
Igor Icaza es un compositor y arreglista ecuatoriano que encontró a través de la música su lugar en el mundo. Para ser más precisos, en el rock, en el metal y en el pasillo. Los tres géneros serán los protagonistas de su debut y despedida en el emblemático Teatro Sucre.
Icaza (Latacunga, 1972) no se retira de los escenarios, se muda de país. Viaja a Estados Unidos para reencontrarse, después de 25 años, con su mamá y con su hermana. El camino fácil habría sido armar maletas e irse en silencio. Escogió la ruta más complicada -organizar su concierto de despedida-; porque, aunque suene a utopía, cree en el valor de la memoria.
Y para él, no hay mejor ejercicio para luchar contra la desmemoria que hacer un repaso por las canciones de Sal y Mileto y de Ente, grupos de rock y metal que fundó en los años 90; también por sus temas como solista y por los pasillos que lo acercan a sus padres, a sus abuelos y a ese pedazo de vida que compartió con Paúl Segovia, músico y amigo entrañable, al que dedicó ‘Azul’.
El break dance
Latacunga, años 70. Roosevelt Icaza es periodista, bailarín de danza y un melómano. En su casa lo que más se escucha es música clásica. Es tan fanático de Igor Stravinsky y de Ludwig van Beethoven, que bautiza a su hijo con esos nombres. En su interior anhela que el niño siga los pasos de sus héroes musicales. Lo que no sabe es que su sueño se cumplirá a medias, Igor Luding será músico, pero uno que amará el rock por sobre todas las cosas.
A Igor Icaza, el amor por el rock le llegó en sus primeros años de adolescencia. Tenía 12 cuando sus primos le hicieron escuchar la guitarra de Jimmy Page, los teclados de John Paul Jones, la voz de Robert Plant y la batería de John Bonham, los integrantes de Led Zeppelin. Cinco años más tarde, en su primera presentación en público, interpretó uno de sus temas. Él dice que fue un momento místico, una especie de premonición de lo que vendría luego.
Y lo que vino fue mucho. Tocar la batería, escribir canciones, crear bandas, participar en festivales, hacer giras dentro y fuera del país, tocar la guitarra, cantar, cosechar fanáticos, que los hijos de esos fanáticos sigan escuchando su música, que ellos atesoren los casetes de sus padres y que una de sus playlist de Spotify se llame Sal y Mileto, Ente, Funda Mental, Lokro de Piedra, Kuru Guitar Project o simplemente Igor Icaza.
Pero antes de que todo eso sucediera estuvo el break dance. Icaza, al igual que muchos jóvenes que vivieron su adolescencia en la década de los 80, quedó deslumbrado por la fuerza de las letras del hip-hop. Entonces, armó un cuarteto con sus amigos del barrio. Entregados a este pasatiempo ganaron dos concursos, pero la moda pasó e Igor volvió a su primer amor, el rock.
La despedida
Icaza se presenta el viernes 31 de enero, en el Teatro Nacional Sucre. Para este recital, que marca su debut en este escenario y la despedida del país, eligió 20 canciones de sus distintos proyectos musicales. Sonarán temas de Sal y Mileto, Funda Mental, Lokro de Piedra, Icazas Trío y Kuru Guitar Project. Entre los invitados estarán el músico Álex Alvear y el escritor Freddy Ayala. La sorpresa de la noche será la interpretación de dos pasillos ecuatorianos, poesía y rock puro.
La poesía
En sus entrevistas, Icaza suele mencionar a filósofos como Nietzsche o a novelistas como Hesse, pero el género literario que lo seduce es la poesía. Uno de sus autores favoritos es David Ledesma Vásquez, poeta ecuatoriano que en los años 50 escribió versos como este: “Nada me pertenece. Soy apenas como el viajero que una noche toma en alquiler el cuarto de un hotel”, del poema ‘Balada del transeúnte’.
La poesía de Ledesma llegó a sus manos en uno de los momentos más oscuros de su vida. Paúl Segovia, integrante de Sal y Mileto, había muerto y el dolor por su pérdida lo consumía. Era 2003, el mismo año que el SARS -precursor del SARS covid-19- se convertía por primera vez en una epidemia en China. Después de leer al poeta guayaquileño, Icaza decidió rendir culto a la muerte y seguir viviendo.

Justo diez años después apareció ‘Detrás de los huesos’, su primer disco como solista. En este álbum, Icaza homenajea a sus poetas favoritos. ‘Tierra’ tiene un fragmento de ‘Altazor’, de Vicente Huidobro; ‘El reloj’ es una reinterpretación de ‘Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj’, de Cortázar; y ‘El amor desenterrado’, de Jorge Enrique Adoum, se cuela en el tema ‘Amantes de Sumpa’.
El homenaje a Ledesma Vásquez está en la canción ‘La hallaré’, allí repite algunos versos de ‘La eterna canción’ y con guitarra en mano canta: “Por los anchos caminos del mundo, yo perdí una canción; una nota profunda y hermosa. Una sangre hecha voz…”. Icaza está convencido de que este poeta fue un “gigante” y que la poesía “es fundamental para entender este mar de inconsistencias y rapidez”.

