
Desapariciones misteriosas, fugas cinematográficas, contratiempos en Guayaquil: la vida del músico puertorriqueño Héctor Lavoe estuvo marcada por anécdotas que desafían la lógica. El ‘Jibarito de Ponce’ protagonizó historias que lo convirtieron en leyenda ¡Bienvenido al chisme histórico!
Se encienden las luces del escenario: comienzan a sonar trombones, trompetas y timbales y se escucha a un coro que canta: "Nosotros somos buenos compañeros / con su permiso le' vamo' a presentar / a un cantante que lo hemos coronado / como el Rey de la puntualidad".
De pronto, por uno de los costados del escenario aparece un hombre delgado, bailando, con el cabello perfectamente peinado y unas gafas oscuras. Toma el micrófono y con energía canta: "Yo soy Héctor Lavoe / 5'8 de estatura miren que musculatura…" y sentencia: "Yo no soy el que llega tarde / ustedes llegan muy temprano".
Así como el 'Cantante de los cantantes' nosotros llegamos, unos días, fuera de tiempo, pero nunca es tarde para recordar a 'La voz', a 32 años de su muerte (29 de junio de 1993). Y qué mejor forma de hacerlo que contándoles una selección de anécdotas que hicieron del puertorriqueño un mito. Así que prepárense para leerlas y "¡Cógeme, que voy sin Jockey!"
Escapando de ‘El Patrón’
La anécdota más cinematográfica de Lavoe ocurrió durante el Año Nuevo de 1981, en una hacienda del narcotraficante Pablo Escobar en Medellín. Contratados para amenizar una fiesta hasta las dos de la madrugada, Héctor y sus músicos se encontraron con una demanda inesperada: ‘El Patrón’ quería que siguieran hasta las seis.
En una entrevista con medios colombianos, Eddie Montalvo, conguero presente aquella noche, recordó el momento exacto cuando la fiesta se convirtió en pesadilla: "Pablo sacó la pistola y le apuntó a Héctor. Le dijo que cantara 'El Cantante' diez veces seguidas."
Cuando los músicos se negaron a continuar, fueron encerrados en un baño. Los salseros más famosos del mundo, atrapados en un lugar en el que respiraban con dificultad. Cuando la desesperación los envolvía, todos se encomendaron al único santo que conocían: Héctor. Y Lavoe no les defraudó. Vio una pequeña ventana que daba hacia el exterior de la casa y logró salir por ahí. Todos lo siguieron.
Huyeron por matorrales espinosos hasta llegar a una carretera polvorienta donde un taxista se detuvo al verlos.
- Lavoe: “Estuve cantando en una fiesta de mafiosos y la cosa se puso fea, voy sin un peso. Mi nombre es Héctor Lavoe. Me puede llevar al hotel”.
- Taxista: "Me va a tener que cantar 'Yo soy el cantante' si quiere que lo lleve al hotel".
- Lavoe: "Mi pana, ¡pero si por eso fue el problema! ¡Un tipo de esos me hizo repetir como diez veces esa canción, amenazándome con una pistola! ¡Y yo me enojé y le dije a la orquesta no canto más, apaguen los equipos!”.
El taxista que desconfió de la identidad del pasajero insistió. De pronto, una voz aterciopelada soltó unas frases armoniosas y contundentes: “Yo soy el cantante / que hoy han venido a escuchar / lo mejor del repertorio a ustedes voy a brindar…”. Se despejaron las dudas. Era Héctor Lavoe.
Al día siguiente, como en una película de gangsters con final feliz, todos quienes habían escapado recibieron un cheque, sus pasaportes y una carta de disculpas firmada por Escobar.
Preso en Guayaquil
La siguiente historia sucede en suelo ecuatoriano. En el Coliseo Cerrado de Guayaquil, durante un concierto en 1984. Héctor Maisonave, su representante, calificó ese momento como "el más embarazoso y profesional a la vez" de la carrera de Lavoe. Al intentar subir a una tarima de veinte pies, se le desgarraron los pantalones de arriba abajo. "No llevaba ropa interior".

Lo extraordinario no fue el accidente, sino que, al finalizar su presentación Héctor se puso de espaldas y mostró sus nalgas. A todos les pareció gracioso el gesto, menos a las autoridades. Cuando ‘La voz’ dejó el escenario un contingente de policías le rodeó, fue detenido y encerrado en el Cuartel Modelo. Pasó una noche preso en una celda guayaquileña, al siguiente día fue liberado. Pero fue la última vez que Lavoe pisó la ciudad porteña.
El regalo inmortal de Rubén Blades
Pero si había algo que Héctor dominaba era el de transformar dolor en música. En 1977, cuando sus adicciones habían empañado su carrera y su reputación se tambaleaba, Willie Colón -el eterno compañero y la dupla con la que Lavoe conquistó el mundo de la salsa- ideó un plan de rescate. Necesitaba una canción que no solo relanzara a su amigo, sino que lo redimiera ante el público que comenzaba a darle la espalda.
Fue entonces cuando Colón se acercó a Rubén Blades, quien trabajaba con él en lo que se convertiría en ‘Siembra’, el disco más vendido en la historia de la salsa. "¿Tienes alguna composición para Héctor?", le preguntó Willie. El panameño tenía entre sus papeles una canción llamada ‘El Cantante’, pero inicialmente se negó a cederla: "Esto lo quiero grabar yo", respondió.
Sin embargo, Colón insistió sabía que esa letra era lo que Lavoe necesitaba. En entrevista posterior para Cuarto Poder, Blades confesó el momento exacto de su revelación: "Me senté y dije esto que está pasando en la canción no me está sucediendo a mí en realidad, le está pasando a él. Él va a darle a la canción un tono y un giro mucho más genuino de lo que yo puedo hacer."
Así, el panameño cedió su composición en un acto que él mismo definió como "más realista que generoso", porque entendió que la vida de Héctor le daba a esa letra una autenticidad que las palabras por sí solas no podían alcanzar.

