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Mundo Diners al día

¿La era del juego ha terminado? Hablemos de 'Toy Story 5'

por Ana Cristina Franco Varea

Toy Story 5
Jessie, Woody y Buzz Lightyear, tres de los personajes centrales de la saga de 'Toy Story'.
TIEMPO DE LECTURA 7 MINUTOS

Treinta años después de revolucionar la animación, Toy Story regresa con una pregunta inesperadamente contemporánea: ¿qué lugar tienen los juguetes en un mundo dominado por las pantallas? Entre la nostalgia y la tecnología, la película intenta descubrir si todavía queda espacio para la magia del juego.

Hace más de 30 años conocimos a Woody, Buzz Lightyear y una pandilla de juguetes con un secreto: cobraban vida cuando los humanos no los veían. Crecimos con ellos, y, a lo largo de cuatro películas los vimos enfrentarse a mudanzas, guarderías, pérdidas, nuevos dueños y despedidas.

Desde la habitación de Andy hasta las aventuras de Bonnie, los juguetes aprendieron que crecer significa cambiar, y que la amistad puede durar para siempre. Ahora, en Toy Story 5, los juguetes se enfrentan a un nuevo reto, vivir en un mundo donde las pantallas compiten por la atención de los niños. ¿Podrán los juguetes seguir siendo importantes en una época llena de tecnología? La respuesta comienza aquí.

Toy Story 5 y la expeción a la regla

Dicen que las secuelas nunca superan a la original. Que la primera película es la mejor, que la segunda apenas se sostiene, que la tercera ya es demasiado y que una cuarta o una quinta son simplemente “estirar la historia”. Pero Toy Story 5 parece ser la excepción a la regla.

La primera película se estrenó en 1995 y fue un éxito. Tres décadas después, los mismos personajes siguen captando la atención, y no solo la de los niños, sino también la de los adultos que fueron niños cuando conocieron por primera vez a estos personajes.

¿Por qué nos sigue gustando tanto? Quizá por sus personajes entrañables, por su humor y por la manera en que convierte la imaginación infantil en algo tangible. Los juguetes funcionan como metáforas de la imaginación. Son personajes construidos con la gracia y el ingenio que caracteriza a las producciones de Disney y Pixar. 

Pensemos en el increíble Forky, la cuchara de plástico creada por Bonnie, que al cobrar vida tiene una crisis de identidad (y autoestima) e insiste en meterse al tacho de basura. Todas las mamás, papás y niños se identifican con este encantador “pedazo de basura” porque nos recuerda a ese típico objeto que a ojos comunes no es nada, pero que visto por un niño, se convierte en su mejor amigo (y además supera a los juguetes caros).

Pensemos en las Barbies cortadas el pelo, en el señor y la señora cara de papa, en los Kens con falda, y en esta nueva entrega, en el genial Smarty Pants, un juguete a pilas en forma de papel higiénico cuya misión es ayudar a los niños a ir al baño. 

Esta vez la protagonista es mujer, y no hablo de Bonnie, cuya presencia en las películas pasadas, aunque ya suponía una intención de saldar una cuota de género, seguía siendo secundaria, pues en Toy Story no son los niños, sino los juguetes los personajes principales. En la quinta entrega, es Jessie (la vaquerita de la misma marca de Woody) quien ocupa el centro de la historia. A través de ella seguimos a una Bonnie de ocho años que está en crisis por la falta de amigos. 

Todas las niñas y niños con quienes intenta relacionarse están demasiado ocupados con las pantallas. Desesperados, sus padres deciden regalarle una tablet. Así,  la película reflexiona sobre la soledad de los niños de esta era, y también sobre la angustia de unos padres que no saben muy bien cómo ayudar.

Cuando llega Lillipad, una pantalla en forma de rana, se convierte en la mayor amenaza para la comunidad de juguetes. Entonces será Jessie quien saldrá al rescate de Bonnie, y en el camino se encontrará con Blaze, otra niña que también se siente sola y necesita una amiga. Así, la misión de Jennie será unir a estas niñas, claro, con la ayuda de los demás juguetes.

