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Mundo Diners al día

Gustavo Velásquez, el sociólogo que nos hacía ‘zapatear’ 

por Víctor Vizuete Espinosa

TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

El quiteño Gustavo Velásquez empezó su camino artístico a los 14 años, sin saber que se convertiría en un ícono de la música popular. Con 72 años, el exvocalista de Don Medardo, falleció este 6 de abril de 2026. En este artículo recordamos su historia.

De niño, Gustavo Velásquez tenía un sueño recurrente que lo visitaba en su cuartito de la casa paterna ubicada en en el Centro Histórico, en las calle Loja, entre Quijano y Barreiro. Era un sueño hipnótico, al que se aferraba con todas sus fuerzas. 

Se veía vestido de esmoquin impecable, en el centro de un escenario y con una luz brillante bañándolo por completo. El resto del proscenio era de un negro profundo, pero inundado de aplausos que trascendían el espacio.

“Es idéntico a lo que viví en Nueva York cuando tenía 19 años y me presenté en el Teatro Plaza, de Queens”, contaba con esa sencillez que le reconocen todos. “El escenario, las luces, el aforo copado… Esa bulla que llenaba todo… Eran igualitos”.

Con el tiempo, presentaciones como la de Queens se convirtieron en rutina. La razón estaba en su su calidad vocal, su dominio del escenario y su carisma, que cautivaba al público desde que pronuncia su ¡Aquí estoy!, uno de los “anzuelos” para atrapar a su audiencia.

El encuentro con Don Medardo 

Los cuánticos afirman que el azar es vital en el cosmos. Con Gustavo Velásquez parece que funcionó. Su comunión con Medardo Luzuriaga -músico lojano que tocaba en el Quinteto América y que encontró su propio rumbo con los “Players“- es anecdótica.

Fue en 1967. Medardo necesitaba de urgencia un tecladista, un conguero y un cantante romántico. Le recomendaron al jovencísimo Gustavo quien, luego de las pruebas respectivas, dio con suficiencia el do, de pecho.

En un puñado de años, la orquesta se convirtió en la referente nacional de la música “tropical” y el tenor quiteño -cuya maestra de canto fue la chilena Blanca Hausser- se convirtió en el cantante principal. El repertorio incluía cumbias, salsas, mambos… Y la cumbia andina, que resucitó canciones y las puso en sintonía con los jóvenes. 

Esa colaboración se prolongó, con idas y vueltas, por dos décadas. Don Medardo fue su padrino de matrimonio y, también, de bautizo de su primogénito. Ese vínculo y respeto mutuo se mantuvo siempre. Pero la vida es una suma de muchos caminos y Velásquez, el artista, también los transitó.

De 'Los Hispanos' a 'Los reyes del Norte'

A inicios de 1970, Rodolfo Aicardi, inamovible de 'Los Hispanos', se retiró de esa popular orquesta colombiana. Luego del clásico tira y afloja, Gustavo firmó con esa agrupación. Su periplo fue exitoso e incluyó éxitos rotundos como 'Violencia', que se convirtió en un himno del pacifismo continental.

En 1975, en cambio, Álvaro Zapata, mánager de los Billo’s Caracas Boys, lo convenció para que reemplace al “Puma” José Luis Rodríguez como cantante principal de esa banda venezolana. La contratación se dio en medio de la tradicional Fiesta de Blancos y Negros.

Ahí estuvo hasta que el trajín de su profesión, el amor filial (con esposa e hijo a cuestas) y la ‘saudade’ por la tierrita le conminaron a volver a la cuna del pasillo, el albazo y el pasacalle. Luego de visitar nuevamente pueblos y ciudades con Don Medardo decidió darse un respiro y trabajar con más calma.

Las canciones de Velásquez

  1. 'Mi amigo el cóndor', por todo lo que le significó en su carrera a nivel internacional.
  2. También tiene un afecto especial por 'El Aguajal', canción popular que se convirtió en su carta de presentación.
  3. 'Violencia' conforma su póker de ases porque fue la que le hizo conocido a nivel global.
  4. La cuarta tiene un argumento más íntimo. Se trata de 'Por qué llamar a eso amor', pues fue la primera que grabó. Un 'cóver' de la canción del argentino Sandro.

En el ínterin, “El amo de la cumbia” se dio tiempo para proyectar su vena romántica y de compromiso social y participó en el Festival OTI de la Canción Iberoamericana de 1987, en Lisboa. Lo hizo con la canción 'Mi amigo el cóndor'. Alcanzó el segundo lugar y eso porque, según sus palabras, “le dejaron solo, sin ese apoyo publicitario que ya en ese tiempo era fundamental para el triunfo”.   

Entonces, comenzó su período de “alianzas”: cantar junto a grupos nacionales prestigiosos, entre ellos La Orquesta de Cheo, Los Reyes del Norte, Sonora Los Paladines, Los Bravos de Manabí, Los Cumbancheros, Los Tito’s, Santana Internacional de Cuenca, Los Yanquis de Ambato, Franklin Band, La Papaya Dada…

Hasta el 2025 su voz estaba casi intacta, su cuerpo -su cadera más bien- sentían los rigores del tiempo y del trajín que demandaba su oficio. Por eso cantaba sentado pero él quería ponerse nuevamente de pie. Y así complacer como decía a: “mi gente, gente, de mi barrio, barrio”, tal vez el mejor eslogan que define su carrera.

El doctor Velásquez

Gustavo amaba los abrazos largos y los cariños aún más extensos. Tanto es así que se casó con su vecina de barrio, Nelly Guevara, a quien conoció cuando apenas eran niños. Juntos criaron cinco hijos: Nelly Elizabeth, Lenin, Ángel, Milton y Nelly Anahí.

En medio de la música se dio tiempo para graduarse como sociólogo en la PUCE y abogado en la UTPL. También confesó, con algo de pena y rubor, que dejó arquitectura en la Universidad Central después del tercer año, pues descubrió que no era lo suyo.

Amaba el fútbol y era hincha del Aucas, una herencia que le llegó por línea paterna. Con decir que de niño hasta le bautizaron como Pocito, pues su desempeño en las canchas se parecía al de ese crack del equipo expetrolero, Gonzalo Pozo Ripalda.

También era fanático de la fiesta brava, disciplina que amó desde joven. Fue amigo de referentes del toreo ecuatoriano como El Judío, Édgar Peñaherrera, Calahorrano y El Pireo. Y aunque no debutó como novillero se convirtió en un aficionado de pinta y solera, que abría corridas, como sucedió en 2025, en el tentadero que posee Sangolquí.

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Acerca de Víctor Vizuete Espinosa

Escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 37 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. También colaboró en ese medio de comunicación como columnista hasta 2022. Actualmente sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.
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