Hace pocas semanas el mundo del cine y el audiovisual despertó con una noticia sísmica: Netflix, la famosa plataforma por demanda, está a punto de adquirir los activos de cine, televisión y streaming de Warner Bros, el estudio de Hollywood fundado en 1923, uno de los más importantes del mundo.
Con la compra, Netflix se hará dueña no solo de todas las películas y demás contenidos producidos por Warner a lo largo de un siglo, sino también de los contenidos de sus subsidiarias: HBO, HBO Max y Discovery. A esto se suman todas las franquicias: Harry Potter, Looney Tunes, Game of Thrones y un larguísimo etcétera. La operación financiera será por 83 000 millones de dólares, o sea, más o menos, el equivalente a la totalidad de la deuda externa del Ecuador.
Inmediatamente las alarmas de aquellos que gustan de ir a las salas de cine se encendieron ruidosas: ¿significaba esta gran adquisición, por parte de una plataforma digital a un gran estudio de cine, el principio del fin de lo que conocemos como exhibición cinematográfica? ¿Se consolidará el dominio del streaming en desmedro de todas las demás formas de exhibición? ¿Es hora de despedirnos de las salas de cine y comprar una mejor televisión para ver ahí las películas?
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