Aunque hay quienes la critican por no ser tan hilarante como las otras, y aunque quizá se extrañe ver a personajes como Andy (o la primera dueña de Jessie, una niña llamada Emily) Toy Story 5 logra despertar sentimientos y plantear dilemas interesantes. Y sobre todo, vuelve a preguntarse qué significa encontrar un lugar en un mundo que no deja de cambiar.  

Diez datos curiosos de Toy Story

  1. Cuando se estrenó en 1995 fue el primer largometraje de la historia realizado completamente con animación por computadora (CGI). 
  2. Pixar necesitó alrededor de 800.000 horas de computadora para crear todas las imágenes de la película original. 
  3. Tom Hanks aceptó ser Woody casi de inmediato. El actor contó que de niño imaginaba que sus juguetes cobraban vida cuando nadie los veía, así que la idea le encantó desde el principio. 
  4. El compositor original sigue acompañando a los juguetes. El músico Randy Newman regresó para poner la música de Toy Story 5, igual que en las películas anteriores. 
  5. La banda sonora de los créditos finales de Toy Story 5 incluye una canción de Taylor Swift, sumando un guiño contemporáneo a la franquicia.
  6. Toy Story creó una de las sagas animadas más exitosas del mundo. La franquicia no solo incluye películas: también tiene videojuegos, series, juguetes, parques temáticos y especiales de televisión. 
  7. Muchos personajes clásicos regresan en Toy Story 5. Además de Woody, Buzz, Jessie y Forky, vuelven Hamm, Rex, Trixie, Bo Peep y Duke Caboom, junto con varios personajes nuevos.
  8. La cinta es codirigida por McKenna Harris y Andrew Stanton, quien, tras haber dirigido algunos de sus títulos más recordados, como Finding Nemo, Wall-E y A Bug’s Life. Y, lo más importante, fue el coguionista de la Toy Story original de 1995.
  9. En la quinta entrega regresan las voces en inglés originales de los personajes principales, con la participación de Tom Hanks (Woody), Tim Allen (Buzz Lightyear) y Joan Cusack (Jessie), y con la incorporación de nuevos talentos, como en el caso de Greta Lee (“Past Lives”), quien da voz a la villana Lilypad.
  10. Toy Story 5 es un éxito masivo en taquilla. En su primer fin de semana, la película recaudó 312 millones de dólares a nivel mundial, convirtiéndose en el mejor debut cinematográfico del año.

¿La era del juguete ha terminado?

“La era del juguete ha terminado”, dicen los muñecos, desesperados al ver a los niños embobados con sus tablets y pantallas. A lo largo de la saga, Toy Story ha vuelto una y otra vez sobre la misma tensión: una nueva tecnología que desplaza a otra, una nueva generación que reemplaza a la anterior, la adolescencia que va dejando atrás la infancia. Los tiempos cambian, y con ellos también cambia la forma de jugar.

Si bien esta preocupación se conecta con una realidad evidente, la película la aborda desde múltiples dicotomías: tecnología versus naturaleza, juego físico versus mundo digital, adolescencia e infancia. Hay momentos que lo evidencian de forma clara, como la secuencia del ejército de Buzz en el bosque, que recuerda a ciertos paisajes de la película también de animación Robot Salvaje, donde un robot abandonado en una isla debe sobrevivir enfrentándose a los dilemas que implica la existencia biológica. 

En esta secuencia, un ejército de Buzz que no saben que son juguetes, marchan hacia su destino, pero en el camino descubren que son juguetes, es decir, que su destino no era luchar, ni conquistar, ni pelear, sino cuidar a un niño, acompañarlo, jugar con él. Su misión, lejos de asuntos bélicos, se encontraba más bien en el terreno de la ternura.  

En esa misma secuencia hay un momento que también invita a pensar. Los juguetes se encuentran con unos animales del bosque que recuerdan inevitablemente a los bambies y criaturas de las películas clásicas de Disney. Quizá sea hilar demasiado fino, pero el encuentro entre ambos mundos parece contener una lectura adicional: la convivencia entre distintas tradiciones de la animación. 

Por un lado están los juguetes de Pixar, nacidos de la revolución digital y de la animación por computadora, y por otro, estos animales que evocan el imaginario de Disney, heredero de la animación dibujada a mano y de una representación más romántica de la naturaleza. La escena podría leerse entonces como el encuentro entre dos épocas, dos tecnologías y dos formas de entender el cine infantil.

