El 4 de septiembre se cumplen diez años de la muerte de Gustavo Cerati, líder de Soda Stereo, una de las mejores bandas del rock argentino y con mayor impacto en Latinoamérica. Dos veces vi de cerca a este músico que supo expresar un modo de ser porteño y la furia que parece no tener fin en Buenos Aires.
No se puede decir que a Gustavo Cerati se lo encontrara fácilmente por las calles de Buenos Aires. Más bien era alguien de rápidas apariciones y prolongados silencios, como el que mantuvo en un viaje en Buquebus, el ferri que cruza el río de La Plata. Habrá sido el 3 o 4 de marzo de 2006, mes que marca el fin de las vacaciones de verano en el sur, el inicio de clases y los períodos legislativos; los trabajos tienen sus nóminas completas en sus sedes y las calles vuelven a atestarse. En la primera clase del barco, que no tiene mayor diferencia de la segunda sino por la cantidad de asientos —que no son pocos—, viajaba Cerati.
Ocupaba el asiento del pasillo en la primera fila. Era inevitable que todas las miradas se depositaran sobre él. Yo estuve a dos filas, de lado opuesto del mismo pasillo. Lo veía y sentía esa profunda tentación de acercarme y decirle: Buenas tardes, soy periodista ecuatoriano, ¿me podría dar una entrevista? No lo hice. Se notaba que él no quería tener ningún contacto con la humanidad. Además, solo se puede llegar a artistas de este nivel en Argentina a través de sus agentes de prensa, que son, como se sabe, filtros para evitar cualquier acercamiento.
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