Llegué a Rímini por una razón ajena a Fellini, sin saber que la ciudad entera parecía dispuesta a recordármelo.
Tenía algo de tiempo libre antes de una reunión de trabajo y mi plan era recorrer el centro histórico. Rímini es pequeña y acogedora, y mientras paseaba descubrí que muchas tiendas, cafeterías e incluso farmacias tenían en sus puertas el logotipo del Museo Fellini. No parecían anuncios, sino entradas simbólicas, como si uno estuviera a punto de ingresar al museo incluso al entrar a una panadería. Esa presencia constante, casi doméstica, terminó por desviar mi recorrido.

Entré al Museo de Federico Fellini sin haber visto nunca una película suya. Amo el cine, dirijo cortometrajes, pero huyo de los clásicos. No es una confesión cómoda, pero siempre he tenido una resistencia casi física a las películas antiguas, incluso a las firmadas por cineastas que redefinieron el lenguaje cinematográfico.
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