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Artista que se respete merece su propia película o, al menos, esa parece la lógica de Hollywood. Este año Michael Jackson se sumó a la lista de personajes cuyas historias han inspirado biopics musicales. Sin embargo, ¿la fórmula de este tipo de producciones está agotada o aguanta aún más?
Era la noche del 24 de febrero de 2019 cuando Bohemian Rhapsody disputaba como contendora a mejor película en los Premios Óscar de ese año. La película venía de cosechar el aplauso de la crítica y un éxito masivo con el público, logrando más de novecientos millones de dólares en la taquilla global. Al final, la cinta perdió el premio mayor frente a The Green Book, pero consiguió algo aún más importante: un impacto cultural capaz de revivir a Freddie Mercury 35 años después de su muerte, con un incremento del 156 % de escucha del catálogo musical del grupo Queen en Spotify.
Bohemian Rhapsody hizo lo que muchas películas del género ya habían hecho antes. Las biopics musicales nacieron a mediados del siglo XX para contar la vida de compositores como Beethoven y Tchaikovsky. Conocer la historia de los grandes referentes de la música, más allá de las biografías de los libros, permitía humanizar el personaje al reconocer sus inicios, sus deseos y sus limitaciones, así como enfatizar las habilidades y destrezas que lo hicieron un artista único y sobresaliente. Películas premiadas como Amadeus (1984), además, logran perpetuar un imaginario colectivo relacionado con el mito del genio artista y la forma en la que el arte redime su esfuerzo y sacrificio en la posteridad.
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