Desde películas como Hamnet a Cumbres borrascosas pasando por Frankenstein, la gran pantalla vive una invasión de mitos literarios adaptados a una nueva generación, pero arrastrando un viejo problema: cine y literatura son lenguajes casi siempre irreconciliables.
Decía Luis Buñuel que, puestos a adaptar un libro al cine, es mejor elegir una mala novela, dado el lastre creativo que implica el respeto a la gran literatura. Él mismo puso en práctica este principio con Belle de jour, superventas de Joseph Kessel sobre una mujer burguesa que se prostituía para cumplir sus fantasías sexuales. El director español consideraba aquello poco más que un folletín picantón, que convirtió en una obra maestra del cine.
Que hasta Buñuel recurriera a precedentes literarios para desarrollar sus guiones es indicativo de la interrelación entre ambos medios. Un vínculo que también conviene cuestionarse: en una reciente entrevista otro director español, Oliver Laxe, proclamaba la necesidad de trascender los esquemas narrativos deudores de la literatura, que detecta especialmente en los productos audiovisuales de las plataformas tipo Netflix, y que, según anuncia, él mismo tiene la voluntad de desafiar en su próximo proyecto.
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