
'Cancionera', el décimo disco de la cantautora veracruzana Natalia Lafourcade sigue la estela de finura y exploración de la música popular de sus últimos trabajos y la consolida como una artista que trascenderá su tiempo.
Natalia Lafourcade está en la plenitud de su dominio creativo. 'Cancionera', su décimo álbum de estudio, la consagra como una de las cantautoras mexicanas más brillantes de su generación, y afianza su lugar dentro del linaje de cantoras magistrales como Chavela Vargas, Eugenia León, Lila Downs… Todas estrellas madres de la música popular y sus derivas.
En este disco, grabado en vivo, en tomas completas y en cinta análoga, Lafourcade vuelve a colaborar con el músico franco-mexicano Adán Jodorowsky, con quien también produjo su trabajo anterior, el sublime y referencial De todas las flores (2022), ganador del Mejor Álbum de Cantautor y Mejor Grabación del Año, entre otros premios, en los Latin Grammy 2023.
Cancionera es una continuación orgánica de la senda de elegancia, profundidad y madurez de su exploración artística y personal. Si en De todas las flores le cantaba a la sanación, a la búsqueda del “lugar correcto” y festejaba la vida después de la muerte que implica una ruptura amorosa, en este cofre de 14 canciones le dedica un son al casamiento (‘El palomo y la negra’), basado en su propia boda, y se divierte con la sencillez pícara de ‘El Coconito’, un huapango tradicional de su tierra, cantado a dúo con su compatriota El David Aguilar.
“(Este) es un disco que yo quise hacer a mis 40 años, como un conjuro, un pacto conmigo misma”, le dijo Lafourcade al medio español El independiente. Para eso, creó un alter ego: el que da título al álbum. “He vivido toda la vida con esta cancionera, de múltiples caras, facetas y personalidades”.
Hay unas más reconocibles que otras, pero todas confluyen en esta nueva invitación para entregarse y apreciar la hechura de estas canciones que aluden a otro tiempo pero que van creando, a su vez, uno propio.
Teatro en cantos
Quizá no es tan conocido entre sus fanáticos más nuevos o casuales, pero sí entre sus devotos. En 2007, Lafourcade editó un disco de “pop sinfónico”, como ella lo definió, llamado ‘Las 4 estaciones del amor’. Lo grabó con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Veracruz, donde creció, y es una perla discreta en su discografía.
Su veta etérea de instrumentista resurge en el primer corte del disco y en el cierre: ‘Apertura Cancionera’ y ‘Lágrimas Cancioneras’. La primera, de cinco minutos de duración, es una evocación de las atmósferas que propone el álbum: teatral, antigua, al natural. En el video de esta pieza vemos a Lafourcade de pie, sobre una silla de madera, de cara al mar, marcando la batuta de un oleaje arrebatado.
‘Lágrimas Cancioneras’, en cambio, dura dos minutos más (casi siete) y remite a composiciones de Phillip Glass o las gymnopédies de Satie. Tanto este tema como el inicial tienen la textura de una banda sonora cinematográfica o de una obra de teatro. Lo escénico, como ha dicho Lafourcade, es una aura intencional para todas las aristas del álbum: la audiovisual, la gráfica y la de sus conciertos.
“Todo se inicia con la intención de hacer una gira, la que estoy haciendo ahora mismo, donde toco mi guitarra, pero es teatral. Es teatro en cantos”.
En esta misma tónica se inscriben la canción y el video de ‘Mascaritas de cristal’, ese neotango fino cuyos versos dicen: “Tan lejana tu estrategia / de aumentar algunos likes / encubriendo tus mentiras / mascaritas de cristal”.
La musa de Natalia Lafourcade
Su disco Mujer Divina, homenaje a Agustín Lara, publicado en 2012, marcó una pauta en su carrera. Desde entonces, y quizá desde mucho antes, Lafourcade ha estudiado el cancionero popular de su país y de Latinoamérica, y lo ha engalanado con su propio garbo. Cancionera presenta sus versiones de cantos tradicionales como el mencionado ‘El Coconito’, de Amparo Ochoa, y ‘La Bruja’, que ha sido interpretada por Eugenia León y la eterna Chavela Vargas.
“Me gusta mucho explorar a otros compositores. Siempre me da mucha riqueza. Me nutre y se ha vuelto casi necesario. Es mi forma de encontrar mi sonido, mi canto”, dijo en la entrevista con El Independiente.
A Lafourcade también le alimentan y regocijan las colaboraciones. Para este disco, además de haber invitado a su compatriota El David Aguilar, convocó a dos referentes españoles del flamenco, Israel Fernández y Diego del Morao (para la honda ‘Amor Clandestino’), y al dúo suizo ecuatoriano Hermanos Guitérrez. Con ellos firma una de las canciones más enigmáticas y virtuosas del álbum: ‘Luna creciente’.
“Luna, lunita creciente / bajo tu luz de cristal / tengo palabras quebradas / y una voz que quiere volar”, declaran sus versiones iniciales.
La voz de Lafourcade ha despegado hace rato a alturas místicas. Desde ahí le ha cantado al amor, al desamor, al pajarito colibrí, a sus raíces, a los corazones que sí saben quererla como a ella gusta, a la arena, al viento y, por sobre todo, a la música misma: su musa.
Cantar, para ella, es un servicio. Un gozo. Así se lo recuerda a sí misma en la canción que da título al disco: “No te mortifiques / si las luces se te apagan / o las delicias de la fama / tracionaran nuestro amor / nunca nunca se te olvide / que al final de este camino / es tu historia la que cuenta / yo te quiero ver feliz”.

