
El estreno de Gladiador II en salas de cine coincidió con el primer evento deportivo transmitido por Netflix, la Pelea Paul vs Tyson. Ambos espectáculos tienen más de algo en común.
El gladiador es Ridley Scott
Gladiador II llegó cuando ya no la esperábamos. Pasaron veinticuatro años desde la primera, suficientes para pensar que no habría otra. Tampoco era cuestión de asuntos pendientes, atar cabos sueltos o darle mantenimiento a la obra. Esta segunda parte tiene más que ver con una pelea sostenida durante medio siglo por Ridley Scott, que con cada estreno vuelve a jugarse la categoría. De un día para otro, entre película y película, el director pasa de ser ‘todavía un genio’ al ‘cineasta oxidado y senil’ que ya no entiende al mundo ni al oficio. Y viceversa.
La victoria de Scott es fácil de medir: sigue filmando, y Gladiador II está siendo un buen momento. Se aplaude a todo el elenco, se habla de un tercer Óscar para Denzel Washington y de la obligación de verla en pantalla grande o gigante para llegar nosotros a la altura del espectáculo. Ridley Scott, 87 años y varios proyectos en marcha, es recibido, analizado y reseñado como un director joven, capaz de producir las secuencias de acción más divertidas y sangrientas del año. Hay algo de videojuego en esto: todos los ángulos posibles en la menor cantidad de tiempo.
Nuestros días pasan y ocurren en los graderíos del Coliseo romano. Nos reunimos para ver a otros, les pedimos que lo den todo, carne y sangre; les pedimos que sean además bellos, inteligentes, graciosos; los amamos porque son poderosos y luego lloramos porque abusan del poder que les dimos. Nos levantamos de la emoción como nunca nos hemos levantado en armas. Aplaudimos, gritamos. A los que nos entretienen y nos influencian les pagamos por hacernos sentir lo que no podemos por cuenta propia. Y, obvio, queremos más.
El cine vs Netflix
Gladiador II se estrenó en Latinoamérica el jueves 14 de noviembre. Al día siguiente, Netflix transmitió una pelea de box. Era la primera vez que la plataforma ofrecía un evento en vivo y, sí, tuvo el encanto de las primeras veces. La transmisión fue accidentada, llegó con retraso, se interrumpió, nunca llegó, dejó de llegar. La prensa deportiva dice que fue un fiasco, pero de cualquier manera fue también algo nunca antes visto. De hecho, los cortes en la señal impulsaron el comentario antropológico y sociológico: todo el mundo está viendo lo mismo.
Aunque haya tropezado, la televisión como la conocemos dio un pasó más. ¿Qué vimos?, pues nada, una pieza de entretenimiento. Jake Paul, de 27 años, hoy por hoy descrito como boxeador e influencer, peleó contra Mike Tyson, hoy por hoy descrito como una leyenda a la que se le nota cada segundo de sus 58 años de edad. ‘Pelear’ es decir mucho. Luego del acto de apertura, verdadero combate entre Katie Taylor y Amanda Serrano, cualquier actividad parecida o relacionada al deporte quedó por fuera de la noche.
Ya lo había dicho Jake Paul, ‘estoy aquí para ganar 40 millones de dólares y noquear a una leyenda’. Cualquier reclamo, entonces, es inútil. Tyson, al menos cercano al gladiador que pelea por su vida, ganó 20 millones y avisó que esta no sería su última vez. Nadie noqueó a nadie. El supuesto enfrentamiento fue menos que una exhibición, pues nada de lo visto merecía ser exhibido, y tuvo un final hípster/yogi: pasados los abrazos en el tiempo reglamentario, vinieron los abrazos en la sobremesa. Faltó sangre. Nos asustan los niveles de violencia y sin embargo nos sentimos defraudados porque faltó sangre.
Las cifras finales
Gladiador II sigue en cartelera y bordea los 100 millones de dólares en recaudación. Esto, en épocas en las que se supone ‘ya nadie va al cine’, es un indicador importante: no basta con convocarlos, hay que deslumbrarlos; y por razones evidentes el público acepta una cinta cargada de violencia, corrupción y poder, como un retrato más bien realista y acertado de la actualidad. Lo popular mide el pulso de la sociedad y, ya muy integrados en los dominios de la sobreinformación, hay guerra en todas partes.
Al momento de la transmisión en vivo, Netflix decía que fueron 60 millones de personas las que vieron su último show: Paul vs Tyson. Esta semana, la plataforma hizo mejor las cuentas y sumó a su favor: fueron, en verdad, 108 millones de espectadores, con lo cual se rompe un nuevo récord. Nada más atractivo y rentable que un joven influencer y millonario que, a su vez y claramente, no persigue hazañas deportivas sino eventos masivos. Para eso somos libres, supongo, para verlo. Y algo fuera de toda ironía: el artista que triunfa es el que se sale con la suya.
Antes de Gladiador II y Paul vs Tyson, exactamente diez días antes, Donald Trump fue electo para un segundo periodo a cargo de los Estados Unidos de Norteamérica. Las reacciones mundiales fueron y siguen siendo propias de un apocalipsis, anunciando una nueva era de oscurantismo planetario. ¿En serio les sorprende tanto?, ¿no ven el contenido que se hace viral?, ¿no captan quiénes son las figuras en las que nos proyectamos? Hay que mirar la cultura pop y desprender de ella el comportamiento social. Es como si ya no hubiera más que pantallas ni la posibilidad de apagarlas o vivir fuera de ellas.

