El tanguero Carlos Gardel nunca vivió en Manrique, pero terminó convertido en su vecino más ilustre. A casi noventa años de su muerte en Medellín, este barrio popular mantiene vivo el tango con academias, festivales y una tradición que sobrevivió a la violencia y al paso del tiempo.
Es un barrio popular que se desparrama por las laderas de Medellín entre calles empinadas, casas de ladrillo pintadas de colores intensos y un ruido permanente de motocicletas, buses y vendedores ambulantes. Parece un barrio más de la ciudad, hasta que uno aguza la mirada, entonces descubre que casi todo gira alrededor de un hombre que nunca vivió allí.
Su rostro y su nombre aparecen en murales, vitrinas, bares y letreros de negocios como panaderías y licorerías. Incluso, una avenida y una parada de bus llevan su nombre. Pero hay más: una estatua suya recibe a quienes llegan al sector. Se trata de uno de los tangueros más icónicos del mundo, Carlos Gardel, el vecino más famoso de Manrique.
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