
El niño probeta es una película ecuatoriana que cuenta la historia de una pareja que elige cuáles serán los rasgos físicos de su futuro hijo. La cinta de Carolina Hernández explora la identidad y los prejuicios raciales en Ecuador.
Carolina Hernández era una niña cuando interpretó a la Virgen María en el pase del Niño de su barrio. Recuerda que, para el rol del Niño Jesús, llegaron dos bebés. Como era normal en esa época, los adultos eligieron al niño más blanquito.
Aunque la escena duró apenas unos minutos, ese recuerdo quedó grabado en la memoria de Carolina, hasta que comenzó a hacerse preguntas como esta: ¿si las personas pudieran elegir las características físicas de sus hijos antes de que nazcan, qué elecciones harían? Años más tarde decidió escribir y dirigir El niño probeta.
El niño probeta
El niño probeta cuenta la historia de Susana y Miguel, una joven pareja mestiza de un pueblo de la sierra ecuatoriana que accede a un tratamiento genético experimental que permite elegir cada característica de su futuro hijo. Por ejemplo, el color del cabello, de la piel, de los ojos e incluso su intelecto.
Para acceder a este tratamiento, la pareja utiliza todos sus ahorros y hasta vende la casa que heredó de la madre de Susana. Después de unos meses nace Panchito, un niño de tez blanca, rubio y de ojos claros, el primer “niño neoprobeta” del pueblo.
En principio, la decisión de Susana y Miguel parece la mejor, pero con el paso de los años comienzan a cuestioanrse si fue una forma de renunciar a su identidad. “¿Qué elegirías cambiar de tu familia y de ti mismo?”, se preguntaba Carolina cuando comenzó a escribir la historia hace diez años.

La idea de Carolina nació lejos de Ecuador. En Argentina, específicamente en Buenos Aires, a donde Carolina viajó para estudiar cine después de ejercer como abogada. En esa aventura conoció a su actual pareja, un español. Su relación generó más preguntas. “Vas a mejorar la raza”, le decían sus conocidos. Incluso con cariño, como si fuera una buena noticia. Pero la frase empezó a “hacerle ruido”.
A la distancia, Carolina se preguntaba por qué había algo que mejorar. Y qué pasaría si ese deseo de “mejorar” pudiera convertirse en una decisión concreta. Si un ecuatoriano tuviera la posibilidad de escoger cómo sería físicamente su hijo, ¿escogería el cabello rubio, los ojos claros, la piel blanca?
La ciencia ficción fue la puerta para hablar de esto. Cuando Carolina volvió a Ecuador consiguió apoyo para desarrollar su proyecto. En ese proceso conoció a Tito Jara, quien terminó convirtiéndose en el productor de la película.
Más sobre El niño probeta
- Entre la primera idea de Carolina Hernández y el estreno de la película pasaron diez años. Durante ese tiempo hubo fondos, laboratorios, búsquedas de actores, cambios, dificultades y una pandemia que retrasó el proceso durante casi dos años.
- El niño probeta tuvo un presupuesto aproximado de 380.000 dólares y recibió apoyo del Instituto de Cine y Creación Audiovisual del Ecuador durante las etapas de desarrollo, producción, postproducción y distribución.
- También contó con fondos de Perú y España y con el programa Ibermedia, que permitió sostener la coproducción entre los tres países.
- Antes de llegar a las salas ecuatorianas, la película tuvo un recorrido internacional. Se estrenó en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y obtuvo el Premio del Público y una Mención Especial del Jurado en el Festival de las Alturas, en Argentina.
- También recibió recientemente el premio a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Quito. En octubre tendrá su estreno europeo en el Festival de Cine Latinoamericano de Trieste, en Italia.

El deseo de cambiar aquello que somos
El tratamiento genético que aparece en la película no existe aún, pero parte de avances científicos son reales. Tito Jara, productor de la película, cree que estamos cerca de esa realidad, pues en la actualidad ya existen lugares donde se puede cambiar, por ejemplo, el color del iris de los ojos.
Pero la película no se queda en el mundo de los laboratorios. Carolina lleva la historia a un pueblo de la Sierra para mostrar una comunidad donde conviven de cerca mestizos e indígenas. Aunque nació en Guayaquil y creció en Huaquillas, sus padres son serranos y durante su infancia pasó vacaciones en la Sierra. Para ella, este territorio es importante porque le ermitía hablar de las diferencias, pero también de los prejuicios que existen entre unos y otros.
El pueblo elegido para grabar la película fue Nono, una localidad al este de Quito. Allí se rodaron cuatro de las cinco semanas de filmación; la quinta fue en la capital. En ese escenario aparece una familia numerosa, creyente y muy cercana, que intenta entender qué significa tener al primer niño neoprobeta del lugar.

La religión también ocupa un espacio importante. Para la directora, no podía faltar este aspecto porque forma parte de la vida cotidiana de muchas comunidades ecuatorianas. El cura del pueblo es un hombre que aprovecha sus sermones dominicales para hablar de lo que es y no es normal ante los ojos de Dios. Pero quizás el conflicto más incómodo sea otro: el deseo de parecerse a aquello que socialmente se ha presentado como superior.
En Ecuador, explica Carolina, el racismo se cruza con el clasismo. Una frase aparentemente inocente como “mejorar la raza” puede convivir con otras formas de discriminación: las dificultades para conseguir un trabajo por un apellido, el trato que se le da a una persona en oficinas públicas por la forma de vestir o una publicidad que suele asociar la belleza con modelos blancos.
Una familia como cualquier otra
La película intenta mostrar esa contradicción sin señalar culpables. Susana y Miguel no modifican a su hijo únicamente porque rechazan sus propios rasgos. Lo hacen porque creen que así tendrá más oportunidades. Quieren darle lo mejor. La decisión nace también del amor.
Ahí está otra de las preguntas centrales de la película: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para darle a nuestros hijos una vida mejor? La película no pretende responderla. “No quiero decirle a la gente lo que es correcto hacer”, explica la directora. “Quiero dejar el tema sobre la mesa”.
La diversidad también estuvo presente en la construcción del elenco. Encontrar actores que representaran a una familia como la que había imaginado no fue sencillo. La búsqueda comenzó varios años antes del rodaje y terminó combinando actores profesionales con intérpretes naturales.
Alejandro Taday, quien interpreta a Miguel, nunca había estudiado actuación ni había estado frente a una cámara antes de esta película. La actriz protagonista, Citlalli Andrango, pertenece a una comunidad indígena de Otavalo, pero interpreta a una mujer mestiza.
El resultado es una familia que podría ser reconocible para cualquiera que haya crecido en Ecuador: las reuniones numerosas, los primos, las comidas de domingo, la humita de la tarde y el café que acompaña la conversación. En la película también aparece la escena del Niño Jesús en el pesebre.

