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Víctor Gaviria: poesía desencantada y cine que es realidad

por Juan Camilo Rincón

Víctor Gaviria
El director y escritor colombiano Víctor Gaviria es el autor del libro 'Órbita de cosas olvidadas'. Foto: EFE
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

Víctor Gaviria, director de las películas Rodrigo D. No futuro y La vendedora de rosas, tiene una faceta que pocos conocen. Pronto se cumplirán cincuenta años de la publicación de su primer libro de poesía y los celebrará con su obra reunida en Órbita de cosas olvidadas.

El cineasta colombiano Víctor Gaviria nos ofrece un recorrido por una producción lírica que abreva de las calles, las conversaciones, los lazos afectivos y mucho de aquello que hemos arrinconado en la memoria. En Órbita de cosas olvidadas (Seix Barral) el también poeta reivindica a los artistas y a los borrachos, a los amigos, los desamparados y los payasos.

Con la potencia del lenguaje nos habla de las ciudades invisibles y las cosas perdidas, del desorden y el amor único, de Fernando Pessoa y los hombres frágiles. Para Gaviria la poesía está en todas partes y su cine no ha sido ajeno a la lírica que rezuma en la vida cotidiana, una que atraviesa sus cortos, medios y largometrajes, y que se hace manifiesta en esa órbita de experiencias que hoy recuerda más que nunca. 

En 2026 se cumplen 48 años de la publicación de su primer libro de poesía. ¿Cómo ve su obra hoy? 

Ha sido una sorpresa verla reunida. Se decidió no hacer una antología sino, más bien, respetar la totalidad de mis seis pequeños libros. Yo tuve el atrevimiento de arreglar y sacar unos poemas, cosa que molestó a algunos amigos: “Usted no tiene derecho a corregirlos, eso ya fue escrito, el poeta joven fue el poeta joven”. Todo eso me hace pensar que esa pequeña obra tiene una coherencia y alberga una búsqueda, la misma intención, el mismo poeta. 

¿Los temas se repiten?, ¿los aborda de otra manera?

A veces se repiten, pero ahora son más desencantados y más desesperados. Alguien me preguntó por qué no volví a publicar, y es porque de trasfondo me parecían muy desasosegados, cerrados, una reiteración de cosas que ya habían pasado de manera definitiva. Algunas personas que han releído mis libros encuentran una búsqueda muy clara de la ciudad y su imagen, del poema narrado con una poesía entre líneas; no es el poema obvio y nítido, sino más bien entrar a este por la parte de atrás, donde no sabes para dónde vas. Entonces, de pronto, el poema encuentra algo y termina diciéndote cosas que no esperabas. 

¿Esa búsqueda también atraviesa su cine?

Totalmente. Hay una coherencia de mis poemas con los cortos, los primeros mediometrajes y luego con mis largometrajes, porque ahí también hubo una búsqueda personal. Algunos me preguntaban: “¿Por qué no, en vez de hacer cine social, escribes sobre tu vida? o ¿por qué no haces películas sobre tu vida, cosas personales?”. Eso me atormentaba. Mi respuesta es que yo hacía un cine que recogía testimonios de mucha gente, entrevistas que yo transcribía y se volvían una literatura muy emocionante para mí. Del reencuentro con los poemas ha sido muy grato darme cuenta de que había una elaboración muy personal en los dos ámbitos: los libros iban paralelos a las películas.

¿Cómo se encontró con la poesía?

Un hermano mío comenzó a escribir poesía de una manera incontenible y gigantesca, gracias a Juan Diego Mejía y Esteban Carlos Mejía. Él me animó a hacerlo cuando yo estaba terminando bachillerato. En la universidad creamos el Taller Nicanor Parra y leíamos toda la antipoesía del chileno. Los viernes nos reuníamos a leer lo que habíamos escrito en la semana; nos criticábamos, pero también nos emocionábamos mucho. 

¿Cómo llegó su primer corto?

Yo ya iba a los cineclubes, pero Luis Alberto Álvarez llegó a hacer las páginas de cine en El Colombiano y es maravilloso porque nos dio una cantidad de información, nos acercó al lenguaje fascinante del cine con el cual soñábamos decir tantas cosas.

La Cinemateca Subterránea propuso hacer un festival de cine en super-8. Una hermana que vive en Chicago me mandó una camarita: “Acuérdese de que mi papá y mis tíos filmaban en 8 mm”. ¡Pues con esa hago Buscando tréboles (1978)! José Manuel Arango me dijo que fuera a la escuela de ciegos y sordomudos. Empecé a filmar, fui con un hermano mío, con un amigo que iba a ayudarme, otro que fue a tomar las fotos y sin darme cuenta hice un rodaje. 

