
La previa del partido de este 30 de junio entre Ecuador y México tendrá como protagonistas a dos pesos pesados: el Santo y el Diablo Huma, dos íconos de la cultura popular cuyas máscaras se han convertido en la prenda favorita de miles de hinchas. Esta es su historia.
No podemos negarlo: los mundiales tienen un encanto único. Quizás se deba a que no solo nos hacen hablar de fútbol, sino también de política, economía, moda, psicología y, por supuesto, de cultura. Ahí han estado los noruegos con su remo vikingo, los congoleños con su estatua viviente de Patrice Lumumba o los japoneses con sus hachimaki.
A esta fiesta se han sumado los hinchas ecuatorianos, quienes ya no solo visten la camiseta de la Tri, sino que ahora lucen la máscara del Diablo Huma, uno de los personajes más populares de las fiestas andinas. Con ella se han paseado junto a la estatua de Rocky, han cruzado Times Square y han caminado por las calles de la nada futbolera Ohio.

El Aya Huma en Ciudad de México
Antes de convertirse en nuevo símbolo de unidad nacional —exhibido con orgullo en el Mundial 2026 por hinchas de la Tri nacidos en Machala, Nueva Jersey o Madrid—, la máscara del Diablo Huma ya era una prenda popular en comunidades indígenas de los Andes ecuatorianos. En su entorno originario, quien la lleva encarna a una deidad que simboliza la fuerza, la energía y la vitalidad de la Madre Tierra.
Desde la época precolonial, la presencia del Aya Uma, como también se conoce al Diablo Huma, ha estado estrechamente ligada a las huacas (sitios sagrados y energéticos), lugares donde aparece durante festividades como el Inti Raymi. Ariruma Kowi, académico e investigador universitario, explica que, a partir de la conquista española, este personaje fue catalogado como un símbolo de idolatría y, por ende, satanizado.
"Para justificar el proceso de evangelización, los colonizadores lo llamaron Diablo Huma en lugar de Aya Uma, que en kichwa significa la energía vital, el espíritu que guía, que va a la cabeza. Con el tiempo, se ha transformado en símbolo de resistencia, un personaje que guarda parte de nuestra memoria histórica, cultural, espiritual y artística", señala Kowi.
La máscara del Aya Uma condensa buena parte de la cosmovisión indígena de los Andes. Sus dos caras representan la complementariedad de los opuestos (el día y la noche, lo masculino y lo femenino, el pasado y el futuro); sus doce flecos o cachos simbolizan los meses del año y el vínculo con el tiempo cíclico; y los colores del arcoíris hacen referencia a la cercanía con la deidad andina de la fecundidad y la vida.
Más allá de las festividades andinas, el Aya Huma habita hoy en diversos escenarios: es, por ejemplo, personaje central en las coreografías del Ballet Jacchigua y un motivo recurrente en los murales de Apitatán. Para Kowi, la presencia de la máscara de este personaje fuera de las ceremonias andinas es la prueba de que hay muchos símbolos culturales que nos pueden hermanar —no se olviden de J. J. y su Nuestro juramento—.
El Santo y el amor por la lucha libre
La historia de el Santo y su máscara plateada no es tan antigua como la del Diablo Huma; sin embargo, su popularidad tiene ecos fuera de México desde hace varias décadas. Todo comenzó en 1942, cuando Rodolfo Guzmán Huerta se bautizó como el Santo. Desde ese momento y hasta 1982, año de su retiro, ningún contrincante logró desenmascararlo.
Dentro del ring, uno de sus momentos estelares llegó en 1952 durante la lucha contra los Hermanos Shadow (Blue Demon y Black Shadow). En aquella pelea no solo desenmascaró a Black Shadow, sino que impulsó la decisión de Blue Demon de convertirse en técnico (luchador de buen corazón y espíritu heroico). Fuera del cuadrilátero, la popularidad de el Santo despegó gracias a su salto al mundo del cómic y del cine.
El Santo apareció en 53 películas de luchadores, un género cinematográfico que los mexicanos reclaman como propio, y se convirtió en el personaje más importante de la literatura popular mexicana gracias a su papel protagónico en el cómic homónimo creado por José Guadalupe Cruz. La serie se publicó de forma ininterrumpida durante 35 años, hasta 1987. Durante ese tiempo, su única competencia fue otro famoso mexicano: Kalimán.
El Santo también es icónico por su máscara. Más que por su diseño o color, por el hecho de que nunca se la sacó en público. La excepción ocurrió un año antes de su muerte. A finales de 1983, fue invitado al programa de televisión Contrapunto y ahí, en vivo, desató las cuerdas de su máscara. El escritor Juan Villoro describe así aquel momento:
"Desde que Quetzalcóatl vio su horrendo rostro en el espejo humeante de Tezcatlipoca, México no había experimentado semejante drama de la identidad. Sin embargo, fiel al sentido de la supervivencia que lo salvó en el ring de planchas enemigas y en el set de tantas momias de cartón, el ídolo se despojó de la máscara para descubrir que debajo tenía otra igual. El vengador anónimo hubiera podido despellejarse hasta el infinito sin perder la apariencia en la que delegamos nuestros delirios de justicia".

