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Mundo Diners al día

Kevin Kaarl y el nuevo folk latinoamericano

por Juan Fernando Andrade

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El artista mexicano Kevin Kaarl es una de las nuevas estrellas del folk latinoamericano.

En medio de la sobreoferta de reguetón y de perreo, el artista mexicano Kevin Kaarl se abre camino con su voz y su guitarra. En 2023 ganó el Premio Rolling Stone en Español al Artista Promesa del Año.

Se le dice ‘música alternativa’ porque sirve para escapar de lo que suena por todas partes: en las calles, en los bares, en los matrimonios. Es como salir corriendo de un bombardeo, salvarse de las ruinas que aplastan gente y respirar cuando pensábamos que ya no se podía.

Kevin Kaarl

Kevin Kaarl tiene 24 años y una carrera que parece más larga. Tres discos de estudio, el más reciente, ‘París, Texas’, salió este año; y una serie de singles que lo han llevado de gira en formato non-stop, entre conciertos, presentaciones especiales y las paradas de rigor en los podcasts que lo analizan.     

Nació en Meoqui, una municipalidad del estado de Chihuahua que no pasa de los 50 000 habitantes, al norte de México, en la frontera que Trump ha prometido cerrar en el muy posible caso de volver a ganar las elecciones en Estados Unidos. 

El mexicano parece recién salido de la adolescencia, como si aún no le hubiera pasado mucho ni tuviera demasiado para decir, pero su forma de cantar tiene una profundidad que supera largo la mayoría de edad. Es una voz grave, gruesa, se nota que viene de adentro; un tono casi contrario a sus letras, emocionales y románticas, que cada tanto acompaña con quiebres agudos. 

A su lado no suena gran cosa y este es por ahora su gran plus. Kevin Kaarl, que canta con la ‘shé’, diciendo ‘noshe’ por ‘noche’, orgullosamente provinciano, como corresponde, despacha la mayoría de su repertorio con guitarra de palo y al escucharlo uno siente que nos quedan refugios, que se puede abandonar la fiesta y trascender en plan fogatero. 

La canción 

A mí me pasó con ‘Colapso’, esa canción me llegó y está todavía en mi playlist diario. La escuché en un taxi, entre el reggaetón y el perreo y la poesía reunida de Arjona, al final de uno de esos días que no quiero repetir. Por eso, por raro entre la música de taxi, el tema de Kevin Kaarl brilló. También brilló por lento, por reposado, por ser un bajón necesario. 

Colapsé y le pedí al chófer que la pusiera de nuevo. Pensé: ¿qué es esto?, tiene algo de Johnny Cash y algo de la banda chilena Perrosky, harto más de lo que se puede decir de cierta gente.

Me fijé en las líneas finales de la primera estrofa: Dios dame fuerza que ya me voy a rendir / Dios dame fuerza que siento que yo ya perdí. En cualquier otro momento, el recurso religioso y evangelizador me habría ahuyentado, pero en este caso el himno se hizo carne.

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Portada del disco 'París, Texas'.

Kevin Kaarl, que empezó a tocar desde los 7 años y estudió cine y periodismo, cumple con la garganta el único requisito exigido a quienes cantan la música que escriben: tiene credibilidad. Uno lo escucha, le cree y se involucra, se vuelve parte. Me hace pensar que él es el primero en creérsela y de eso se trata un ser humano expuesto: si tú no te la crees, nadie más te va a creer. 

Como músico, digamos, cuenta con otra fortaleza: melodías claras, definidas y transparentes como música para niños. Esto es mucho más importante de lo que suena. Los compositores son expertos en auto sabotearse, se sienten inseguros y complican sus canciones en un afán por subirlas de categoría, lo que resulta casi siempre cansón. 

El trabajo de un artista, ya que estamos en estas, es permitir que la obra tenga vida propia, que crezca y se desarrolle como un individuo. Se trata tanto de crear como de no interrumpir la creación. El artista es una herramienta, no mucho más. El resto, la trompeta, el bombo y la pandereta, son seducción.      

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Autor

Acerca de Juan Fernando Andrade

Escritor y periodista. Sus libros están disponibles en formato impreso y digital en www.dinediciones.com. Sus textos cortos pueden leerse en su blog personal: www.culturab.blogspot.com.
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