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Carlos Santana: la vida pegada a la guitarra

por Eduardo Varas C.

TIEMPO DE LECTURA 7 MINUTOS

Con 77 años el gran Carlos Santana sigue siendo sinónimo de música y de un instrumento al que nació predestinado: la guitarra. Luego de más de seis décadas de carrera, Santana sigue dando conciertos y sustos, cuando sus problemas de salud son noticia.

La noticia compartida por varios medios, el 23 de abril de 2025, se titulaba “Carlos Santana hospitalizado luego de colapsar sobre el escenario”. Eso, inicialmente, provocó el pánico entre los fanáticos del guitarrista mexicano que empezó a ser reconocido como una fuerza musical mundial luego de su participación en el festival de Woodstock, en 1969.

Carlos Santana.
Festival de Woodstock, 1969.

Después llegaría algo de calma, porque se aclaró que no se trataba de nada grave, que en la prueba de sonido en el Majestic Theater, en San Antonio, Texas, Carlos Santana se desmayó producto de una deshidratación. Y que los paramédicos decidieron llevarlo a un hospital para salir de cualquier duda. Bueno, algo parecido le pasó en julio de 2022, pero esa vez fue en pleno show, en el Pine Knob Music Theater, en Michigan. Literalmente perdió el conocimiento de un segundo a otro y cayó al piso. Que había sido deshidratación, dijeron, pero igual suspendieron seis shows por precaución.

Uno de los desmayos de Carlos Santana.

Hay que tomar con pinzas eso de que “todo está bien”. No porque Carlos Santana esté mal —si se ven los videos de sus conciertos de este año, que suben a YouTube, se observa a un músico entero y maravilloso— pero ya ha pasado por mucho. Inclusive en 2021 tuvo una operación a corazón abierto y, por su edad, no hay que tomarlo a la ligera.

Carlos Santana y su primera esposa Deborah King, 1977.
Carlos Santana y su primera esposa Deborah King, 1977.

Existe una necesidad de proteger a estas glorias de la época clásica del rock y que son adultos mayores, quizás por lo que generaron en los oyentes. Es una forma de nostalgia de la que Carlos Santana es parte fundamental. Y él, con 77 años, debe tenerlo claro, porque no para, sigue activo en los escenarios, a pesar de los problemas de salud. Por ejemplo, para 2025 armó una gira de más de cincuenta fechas por Estados Unidos, Alemania, Francia, Hungría, Bélgica, Reino Unido y otros países.

Sobre la tarima, acompañado de nueve músicos —entre ellos Cindy Blackman Santana, quien toca la batería y ha sido su esposa los últimos quince años—, se acerca al micrófono y habla en tono místico, como el anciano de la tribu, profeta o discípulo de una verdad intangible. Cuando va a tocar, a veces, se sienta sobre un taburete alto, como para que su espalda no sufra por el peso de la famosa Paul Reed Smith Signature naranja que usa.

Y todo lo místico que dice lo reproduce con su guitarra. Es una especie de catalizador de algo tribal y profundo, con una base rítmica firme de congas y batería. Y él, en el centro, tocando notas que puede mantener por varios segundos, como si fueran parte de una invocación.

Dos nacimientos

Carlos Humberto Santana Barragán nació en el estado de Jalisco, México, el 20 de julio de 1947, en el seno de una familia de músicos. A los cinco ya agarró un instrumento musical, el violín, y a los ocho, la guitarra. Cuando la familia se mudó a Tijuana, el joven Carlos ya empezó a tocar en bandas, de la mano del también imprescindible Javier Bátiz.

A los doce ya era bajista de los TJ’s, uno de los grupos pioneros del rock en la zona. Por la cercanía con Estados Unidos, Carlos empezó a escuchar blues y rock and roll que le volarían la cabeza. Muddy Waters, Chuck Berry, B. B. King y John Lee Hooker a la vena del chico que no dejaba la guitarra de lado.

En 1960 sus padres y hermano menor cambiaron su residencia a San Francisco, Estados Unidos. Un año después, con catorce, él los alcanzó. En el nuevo país terminó sus estudios secundarios y aumentó su pasión por la guitarra, además de ampliar sus horizontes: se hizo fanático del gran Peter Green, del guitarrista húngaro Gábor Szabó; no dejaba de escuchar a Tito Puente, a los Beatles y a los Stones, a John Coltrane y a Miles Davis. Toda la mezcla cultivó algo distinto en él.

El guitarrista húngaro Gábor Szabó.

Trabajó lavando platos en restaurantes para ahorrar y comprar la guitarra eléctrica que le hacía ojos, la Gibson SG, con la que tiempo después quedaría inmortalizado en Woodstock. En 1966 armó su banda en Estados Unidos y le puso su apellido, no tanto como un gesto de liderazgo, sino como una declaración de principios. Carlos Santana hizo del español un idioma importante para el rock and roll mundial.

Carlos Santana y la segunda esposa.
Cindy Blackman Santana, su segunda esposa, es una baterista virtuosa que no solo acompaña a Carlos, sino a muchos importantes músicos del mundo. Fotografía: ® ALAMY PHOTO STOCK.

Luego de un cambio de integrantes y un contrato discográfico con Columbia Records en 1968, todo estaba listo para el segundo nacimiento de Carlos Santana.

Grabaron el primer disco del grupo en mayo de 1969 y lo llamaron Santana. Estaba plagado de temas instrumentales con ritmos latinos y una guitarra que sonaba como si gritara su existencia. El álbum iba a salir el 22 de agosto de 1969, pero el promotor musical Bill Graham insistió en que pusieran al grupo la tarde del 16 de agosto de 1969 en el escenario de Woodstock, por una cantidad reducida de 2500 dólares. Como tenían ese espacio vacío, los organizadores accedieron y abrieron la puerta para que surgiera la leyenda.