Más allá de satanizar la tecnología, la saga parece proponer una convivencia tensa pero posible. Porque, igual que ocurre con los juguetes, las nuevas tecnologías no borran por completo las anteriores sino que dialogan con ellas, las transforman y las obligan a encontrar un nuevo lugar en el mundo.

Pero también hay otra teoría. Hay quienes dicen-y sí, esto tiene mucha lógica-  que en un contexto donde Disney y Pixar también forman parte activa del ecosistema de aplicaciones, videojuegos y plataformas digitales, la película se mueve con cautela. 

Evita tomar una postura radical con respecto al problema de las pantallas y los niños, y más bien opta por un “equilibrio” (o más bien tibieza) , es decir, reconoce la influencia de la tecnología en la infancia contemporánea, pero evita convertirla en un enemigo absoluto. Basta pensar que todas estas reflexiones sobre los daños provocados por la tecnología, los vemos a través de una pantalla grande con sonido inmersivo mientras bebemos Coca-Cola en vasos con la cara de Buzz Lightyear.

Guardianes de la infancia

Suena forzado citar a Salinger para hablar de una película de Disney, pero los que han leído la novela, quizá hayan pensado en El guardián entre el centeno mientras veían la quinta entrega. En el libro, Holden Caulfield, ese adolescente irónico, herido y aparentemente amargo, en realidad está obsesionado con preservar la inocencia. 

Quiere evitar que los niños caigan en el “abismo” de crecer, ese momento en el que el mundo deja de ser juego y se vuelve real, doloroso y absurdo. De hecho, el título del libro se debe a un poema (Comin’ Through the Rye) que Holden interpreta, imaginando a un guardián que, en un campo de centeno, evita que los niños caigan por un precipicio oculto mientras juegan.

Si hay algo que atrapa de Toy Story es esa nostalgia persistente por la infancia, por el juego, por esa forma mágica de mirar el mundo que se va perdiendo con el tiempo.  Así, los juguetes funcionan como una metáfora de la inocencia, de ese territorio frágil donde todo es posible y no hay atisbos de maldad.

De alguna forma, los juguetes de Toy Story son esos guardianes entre el centeno, que, silenciosos que acompañan la infancia y la protegen de todo aquello que la amenaza: la tecnología, la soledad, el bullying… y, sobre todo, lo inevitable: crecer. 

La saga juega con los puntos de vista. Los adultos aparecen vistos desde la mirada de los niños, y los niños, desde la perspectiva de los juguetes. Y entre momentos de humor muy bien construidos, aparecen otros emotivos, capaces de retratar algo que todos hemos vivido: el paso de una etapa de la vida a otra.

Conmueve mucho, por ejemplo, ver aquel recuerdo de Jessie en el que su primera niña (Emily) deja de jugar con ella. Jessie, debajo de la cama, observa los pies de una Emily distante que, como adolescente, habla por teléfono y está notoriamente en otra parte, muy lejos de ella. La infancia ha terminado. La escena también hace pensar en los hermanos menores, que, de un día para el otro, son abandonados por sus compañeros de juego preferidos, quienes se distancian cuando se convierten en adolescentes.  

Otro momento similar, sucede al final de la tercera entrega, cuando Andy se despide de todos sus juguetes porque ha crecido y se va a la universidad. Ese momento es quizá el mejor de toda la saga, propone un cierre emocional fuerte que concreta la premisa de la película sobre los pequeños duelos invisibles que hacemos los seres humanos cuando dejamos de ser niños.

Andy regala sus juguetes a Bonnie, y así, se acaba una era. Empieza otra etapa, otra niña, otra historia. Aunque es una película infantil, la saga comparte algo del género del “coming of age” que se caracteriza por narrar los sentimientos contradictorios que implica crecer, aceptar que el ciclo natural de la vida no dejará de repetirse.   

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Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Guionista, realizadora audiovisual, escritora y actriz. En abril del 2023 publicó “Diario Blanco”, libro de No-Ficción. Actuó y dirigió, “Queremos Tanto a Helena”, el primer mediometraje que conforma la película “Los Canallas” por la que obtuvo el Premio Colibrí a Mejor Actriz y el Cenit de Bronce a Mejor Película. Es directora y guionista de “El invento de la Soledad”, cortometraje de ficción (2022)
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