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Mundo Diners al día

"No hay que temer al jazz”

por José Luis Barrera

Daniel Toledo con su contrabajo
Daniel Toledo descubrió el contrabajo en un concierto de latin jazz. Foto: cortesía.

Daniel Toledo dice que no se debe temer al jazz y lo sabe mejor que nadie: este género le hizo dar la vuelta al mundo. A los doce años pisó la Escuela de Música de la Universidad San Francisco por primera vez y, hoy, ya consagrado, está allí de nuevo con el fin de guiar a otros que también tienen sueños en forma de partitura.

La pasión por el jazz

El 26 de enero de 1929 un gigante que no llegaba al metro setenta apareció en el Cine-Club Español de Madrid con la cara embadurnada de negro. Los asistentes, entre el estupor y la risa, se dieron cuenta de que aquel hombre no era otro que el escritor Ramón Gómez de la Serna, quien estaba allí para hablarles de jazz.

―Solo el jazz exprime la vida hasta la última esencia -dijo- porque la resume con su absurdo y su incoherencia, con su anhelo de jolgorio continuo, y mezcla los amores tristes con los tecleos de máquinas de escribir lejanas y los reclamos de la perdiz en el cielo…

Y al conversar con Daniel Toledo, músico quiteño nacido en 1991, se hace evidente que la frase no ha caducado:

―Mi interés por la música viene desde la casa y a los diez u once años mi papá me llevó a un concierto de latin jazz; entonces, mi curiosidad original por la batería cambió por el contrabajo y este instrumento me llevó a un viaje sin retorno hacia el jazz.

El maestro de jazz

Daniel Toledo es músico y también profesor a tiempo completo en la Universidad San Francisco. Cuando se conversa con él por teléfono, es frecuente escuchar un fondo de patio universitario con voces de estudiantes que, a manera de coro, lo acompañan siempre.

En realidad, su viaje inició allí, como alumno, aunque lo de ahora no es el cierre de un ciclo, sino más bien una espiral cuyos anillos van hacia arriba produciendo nuevas generaciones de artistas.

―Un músico lo que hace es transmitir sus sentimientos a través del lenguaje, que es la música; entonces, cuando alguien empieza a estudiarla, posiblemente esté en una búsqueda del camino adecuado. De manera que para empezar hay que aprender las “palabras” (los arpegios) y, una vez dominados, entra en juego la creatividad individual. La misión del docente consiste en enseñarle la primera parte e inspirarlo en la segunda.

Daniel tiene claro que su objetivo no es coartar la libertad de sus alumnos, empujándolos a escoger un género o un instrumento sobre otro, sino enseñarles cosas nuevas que aporten en su crecimiento.

El alumno de jazz

El músico quiteño pisó la universidad por primera vez a los doce años, cruzándose con estudiantes que, como él, entendían el mundo en solfeo. El lenguaje de la música los hermanó y las diferencias de edad se esfumaron a ritmo de jazz.

―Yo era un niño y mis compañeros eran universitarios, pero me apoyaron para cumplir mi objetivo, no sentía la diferencia de edad. Teníamos un camino en común: la música.

Daniel Toledo ha llegado a Europa y Estados Unidos surfeando sobre partituras. Fue del campus valenciano de Berklee College of Music hasta la escena musical de Cracovia. Sin embargo, en ninguna parte del mundo se ha sentido un extranjero:

―Una vez tuve un concierto en Boston, pero mi vuelo se retrasó tanto que ni siquiera pude conocer a la banda con la que iba a tocar: eran una pianista de Japón y un baterista de Inglaterra. A pesar de eso, al momento que arrancó la presentación, todo fluyó con extraordinaria naturalidad.

Daniel Toledo y su banda de jazz en concierto.
Daniel Toledo ha trabajado con artistas como Piotr Orzechowski, Ted Lo, John Blackwell, Perico Sambeat, Yoron Israel, Victor Mendoza. Foto: cortesía.

Ecuador y la música

Por supuesto, es imposible no percatarse de que hay públicos más musicales que otros: en Cracovia, por ejemplo, siempre hay conciertos de géneros distintos conviviendo en cualquier día y cualquier estación. La oferta es amplísima y la gente siempre está lista para abarrotar las salas, lo que no siempre ocurre en Ecuador.

―De todas maneras, como decía Esteban Molina, quien fundó el Colegio de Música de la Universidad San Francisco, en Europa la educación curricular dentro de esta disciplina tiene quinientos años; en Estados Unidos, doscientos; y en el país apenas está empezando. Ahora bien, la academia ya genera muchos espacios para la gente que quiere expresarse a través de ella.

Daniel asegura que dicho movimiento tomará tiempo, pero está bien encaminado. Al fin y al cabo, el público también aprende y en la medida en que la educación musical entre a las aulas, habrá más gente dispuesta a consumirla.

―No es que si en el colegio imparten una clase de música todos los estudiantes se van a convertir en artistas, es lo mismo con las matemáticas o la biología, pero es importante porque genera una intuición en el público que eventualmente lo llevará a profundizar.

Daniel Toledo tocando el contrabajo
Daniel Toledo dado conciertos en varias partes del mundo. Foto: cortesía.

Y el artista mira a sus orígenes con agradecimiento:

―Yo le debo todo al Ecuador y al Colegio de Música, gracias a ellos he llegado a viajar por muchas partes del mundo y creo, por eso mismo, que hay posibilidades para crecer y hay que trabajar por ellas; el talento existe solo es necesario organizarlo y dejar los egos de lado.

Daniel Toledo se despide diciendo que la música es de todos y para todos; no hay que temerle a ningún género y menos al jazz porque basta con escucharlo para sentirse conectado con él.

Al final, como decía Gómez de la Serna, este es como la vida: vertiginoso, poético.

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Acerca de José Luis Barrera

Periodista por formación, cuenta cuentos por vocación. Como todo cronista de Indias (millennial en este caso), sus relatos son el resultado de viajes a través de la geografía, pero también a través de los libros.
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