Ahí ya empieza el cine con toda la fuerza y sigue publicando.

En el 78 publico los poemas Con los que viajo sueño. En el 79 saco los anticipos del corto y escribo un libro muy importante para mí, una pequeña autobiografía (yo tenía veinticuatro años), La luna y la ducha fría; el título viene de Cuadrivio de Octavio Paz. A mí me gustaba esa poesía nadaísta conversacional, como la americana, donde había tanto prosaísmo. Eso en el fondo es tan parecido al cine; ¡esa poesía es el cine mismo!

Eso es muy claro en su obra el diálogo entre la poesía y el cine, y la ciudad siempre presente.

Yo salgo a conocer la ciudad y también salgo a buscar mi lugar; todo lo pongo en el libro, como corresponde. Esa del libro es una persona que se conecta feliz con el afuera y, si no lo hace, es desgraciada. Pongo también el recuerdo y la descripción de unas tristezas que tuve cuando tenía unos trece años, porque mis padres se habían separado. Está la ambivalencia de un joven que anda feliz por la ciudad, pero al mismo tiempo hay algo que le oscurece la visión. Es una lucha por no dejar que eso que me ocurrió oscurezca todo alrededor. 

Vivir la ciudad para encontrar lo poético.

Eso era lo que planteaba Darío Ruiz: la poesía tenía que hablar de esa ciudad que para muchos era desconocida, tenía que nombrarla. José Manuel Arango también nos trajo la ciudad; uno lo leía y se transportaba a una esquina, un parque, una avenida, un barrio. Te pintaba cosas que habías vivido y lo hacía a través de la poesía. Podías volver a vivir la ciudad a través del poema, que no te encapsula la experiencia, sino que te la orienta, te la sintoniza, da la precisión de algunas palabras, la exalta. 

¿Así llega a Rodrigo D. No futuro?

Yo para esa época ya llevo unos ocho cortos. Hay unos inmostrables de lo malos que son, muy rudimentarios, pero yo había ido aprendiendo el lenguaje de la narración viendo al Scorsese de los setenta, que era hermoso. Era una paradoja: nosotros viviendo la película del narcotráfico tan dura y al tiempo viviendo el experimento del cine; asesinaban a políticos y nosotros haciendo películas.

Focine hizo un concurso y el jurado seleccionó dos guiones. Uno fue el del largometraje que hicimos con Luis Fernando Calderón, Rodrigo D. No futuro, una película neorrealista como Umberto D. Mi amigo se va a trabajar en extensión cultural de la universidad y me deja la película; con otros amigos la agarramos y la cambiamos. 

Pero Rodrigo D.no sale ahí mismo; pasan unos años.

La terminamos en el 87, pero Focine entra en crisis y hay que esperar a que haya plata para la posproducción de Rodrigo D. A mediados del 89 Enrique Ortiga, un amigo que programaba cine en el MoMA de Nueva York y era medio fan de mis cortos y de mi trabajo, vio la película con otra gente y quedaron trastornados. La ve Gilles Jacob, el seleccionador de Cannes y dice: “Esto va para la competencia oficial”. La experiencia fue maravillosa, pero también quedamos un poco cercados y muy criticados porque la gente no quería que siguiéramos indagando en eso; les parecía que todos los chicos eran unos delincuentes y que no había que apoyarlos más. 

¿Qué tanto cambiaron de la película original?

Les dije que hiciéramos algo sobre los barrios de la periferia. Yo empiezo a buscar a los actores, ellos van apareciendo y estoy muy cómodo, aunque asustado, obviamente, impresionado, sacudido por lo que significan ellos con su antijuventud, su antilenguaje tan fuerte, la antisociedad tan tremenda que representan. Pero yo tenía una carta de navegación porque ya conocía a Helí Ramírez y conocía a esos muchachos, los quería, había aprendido a respetarlos, a entenderlos, a amarlos como compatriotas. Fue una experiencia que nos sacudió a todos.

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Acerca de Juan Camilo Rincón

Periodista, escritor e investigador cultural. Escogido entre las mejores crónicas de El Tiempo en 2014 y 2018-2020, y reseñista literario para ese diario colombiano. Libros publicados: Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Borges y Colombia, Viaje al corazón de Cortázar, Nuestra memoria es para siempre, y Colombia y México: entre la sangre y la palabra.
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