
El Festival Nacional de Orquestas Infantojuveniles reunió a más de 400 músicos de ocho provincias en la Casa de la Música. El concierto evidenció el poder transformador del arte en las nuevas generaciones.
Hay un momento en el que el silencio dentro de una sala de conciertos se llena de una energía mística, una atmósfera casi palpable donde las expectativas del público y la concentración de los artistas se fusionan en un solo latido. Más de cuatrocientos niños y jóvenes instrumentistas dieron vida a ese instante mágico frente al público que llegó hasta la Casa de la Música, el pasado 28 de junio del 2026.
El IV Festival Nacional de Orquestas Infantojuveniles no fue simplemente un evento de gran formato o un despliegue de técnica instrumental; se consolidó como el testimonio vivo de una generación que encuentra en el arte una patria compartida, un espacio de paz y un vehículo de expresión sin fronteras.
Esta cita demostró que la excelencia musical es el fruto de la constancia cotidiana, superando muchas veces la escasez de recursos que viven los músicos en sus comunidades locales. Para cada uno de los pequeños artistas que viajaron desde los rincones más diversos de la geografía nacional, llegar a una sala de conciertos significó una experiencia transformadora.

Voces desde el atril: la ilusión de los músicos
Detrás de cada instrumento hubo una historia de esfuerzo y superación. En este concierto, las voces de los niños y jóvenes fueron las que revelaron el impacto de habitar un escenario profesional y cumplir un sueño a través del arte compartido.
Vicente, un talentoso joven violonchelista de la provincia del Guayas vivió un aprendizaje enriquecedor al compartir con agrupaciones de diversas localidades y fundir los sonidos de su instrumento en una megaorquesta. Para él, fue una oportunidad para entender que su esfuerzo individual se potenciaba al unirse al talento de otros jóvenes del país.
Por su parte, la pequeña violista Solange Mantilla vivió sus días en la capital con el asombro propio de la primera infancia. Se mostró dichosa de convivir con otros niños y declaró con firmeza que su gran objetivo era tocar a la perfección, demostrando que el esfuerzo conjunto permite llegar muy lejos.
El compromiso y el talento demostrado por los músicos supero todas las fronteras. Para cada una de las delegaciones participantes esta experiencia fue una gran clase magistral. Tras haber superado distancias y asimilado conocimientos técnicos, los jóvenes músicos regresaron a sus hogares con el firme propósito de multiplicar lo aprendido dentro de sus comunidades.
El hito de las megaorquestas
Para que el festival funcionara con precisión contó guía del maestro Luis Alberto Castro, director musical de la Casa de la Música. Castro resultó clave al asumir un rol pedagógico desde inicios de año. Su labor consistió en acompañar de cerca a las agrupaciones, unificando criterios interpretativos y elevando el nivel musical de los chicos antes de su llegada a Quito.
Esta preparación se evidenció a lo largo de una dinámica dividida en dos partes. La primera sección inició con el bloque de presentaciones individuales de la Orquesta Sinfónica Tritono de Esmeraldas, y de las orquestas Sinfónica Inti, Sinfónica Infanto-Juvenil Conservatorio Luis Humberto Salgado, Sinfónica Infantil Pichincha, Infantil Saraswati y la Orquesta Sinfónica Infanto-Juvenil del Guayas, agrupaciones que después se fusionaron para dar vida a la Megaorquesta N.° 1, constituida por 200 jóvenes.
Posteriormente, el segundo bloque reunió al talento de Tungurahua con la Orquesta Infantil ARCORAL y la Sinfónica Infantil Conservatorio Bolívar de Ambato. A ellas se sumaron la Orquesta Sinfónica Infantil Sinfín UTPL de Loja, la Orquesta Sinfónica Infanto-Juvenil de Guaranda de la provincia de Bolívar, la Orquesta Sinfónica Infantil de El Oro y la Orquesta Sinfónica OSMUR Kids de Chimborazo. Este conjunto dio vida a la Megaorquesta N.º 2, integrada por 223 músicos.
El clímax de la jornada llegó al unir a ambas megaorquestas en un monumental cierre, con más de 400 músicos tocando al unísono bajo la dirección del maestro Castro. El repertorio combinó obras de grandes maestros universales como Tchaikovsky, Verdi, Beethoven, Bizet y Händel, con emblemáticas piezas ecuatorianas. El encuentro cerró con una emotiva ovación de pie en una jornada que demostró cómo la música actúa como herramienta de cohesión social y desarrollo para las nuevas generaciones.
*La Casa de la Música es parte de los auspicios dentro del eje cultural de responsabilidad Social de Diners Club, Lo nuestro inspira cultura.

