
La película Hiedra se estrena en Ecuador. El filme convirtió a su directora, Ana Cristina Barragán, en la primera ecuatoriana en obtener el premio a mejor guión en la categoría Horizontes del Festival de Venecia.
La curiosidad de Azucena la acerca al joven Julio, ella insiste y se acerca aún más. La mujer de 30 años, tímida y frágil, va tejiendo una relación con el adolescente a partir del juego, del acompañamiento, de la mirada y el gesto. Su encuentro se da en un hogar de acogida, donde los menores esperan ser adoptados hasta que cumplen 18 años. Azucena vive marcada por una herida que atraviesa su historia personal, una experiencia de abuso que ha congelado una parte de su vida. Es una criatura sin territorio, alguien que se mueve por el mundo guiada por impulsos muchas veces contradictorios. Julio, en cambio, está marcado por el abandono familiar. Creció en un entorno donde la ausencia de figuras parentales dejó cicatrices evidentes.
Esa condición compartida establece una relación inesperada entre los dos personajes. Julio vive dentro de una comunidad donde los adolescentes terminan cuidando a los niños más pequeños. Azucena, por su parte, trabaja acompañando a su abuelo. Ambos viven rodeados de figuras vulnerables. Bebés, adultos mayores, niños. El gesto de cuidar y de crecer aun en medio del abandono o de la falta de atención (social o estatal) atraviesa toda la película, de ahí su título: Hiedra.
Contra el efectismo o la acción sobreproducida, Hiedra, el tercer largometraje de la cineasta ecuatoriana Ana Cristina Barragán, se sostiene en la observación, en el silencio, en dejar que los personajes respiren dentro del encuadre. Su filme apuesta por la intimidad, por los gestos mínimos, por esos momentos en los que los personajes todavía no saben cómo nombrar lo que sienten.
Barragán propone una forma de relato donde la tensión se acumula lentamente en el cuerpo de los personajes y en la atmósfera de las escenas. Esa decisión convierte a Hiedra en una experiencia cinematográfica volcada a lo sensorial. La película no está interesada en explicar los nudos de una historia sino en explorar el territorio donde el cuidado y la vulnerabilidad ocurren de formas inesperadas.
Hiedra, más allá del premio en Venecia
La película fue presentada en la sección Orizzonti del Venice International Film Festival de 2025, uno de los espacios que acoge propuestas arriesgadas dentro del cine contemporáneo, además de estar catalogado como uno de los festivales más importantes de Europa junto a Cannes y Berlín. Hiedra obtuvo allí el premio al mejor guión, un reconocimiento que inmediatamente convirtió al filme en un punto destacado dentro de la cinematografía del Ecuador. En el pasado, la única película seleccionada para dicho festival había sido Ratas, ratones y rateros (1999).
En una época donde muchas películas parecen diseñadas para producir reacciones inmediatas, Hiedra funciona como un gesto de resistencia estética. La película no busca impresionar con escenas espectaculares. Prefiere quedarse en los bordes de la historia y en las pequeñas revelaciones, en esos momentos donde los personajes parecen no saber exactamente qué hacer con sus propias emociones.

¿Dónde ver la película Hiedra?
Multicines.
OchoyMedio.
Supercines.
Sala Sur Flacso.
Ana Cristina Barragán, también directora de Alba (2016) y La piel pulpo (2022), ejerce una cinematografía interesada en el poder de la ambigüedad. Un gesto mínimo puede revelar una herida muy profunda. Una forma desordenada e irresuelta del deseo atraviesa este nuevo trabajo. Su poder evocador también yace en la ternura hacia el otro.
Barragán se interesa por contar historias desde el cuerpo. Desde su torpeza, desde sus movimientos imprecisos. Para lograrlo trabaja con actores no profesionales o intérpretes que conservan una forma muy particular de estar frente a la cámara. No se trata de actuaciones diseñadas para el lucimiento dramático, sino de presencias.
En ese sentido, el trabajo de Simone Bucio resulta notable. La actriz mexicana debutó en el cine con La región salvaje, dirigida por Amat Escalante. Por ese trabajo, fue nominada al premio Ariel como mejor actriz de reparto. En Hiedra, su interpretación alcanza una madurez notable. Azucena aparece como un personaje complejo, atravesado por contradicciones emocionales que la actriz logra expresar con economía de gestos.
El trabajo de Francis Eddú Llumiquinga, por su parte, complementa esa intensidad con una presencia frente a la cámara que se traduce en una naturalidad casi documental.

Lo que sucede bajo el volcán
Poco a poco la historia sugiere que el núcleo emocional de la película consiste en la vivencia de varias formas de desplazamiento. El adolescente que nunca fue cuidado aprende a cuidar. La mujer que arrastra una herida encuentra en ese vínculo una forma incierta de relación. Lo que comienza como una observación distante se transforma en una forma de cercanía que la película explora con extrema delicadeza.
La relación entre Azucena y Julio no se construye a través de grandes confesiones. Se construye a través del juego físico. Miradas, pequeños desafíos, momentos de curiosidad mutua. La película observa cómo dos personas que provienen de mundos sociales muy distintos empiezan a reconocer algo en el otro
La puesta en escena refuerza esa lógica sensorial. La película utiliza constantemente planos cercanos que nos permiten observar los rostros y los gestos de los personajes. Durante buena parte del relato la cámara se mueve con ellos y respira con ellos pero a medida que la historia avanza, el encuadre se vuelve un poco más fijo. Es como si la película estuviera buscando lentamente algún punto de quietud, aunque la naturaleza del mundo sea el movimiento sin fin.
Hiedra es una película atmosférica que más que anclarse a los giros de un argumento convencional, construye un clima emocional. Un territorio donde los cuerpos, los gestos y los paisajes funcionan como extensiones de la vida interior de los personajes. Al final, lo que queda es la sensación de haber atravesado una película que observa con paciencia cómo dos vidas heridas intentan, de manera imperfecta, aprender a acompañarse.

