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La telenovela nos ha acompañado a los latinoamericanos toda la vida. En mi infancia —fines de los años setenta— se reunían en casa de mis abuelos las tías, las amigas y hasta alguna vecina para ver juntas Los ricos también lloran, con Verónica Castro. Venían con sus maridos, que no pocas veces se conmovían frente a la caja que todavía emitía en blanco y negro. La telenovela era para todos. La trama era la misma de muchas otras telenovelas: la chica joven, ilusa y del campo es el objeto del amor del muchacho sofisticado y rico. Un escándalo familiar se instala, pero el amor es más fuerte que el qué dirán y la pareja será feliz por el resto de la vida.

La gran novela brasileña
Pero fue la telenovela brasileña la que encandiló mi tardía infancia. Hacia principios y mediados de los ochenta aparecieron novelas como La esclava Isaura, Dancing Days (con Sonia Braga) y, finalmente en 1988, la considerada “obra maestra” de las telenovelas, Vale todo. Aquí la cosa era menos estereotipada y abiertamente se cuestionaban las relaciones de poder, de género y de clase.
Los valores de producción otorgados por la Rede Globo, la productora, eran diferentes: las historias eran grabadas en exteriores, en locaciones reales, con actores que se parecían a la gente de la vida real. Mucho realismo y cero falsedades. Era el culmen de la creatividad televisiva, en el momento en que Brasil se liberó de una larguísima dictadura y abrazó la democracia. Pero México, Venezuela y Argentina dominaban la producción de telenovelas y un incipiente sistema de estrellas se instauró en América Latina.
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