Desde la ciudad más cachuda y rockolera del Ecuador, he aquí una crónica acerca del linaje de un género musical bohemio, popular y nacional, cuyo padre es el bolero antillano, su abuelo el tango y, su mago, Aladino, un mito capaz de transformar la pena en algo parecido al consuelo.
“No he visto en el país ciudad más rockolera, cachuda y cabaretera que la nuestra”, afirma Wilman Ordóñez Iturralde en su libro La rockola en Guayaquil. No puedo estar más de acuerdo. Sin desmerecer a los y las infieles, cachudos y cachudas del Carchi al Macará, “en esto somos campeones”, como explica el investigador y folclorista, por un lado, debido a la migración montuvia que sabe que “compadre que no se come a la comadre, no es compadre”, además, por ser el principal puerto del Ecuador, “¡y es realmente fantástico que así sea!”, remata Ordóñez. Quizá porque dicen que el que avisa no es traidor.
Veinte años atrás puse la última moneda en una rockola, en el mítico bar Montreal pedí una canción de Selena porque no me quedó más que aguantar bien mi derrota y brindarle felicidad a un amor imposible. Hoy las rockolas de Guayaquil son un objeto en vías de extinción, de coleccionista, de museo, de decoración inservible en franquicia de hamburguesas gringa. Aquella tarde en el Montreal me parece ahora un sueño, pero recuerdo que también pedí una de Sandro, otra de Julio Jaramillo y, seguramente, alguna de Aladino.
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