
'El Brutalista' fue concebida como una clásico de nacimiento. Se filmó en vista visión, el formato panorámico de los años 50. Cuenta un drama profundo, dura tres horas y media y acumula 10 nominaciones al Oscar. ¿Quién dijo que el cine ha muerto?
El IMAX estaba casi vacío. Esto no habla mal de la película, tampoco (tan) mal de la gente. Que una cinta larga, dura y de ‘cine arte’ no provoque filas alrededor de los cines es acaso lo normal. La línea entre el arte y el entretenimiento se deja ver muy poco y casi nunca se cruza; el gran público prefiere estar a salvo. Nada que exija demasiado, nada que desafíe, nada que no estén viendo mis amigos, nada que parezca raro o, mucho peor, que me haga parecer raro. Nada que me traume. Nada especial. Cuando la maravilla es salir del cine transformado.
Corrían los primeros minutos de ‘El Brutalista’ y pensaba: qué pequeñas son las pantallas ahora, qué personales y miopes, qué reducidas y al mismo tiempo qué sobrepobladas; cuánto miedo a perderse de algo y con qué tranquilidad nos perdemos de todo. Los planos de esta película, amplios como pinturas, con aire suficiente para ver a personas de cuerpo entero y ver también las capas de mundo a su alrededor, me hicieron sentir que fuimos nosotros los que decidimos mochar la mirada, las ideas, estrechar y oscurecer el camino para no recorrerlo.
La impresión, que no se me va, es la de haber ido al cine a ver una película. A los tiempos, a los años. Una obra dispuesta para detenerse, callarse y admirar; para vivir en su interior siendo tripa e intestino. Una película que se sabe película y aprovecha por completo su identidad: el valor, hablando de valentía y cualidad, ocurre cuando un artista se aparta de su época, pues se atreve a no depender de ella. Si la actualidad limita, predispone y obliga a cumplir, ‘El Brutalista’ responde con total independencia al pensamiento genérico y distribuido: aquello fuera de lo común ofrece la oportunidad, seria, de salir allá afuera y dejar de ser comunes.
'El Brutalista'
László Tóth (Adrien Brody) llega a Estados Unidos en 1947. Viene de Hungría, de un campo de concentración, de la posguerra. Trabaja en una tienda de muebles y como obrero de la construcción hasta que Harrison Lee Van Buren (Guy Pierce), un magnate, descubre que Tóth es en realidad un arquitecto de larga trayectoria, visión y prestigio.
El magnate encarga entonces una gran obra y hace posible que el arquitecto se reúna con su esposa. De la trama no se debe decir más. Anda al cine, acepta el reto de las tres horas y media. Y no arriesgues solo para ganar. Si te arriesgas, ya ganaste. El triunfo es lo que viene después.
El director Brady Corbert, de 37 años, se hizo viral con su discurso de aceptación en los Globos de Oro, ya había ganado en su categoría y luego recibió junto a su equipo el premio a Mejor película.

"Tengo que agradecer a quienes, una y otra vez, apostaron por una película que se caía a cada rato. El corte final debe ser del director, es una afirmación controversial, pero no debería serlo. Me dijeron que esta película sería imposible de distribuir, me dijeron que nadie saldría de su casa para verla. Nadie estaba buscando una cinta de tres horas y media, filmada en 70 milímetros, sobre un diseñador de mediados del siglo pasado. Y funcionó. Piensen en eso".
Pensemos en eso. La creación, atada el miedo, contradice su razón de ser. Salí del IMAX con los ideales recargados: el cine todavía existe, todavía se hace, se pueden filmar una piedra o una inyección como si nada hubiese más importante. Recuerdo esa noche como un evento formal, como haber estado presente en un acontecimiento histórico.
Aunque vi un clásico, al final fui más joven; mientras el presente se desarrolla obsesionado y enloquecido por lo funcional, por lo exacto, como si todos fuéramos viejos urgidos de certezas, viejos asustados y alejados del misterio, hay una película que late y palpita. Es lo imposible, lo que aún no hemos visto ni mucho menos entendido, lo que nos espera. Vamos para allá, sin miedo. Lo escuchamos esa noche y lo repetimos ahora. ‘No se trata del viaje, se trata del destino.’ Querer hacer algo y, de hecho, conseguirlo.

