Getting killed, cuarto álbum de la banda newyorkina Geese, aparece en los puestos más altos de las listas, entre lo más escuchado y criticado del 2025. Nosotros los escuchamos y le contamos por qué están hablando tanto de ellos.
Una banda llamada Geese, de rock, norteamericanos y aún muy jóvenes, vienen ganando cancha, escuchas y respeto desde hace un par de temporadas musicales. Su cuarto disco, Getting Killed, salió a finales del año pasado, desbordó las expectativas y ha hecho de ellos un tema de conversación universal.
Por ejemplo, el álbum fue nombrado como mejor disco del 2025 por la revista The New Yorker, uno de los comensales más exigentes del medio. Sobre esta producción, la revista dijo, "Es el disco que más esperanza hace sentir sobre el futuro de la música popular, todas las formas en las que se puede subvertir y hacerse peligrosa. Es arte para una era sin arte".
¿Quién es esta gente?
La banda se formó en 2016, en Brooklyn, Nueva York, cuando sus integrantes eran aún alumnos de colegio y ensayaban en casa de uno de ellos, encerrados en el sótano. Y pasó, digamos, lo que debe pasar: se obsesionaron, comenzaron a componer, grabaron canciones y en 2018 lanzaron su primer EP de manera independiente. La grabación los colocó al centro de la escena del ‘rock indie’, a la vez herencia o legado o restos de la época en que el rock era la música más popular del mundo.
Aquello cambió por muchas razones, pero mencionemos dos. 1) La música se democratizó con Internet, sí, pero sobre todo se democratizó el público, y es lógico que un género venido de las minorías (el blues de los blancos) pierda presencia y relevancia ante una audiencia globalizada y con la opción de escoger la música que más y mejor refleje su actualidad.
2) Los temas y métodos del rock parecen caducos, rancios, empezando por eso de insistir en que la música sea tocada con instrumentos y escrita por seres humanos; pero esto ha jugado a favor: desde hace rato que el rock no es el mainstream, es solo música, y es en su calidad de tal como la música debe ser juzgada.
Para 2023, Geese había lanzado dos discos, construido un fandom y una comunidad que los venía anunciando como lo anunciado tantas veces antes: el renacimiento del rock, el futuro del rock, la segunda venida del rock. Faltaba, entonces, el tercer disco, el clave, el consagratorio. Un gran álbum debut puede ser incluso involuntario; un segundo disco puede ser la continuación o ampliación del fenómeno; pero un tercero debe dejar claro que la banda no vino de paseo sino a quedarse. Su cuarto álbum sobrepasa y desborda todo lo que se esperaba de ellos.
Escuchar Getting Killed y despertar
Hay que escucharlo a la vieja usanza, desde la primera canción y hasta el final. Nada, pero nada de saltarse canciones o escuchar solamente las más populares (lo que por otro lado no significa o dice mucho). El álbum empieza con ‘Trinidad’, sobre ese ritmo de superficie aparentemente irregular se levanta una estructura maciza, cuya mayor virtud es precisamente tambalear sin caer, bailar como bailan las tribus milenarias: desordenados, desobedientes y bellos, todo al mismo tiempo.
En ‘Husbands’, el tercer tema del disco, hay una especie de reunión de todo lo que nos gusta: la voz va y viene entre los Stones y los Strokes; la música tiene partes de banda de pueblo a lo Tom Waits y mantra hare krishna de la secta George Harrison. En pocas: da confianza porque produce ese pensamiento que es placer, tranquilidad y emoción, ‘esta gente, esta banda, ha escuchado lo mejor y ha robado como los mejores’. Lo mismo pasa en ‘Au Pays du Cocaine’, una de esas canciones de las que se puede decir, ‘me recuerda a todo lo que me gusta y no se parece a nada que haya escuchado antes’.
Cameron Winter, cantante y letrista de Geese, de 23 años, tiene una voz que convoca y proyecta, la voz de un pastor que llama al rebaño pero al mismo tiempo lo despacha para todas partes y para todas sus suertes. (Basta con escuchar uno de sus temas en solitario, The Rolling Stones, para saber que se vienen cosotas). Y la banda, al tocar, produce la esperanza de fragmentos de un mundo que después de todo, mal que mal se une: cada uno por su lado, sí, pero llegando al mismo lugar a través de un mismo túnel de tiempo; a veces, por suerte, incompresible, incontrolable, vudú; a veces, muchas veces, el horizonte despejado en plena tormenta.


