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Mundo Diners al día

Chavela Vargas, el documental

por Juan Fernando Andrade

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Chavela Vargas es una de las leyendas de la música mexicana.

La voz de Chavela Vargas, que cargaba entre sus cuerdas todo el amor y todo el dolor del mundo, también cargó con una larga historia, que se cuenta en un documental homónimo, de Netflix.

Chavela Vargas

Como en un concierto, Chavela Vargas abre el documental soltando sabiduría. Aparece ya mayor, con la cara lavada, el pelo corto y casi todo blanco, nada de aretes ni collares, aquí la única joya es ella y no necesita corona, su brillo podría dejar ciego a cualquiera. 

‘Empecemos con para dónde voy, es más interesante para todo el mundo, no de dónde vienes sino para dónde vas a esta edad’, dice La Señora. 

La entrevista está fechada en 1991, cuando la cantante mexicana tenía 72 años y aún la esperaban quizás los mejores momentos de su carrera, ya no como artista sino como una especie de Reina Madre, mística y terrenal, dueña del mundo que lo mueve al antojo de sus caprichos. 

Empiezan a sonar esas guitarras de madera y esas cuerdas de nylon; esas canciones y su forma lenta de romper el corazón no para hacerlo llorar sino para hacerse un espacio allí adentro; esa voz como lamento de tarro que recoge penas del suelo, las sostiene entre las manos, las vuelve flores y las levanta por encima de la cabeza ya vueltas orgullo y victoria sobre esta vida que todo nos lo quiere arrebatar.

Chavela Vargas, nacida en Costa Rica pero más bien hija y madre de México, aprendió a cantar con el mejor, José Alfredo Jiménez. Él era la música ranchera en el dolor más profundo y, también, la sabiduría de dejarse abandonar por un amor y aún así, herido de muerte, desearle que le vaya bonito.   

Que le vaya bonito porque hay amor después del dolor. Después de la canción fatal, corta-venas e intoxicada, vuelve el corazón a abrirse para ver y señalar a qué ojos le cantaremos la próxima.

Entre el cine y el chisme

El documental se llama ‘Chavela’, está en Netflix y, como los mejores discos de La Señora (grabados en vivo, con público que aplaude y llora y canta), puede verse y escucharse mil veces seguidas. 

Son pocas, demasiado pocas, las películas que pueden repetirse, pero acá lo que uno repite es la compañía de Chavela Vargas, a quien siempre da gusto tener en la casa, en la sala donde se sirven los tragos o ya de plano en la cama. 

Decía Joaquín Sabina que era amigo de ‘La Señora’ porque ambos eran igual de borrachos e igual de mujeriegos. 

Decía Pedro Almodóvar, que en parte se encargó de revivir la carrera de la cantante, que aquello que le gustaba de sus canciones era la posibilidad de un nuevo amor; sabiendo, claro, que existe tal cosa como el amor de la vida, el que marca y trauma y desvía, pero que la vida alcanza para un gran amor y después otro y otro y así perdamos la cuenta ya que hemos perdido todo lo demás.  

Chavela Vargas tuvo, al comienzo, una de esas carreras en blanco y negro que incluyen películas y portadas de discos en las que aparecía con el pelo recogido, poncho y guitarra en mano: una mujer armada, digamos. 

Luego vinieron el agujero negro, el olvido del público, la cascada de licor que casi la mata, el tiempo muerto bajo la piel morena, y finalmente un regreso a la música y a la vida que hizo de sus últimos años de carrera los mejores y los definitivos.   

El documental tiene por eso la forma de una historia de redención: nacimiento, caída, auge. Y, como en las mejores cintas de acción, el regreso del héroe y su venganza son al final lo que vinimos a ver: Chavela Vargas alcanzó a ser dueña del mundo antes de dejárnoslo a nosotros, que ahora lo cargamos en peso y entre todos. 

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Chavela Vargas y Frida Khalo. Foto: Nickolas Muray

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Autor

Acerca de Juan Fernando Andrade

Escritor y periodista. Sus libros están disponibles en formato impreso y digital en www.dinediciones.com. Sus textos cortos pueden leerse en su blog personal: www.culturab.blogspot.com.
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