
Sinners es una película que combina drama histórico, terror y musical. La historia utiliza la figura del vampiro y el blues para hablar de la explotación cultural en el sur de Estados Unidos, durante la década de 1930. Bajo esa premisa, lidera la carrera por el Oscar con 16 nominaciones, un récord histórico.
Sinners
La trama de Sinners, dirigida por Ryan Coogler, se sitúa en el Delta del Mississippi. En 1932, los hermanos gemelos Smoke y Stack Moore, ambos interpretados por Michael B. Jordan, regresan a su natal Clarksdale con la intención de abrir un ‘juke joint’, un espacio dedicado al blues dentro de la comunidad afroamericana.
El contexto social está marcado por las leyes de segregación racial que establecían un sistema legal de discriminación en los estados del sur. En ese entorno, la película empieza como un drama de época que cambia de tono con la presencia de vampiros que representan una amenaza física, pero también simbólica que acecha a los miembros de una comunidad, pero también lo que representan.
Otro de los personajes centrales es Sammie Moore, interpretado por Miles Caton, un joven músico con un talento único para el blues. Su música cumple una función central en la narrativa, porque no solo acompaña las escenas, sino que es alrededor de lo cual la gente comparte baile, canto, historia y una vida en común.
El eco de su talento, sin embargo, también despierta interés en el vampiro irlandés Remmick, interpretado por Jack O’Connell, estableciendo una relación directa entre música y vampirismo. El vampiro y su cohorte no solo buscan cuerpos y sangre, sino que su pretensión se extiende a la música que circula como un elemento vital entre la comunidad.
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Blues, en el lejano Mississippi
En una escena clave de la película, la música que sale de la guitarra resonadora de Sammie conecta diferentes momentos históricos mediante imágenes que asocian el blues con otras tradiciones sonoras desde la música tribal africana hasta el rock o el hip hop.
Estos pasajes visuales amplían el marco temporal y sugieren la continuidad de una memoria cultural colectiva. Con esos elementos en escena, la película deja ver que el vampirismo funciona como una metáfora de un sistema que busca “chupar” y apropiarse de ciertas expresiones culturales sin reconocer su origen ni su contexto social y cultural.
En términos narrativos, la estructura no sigue de manera estricta el esquema clásico de planteamiento, desarrollo y desenlace. El conflicto principal entre la música y el vampirismo se introduce progresivamente. La primera parte de la película se concentra en mostrar la vida cotidiana, la organización del ‘juke joint’, las dinámicas sociales de la comunidad y el blues como expresión ritual.
Por su parte, la propuesta visual a cargo de Autumn Durald Arkapaw refuerza el contraste y la lucha entre humanos y vampiros y lo que ellos representan en una combinación de planos abiertos del paisaje del Delta con encuadres cerrados centrados en los personajes y en el papel dominante de la música.
Dentro del género de vampiros, Sinners se distancia de representaciones clásicas como el conde de Drácula o el vampiro de Nosferatu. Tampoco retoma el enfoque introspectivo de Entrevista con el vampiro. En este caso, el vampiro es presentado como una figura vinculada al conflicto entre dos formas de ver el mundo, el de la segregación de los afroamericanos y el del dominio de los colonos blancos.
Como guionista y director, Coogler no divide el espectáculo de la crítica social. En lugar de ofrecer solo acción o solo reflexión, construye una experiencia donde ambas cosas se sienten al mismo tiempo. En el corazón del relato el blues suena como un marcapasos de las tensiones entre identidad, creencias y prácticas. La lucha entre humanos y vampiros deja de ser solo un elemento de terror y se convierte en una metáfora sobre la historia y la cultura que siguen influyendo actualmente en la sociedad.

