
Marty Supreme es la nueva apuesta de Timothée Chalamet por conquistar el respeto de Hollywood como el mejor actor de su generación. Y es que el éxito de esta película no se puede entender sin su presencia, porque asume el reto de ser un tipo sin escrúpulos con una ambición desmedida.
Es juntamente la obsesión por el éxito lo que hace de Marty y Timothée (personaje y actor) las dos caras de una misma moneda. Y esa obsesión ha dado sus frutos, porque la cinta ha conseguido 9 nominaciones a los Premios Oscar 2026.
Marty: un jugador ególatra y autodestructivo
El personaje interpretado por Chalamet es un joven judío de clase baja en los Estados Unidos de la posguerra, cuyo gran deseo es convertirse en el mejor jugador de ping-pong o tenis de mesa. La película empieza, por lo tanto, como una historia de sueños y superación, donde un personaje con habilidades busca cumplir con su destino.
Tanto en forma como en contenido, los primeros minutos de Marty Supreme recuerdan mucho a películas como Carros de Fuego (1981) o Rocky (1976). Una gran banda sonora y un cuidado estilismo narrativo nos llevan a empatizar con Marty, el jugador merecedor del éxito, antes de que todo esto se tambalee al conocerlo como un tipo deshonesto dispuesto a todo.
Y es que la película no escatima en construir un personaje complejo, con distintas capas, desde lo encantador a lo prepotente. Marty es al mismo tiempo un fanfarrón dispuesto a humillar a los demás, como un hombre sumiso que no teme perder su dignidad para lograr sus metas. Si bien la película no es un biopic como tal, está inspirada libremente en la vida del jugador Marty Reisman, hombre carismático y extravagante con algunos rasgos de personalidad parecidos al personaje de la película.
Sin embargo, Marty Supreme es menos una película sobre un deportista y más una película antimoralista sobre la ambición. Gran parte del metraje avanza como un frenético caos narrativo, producto de las situaciones en las que el personaje se ve envuelto para ganar un torneo internacional que le dará la fama y el éxito deseado. En este sentido, la película se construye como el descenso de un antihéroe dispuesto a venderle su alma al diablo (en este caso un empresario) bajo la consigna de Maquiavelo: “el fin justifica los medios”.
El final de la película nos muestra un atisbo de redención a través un intempestivo giro narrativo en el qué el personaje parece encontrar un nuevo camino y una nueva razón de vida. Sin embargo, queda para la reflexión del espectador el pensar si un hombre como Marty Mauser puede o no dejar de querer ser el mejor de todos. “Ser o no ser”, esa es la cuestión.
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Timothée: un actor con talento, dispuesto a triunfar
Marty Supreme trata sobre un jugador pero tranquilamente podría ser la historia de un actor en el Hollywood de hoy. La mentalidad estadounidense sobre el éxito o el “success” está muy ligada con una actitud ganadora y una destreza para abrirse paso, sobresaliendo por sobre los demás. De esto sabe mucho Timothée Chalamet, actor que en poco más de 10 años ha logrado una carrera que muchos quisieran. Ha trabajado una vez para Christopher Nolan, Woody Allen y Wes Anderson, dos veces para Greta Gerwing y Luca Guadagnino, y en tres ocasiones (hasta el momento) con Denis Villeneuve.
En su catálogo de películas lo hemos visto como un adolescente encandilado por el primer amor (Call me by your name), un intelectual despistado (Un día lluvioso en New York), un amigo encantador (Mujercitas), un aturdido y conflictuado rey (El Rey) e incluso un caníbal enamorado (Hasta los huesos). Sin embargo es probablemente su papel como Paul Atraides en Dune el más icónico de todos, encarnando a un héroe mesianico en una de las sagas de ciencia ficción más importantes de las últimas décadas.

Más que un actor de moda, Chalamet ha demostrado su intención por convertirse en una gran estrella. “Estoy verdaderamente en la búsqueda de la grandeza. Quiero ser uno de los grandes”, decía con determinación hace un año, tras ganar el SAG Award por su papel en Un completo desconocido. El gesto, que fue considerado por muchos como arrogante y de un exceso de confianza, es en realidad el manifiesto aspiracional de un actor cuya ambición parece llevarlo por el camino correcto.
A diferencia de actores como Shia LaBeouf, quien detesta la fama, Chalamet parece reconocer que la etiqueta de celebridad forma parte del trato con el diablo (en este caso Hollywood), y que parte del camino hacia el éxito es estar en el lugar correcto, en el momento adecuado. Esto lo ha llevado a igualar a Marlon Brando al conseguir tres nominaciones al premio Oscar antes de los 30 años.
Sin necesariamente ser el actor más histriónico, ni el más atractivo, Timothée está muy cerca de ser consagrado como uno de los mejores, en esta ocasión gracias a una interpretación arriesgada, en una película que gira entorno a él y su capacidad para ser Marty, y al mismo tiempo ser Chalamet. Dos tipos con determinación y una fe ciega en sí mismos. Ya lo dice su personaje cuando le preguntan “¿Qué harás si tu gran sueño no sale bien?”: “Eso ni se me pasa por la cabeza”.

