El Ecuador no es un país en crisis, es la crisis. El caos es nuestro estado natural y el punto medio no es el equilibrio sino el choque de los opuestos. Y, aunque el último en salir ya apagó la luz, seguimos aquí.
Soy yo contra el vacío existencial de la noche. Olvidé cargar mi celular y mi computadora no funciona si no está conectada. Pobrecita, ya tiene sus años. Sobrevivió una pandemia, los golpes de otras maletas durante algunos ajetreados viajes y los horarios de entrega de la Flacso. Y, como el hit de Bad Bunny, a mi celular le queda “un porciento”. No quiero ni siquiera tocar la pantalla, porque olvidé comprar velas y su linterna es la única luz que tengo. Sé que pronto morirá. Aún faltan horas para que acabe el apagón y ni siquiera puedo leer las últimas páginas de los Testamentos traicionados de Kundera. No, no, ni siquiera lo intento. Solo espero. Las tinieblas son la espada de Damocles que en cualquier rato me arrancan la única luz que me queda.
Dormir es una opción, casi la única. En especial para mí, porque tengo un talento especial para hacerlo en cualquier lugar y en cualquier momento. Una vez, viajando por Honduras, me dormí sobre una costal con gallinas vivas que nunca dejaron de cacarear. Otra, hace años, lo hice haciendo fila para un trámite en la Conadis, tratando de conseguir el carnet de discapacidad de mi viejo. Mi capacidad de sueño ha sido un orgullo personal. Diría que casi tengo vocación por la burocracia. Pero esta vez estoy fracasando. Cierro los ojos, como si eso me separara de la sombra total, pero los vuelvo a abrir.
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