compuesta por Carlos Contreras Ruiz-”, recuerda Maritza Chiliquinga. Escuchar música era una forma de encontrar el sonido, también.
Y otra manera de aportar a una mejor sonoridad estaba en el apoyo a músicos del país, a quienes ayudó con instrumentos como guitarras y requintos, para que continúen haciendo música. Algo que hizo incontables ocasiones, casi como una necesidad para que las canciones hechas en Ecuador retumbaran en las frecuencias precisas. “Mi papá era muy generoso y nos enseñó el respeto, la humidad y a ser empáticos con la gente”, dice su hija.
En vida, él definió la continuidad de su obra a través de su familia: “Nosotros seguimos en la construcción, tenemos una línea que se llama Legado, que es la que mi papi nos asignó”. Las palabras del padre se escribieron sobre piedra: “Esta va a ser su línea de guitarras que ustedes pueden vender”, les dijo y así ha sido.
Olivo Chiliquinga dejó muchas de sus guitarras porque nunca paró de fabricarlas. ¿Qué van a pasar con ellas? Esto deberá resolverlo la familia. Mientras tanto, la idea de hacer un museo con su nombre e incluir sus creaciones es una misión para Maritza y los suyos, como ese homenaje necesario para que la memoria de su padre siga brillando a través de los instrumentos que hizo.

