
'Dirty Pop' es un documental que cuenta la historia de varias Boy Bands de los años 90 del siglo XX. Acá la historia de cómo se hicieron marcas del tipo Backstreet Boys y Nsync, con tramas de estafa, terror y esa música que ahora suena en las bodas.
El hombre detrás de los niños
El documental ‘Dirty Pop’ hace muy bien en mostrar a su personaje principal al centro del afiche, entre los niños a los que inventó, manejó y estafó. El hombre, grande y grueso como sus operaciones, blanco-casi-rojo, muy gringo, se llamaba Lou Pearlman y tenía una especie de laboratorio en Orlando, Florida, donde se vende más de un sueño.
Adelantado, todo hay que decirlo, al milenio de los realities, Pearlman casteó a los Backstreet Boys, los lanzó en 1993, la pegó, la partió, reventó y cuando se dio cuenta de que habría competencia casteó a los NSYNC. Y así.
El negocio parecía redondo pero, oh sorpresa, era una estafa piramidal. Pearlman, que mantenía la fachada con empresas de papel y una aerolínea privada que nunca existió (curioso que nadie lo haya comprobado entonces, era cosa de llamar o tratar de reservar un vuelo), reinvertía las billonarias ganancias en el mismo fraude, en un estilo de vida muy por encima del de sus artistas.
Llevaba una ‘contabilidad creativa’ y mantenía aceitada y engrasada la máquina de hits que al final no llegaron a salvarlo. Esto duró años, hasta el 2006, cuando fue investigado por la ley federal y se descubrió que había estafado a sus inversionistas y clientes por más de un billón de dólares.
Sus muchachos, que hasta ahora reconocen que Pearlman les cambió la vida y los convirtió en estrellas, fueron los primeros en demandarlo; los Backstreet Boys, por ejemplo, lo acusaron de recibir ellos trescientos mil dólares en ganancias mientras el mánager y su sello sumaban millones.
Un clásico de la industria musical y, sí, la razón por la cual muchos artistas han decidido trabajar sin disqueras ni sellos, no más. Lou Pearlman, que murió en prisión, fue arrastrando a socios de a pie que le entregaron el dinero de pensiones y retiros que ya nunca pudieron cobrar. No por nada se dice ‘un artista de la estafa’.
A ‘Dirty Pop’, es cierto, le faltan cine y narrativa; es decir que como se estila en nuestros días hay más data que trama, pero cumple con informar y cambiar la manera en que se piensa antes de ya no pensar para seguir bailando.
Baile mata filosofía
La verdad, no pensé que sobrevivirían a su propia década, mucho menos a las que siguieron. Qué tonto, capto ahora, mientras escucho y sandungueo los hits; ellos tenían mejor chance que la mayoría: baile mata filosofía y una buena coreografía es ante todo inclusiva. Las boy bands de ‘aquellos fabulosos 90s’ son más grandes y bailadas que en su momento, dan giras en estadios, tienen sus propios campamentos de verano y, en fin, mantienen viva la fantasía.
‘Esa es música de mi generación’, dicen chicas y chicos aún en sus veintes y en la primera mitad de sus treintas. Están locos, reclamo, eso es de cuarentones como yo y más bien se veía con desprecio porque ninguno de esos guapitos tocaba instrumentos musicales.
Eran ‘boys’, sin duda, jóvenes e ingenuos, pero nunca fueron ‘bands’ y a nadie se le ocurría llamarlos músicos. El negocio era otro, el producto eran la diversión, el pelo, los bíceps, esas garantías materiales en un mundo incierto.
Y, lo dijo Chéjov, detrás de cualquier fortuna hay sangre, mucha o poca, y gente que sale perjudicada y termina llorando por las mismas razones por las que salió a bailar. ‘Dirty Pop’ se mete con la parte amarilla y fea de eso que se veía tan bonito y sincronizado. Ya era hora y hasta nos tranquiliza saber que los muchachos la vieron dura, que en parte fue horrible y que ‘behind the pop’ están las cosas que no se le desean a nadie.
Compra algo para comer y separa tres horas de tu vida para escuchar este chisme, bastante más jugoso que cinematográfico y aún así digno de un espacio capitular en la Historia del siglo pasado, que se riega hasta nuestros días.