Nadie se esperó ver a ese mexicano flaco y de pelo largo tocar la guitarra como lo hizo, con la base rítmica que puso a mover a todos los asistentes al festival. Fueron 45 minutos de pura electricidad, tiempo suficiente para ocho increíbles canciones. Eran los músicos más jóvenes sobre el escenario —entre diecinueve y veinte años— y los únicos que no tenían disco publicado. La presentación fue el inicio de todo lo que vendría, de inmediato. Cuando salió el disco, llegó al número cuatro de la lista Billboard 200; ni hablar de lo que pasó después, cuando se estrenó la película de Woodstock y Santana tuvo un lugar privilegiado en el metraje.

De ahí salieron los demás discos —hasta el número veintisiete, Sentient, que lanzó en 2025— y esos temas que siguen sonando con fuerza hoy en día, como “Soul Sacrifice”, “Jingo”, “Evil Ways”, “Black Magic Woman”, “Oye como va”, “Samba pa ti”, “Europa”, “Winning”... Pero hablar de Carlos Santana no es solo un asunto de música.

El recorrido espiritual de Santana

Para Carlos Santana el éxito en los años setenta significó varios discos en el número uno, y dar conciertos y grabar con nombres importantísimos del rock y del jazz. Fue en 1972, y de la mano del guitarrista John McLaughlin, que el mexicano y su entonces pareja, Deborah King, entraron en contacto con la meditación trascendental y el gurú Sri Chinmoy. Ese primer cruce significó mucho para él, desilusionado por cómo las drogas duras se habían convertido en moneda corriente en el mundo de la música y afectaban incluso a la gente con la que tocaba. Él buscaba algo más y lo empezó a encontrar.

Carlos Santana.
David Brown (izq.) y Carlos Santana (der.). Fotografía: ® ALAMY PHOTO STOCK.

Esto significó dos cosas: su música dejó de lado el ritmo latino, se enfocó más en el jazz y en tendencias sonoras de Medio Oriente. Sus discos seguían siendo interesantes pero eran menos consumidos. En los años setenta Carlos Santana descubrió algo, pero su público no. En esa época decidió que su nombre debería incluir el Devadip, sánscrito para ‘la lámpara, la luz y el ojo de Dios’, con el que Chinmoy lo llamaba. Y así lo hizo en varios discos; uno de ellos Love Devotion Surrender de 1973, muy conectado con esa espiritualidad que colmaba a Santana.

Con el tiempo Santana vio en Chinmoy a alguien controlador. En 1982 él y King decidieron alejarse del gurú, sobre todo por la exigencia que les había puesto de que no se casaran y no tuvieran hijos. Fue suficiente para la pareja. Los ochenta fue una década complicada, pero él no dejó de hacer música; en los noventa hubo un giro espiritual importante: Carlos Santana se volvió un cristiano renacido, alguien que encontró en el cristianismo evangélico la conversión espiritual que buscaba.

Su música también tuvo un giro. Con nueva disquera empezaron a aparecer trabajos como Milagro (1992) y Sacred Fire: Live in South America, donde se podía escuchar un Santana de regreso a los ritmos latinos que se habían escapado de sus manos y que eran sinónimo de su trabajo. Y poco a poco, show a show, empezó a encontrar un punto de equilibrio entre la música, la religión, la espiritualidad y la meditación. En los conciertos se enfocó en hablar mucho más de lo que los sonidos producen y cómo son un camino para conectar con lo interno, con lo divino. No solo se trataba de canciones, sino de transformación.

En una entrevista para Billboard en 2022, él definió muy bien ese rol en el que lleva desde hace casi treinta años imbuido: el del anciano de la tribu que quiere lo mejor para todos: “He creado música, desde el principio, para traer un refugio para la curación. Y esto es lo que hacen los chamanes. Los chamanes inducen, como Jesucristo, una alquimia de personas que despiertan y aceptan sus dos cosas: su propia divinidad y su propia luz”.

En 1999 esta alquimia dio por resultado Supernatural, el disco más exitoso en toda su carrera. Un trabajo en el que mezcló sus raíces, el ritmo y ese fraseo tan característico de su guitarra con decenas de colaboraciones, las que lo llevaron a lo más alto de las listas de popularidad. Participaron músicos como Rob Thomas, Dave Matthews, Lauryn Hill, Wyclef Jean, Maná —con ese otro clásico que es “Corazón espinado”— y hasta Eric Clapton. Con este disco vendió treinta millones de copias a nivel mundial y ganó ocho Grammys, incluyendo el Disco del Año.

Carlos Santana y Maná en “Corazón espinado”.

Carlos Santana no necesita probar nada. Quizás este no sea ya su tiempo, pero él sigue empeñado en hacer lo suyo, en tocar para la gente, grabar, sacar discos y dejar en claro que no existe otra forma de conectar entre todos que no sea con la música, esa que sale de sus dedos, de la guitarra que lo acompaña siempre.

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Acerca de Eduardo Varas C.

Escritor, músico y periodista. En 2011 fue seleccionado por la FIL de Guadalajara como uno de los "25 secretos mejor guardados de América Latina". Ha publicado "Conjeturas para una tarde" (BCE, 2007), "Los descosidos" (Alfaguara, 2010), "Faltas ortográficas (CCE, 2017), "Esas criaturas" (Cadáver Exquisito, 2021) y "Las tres versiones" (Cadáver Exquisito, 2022). Con este último libro ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Es docente universitario y editor adjunto del medio GK.
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