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El cine y las series de terror actuales convierten a la infancia en un espejo incómodo de las violencias, duelos y fracturas sociales.
El terror contemporáneo ha encontrado en la infancia una de sus figuras más inquietantes. Teóricos del género como Noël Carroll y Jeffrey Andrew Weinstock han señalado que el horror funciona como un dispositivo cultural que devuelve amplificados aquellos miedos que las sociedades reprimen o subliman. En ese marco, la figura del niño emerge como portadora de memorias silenciadas: traumas familiares, abusos históricos y culpas heredadas que insisten en reaparecer.
A esto se suma la creciente incorporación de menores en el género del terror psicológico, hoy considerado el más popular dentro del cine de horror, según el reporte reciente de análisis de audiencia Worldmetrics.org 2026. En este tipo de relatos, el monstruo es invisible, la amenaza se sugiere, apenas se intuye, y el miedo se desplaza hacia la conciencia, el territorio más íntimo y frágil.
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