
Después de años de espera (y memes), el universo de Runway regresa y nos da la oportunidad de revisitar y actualizar todo lo que esa historia significó. Aquí van cinco razones para no perderse El Diablo viste a la moda 2
Para entender la segunda parte, primero hablemos de la primera. La historia de El diablo viste a la moda 1 sigue a Andy, una joven aspirante a periodista que consigue trabajo como asistente de Miranda Priestly, la directora de Runway, la revista de moda más influyente de Nueva York.
Miranda, elegante y temible, pone en jaque a Andy al introducirla en un mundo deliciosamente frívolo que al inicio desprecia, pero que poco a poco la seduce: los viajes, la ropa de marca, los asientos en primera clase, los privilegios. La chica tímida a la que la moda le parecía un capricho ridículo, termina convirtiéndose en una versión pulida y peligrosa de sí misma. Pero el diablo cobra sus favores y su mundo se viene abajo: pierde su novio, sus costumbres sencillas, y sobre todo, empieza a olvidar sus sueños.
Cuando se estrenó, en 2006, la película se distinguió del montón de comedias de Hollywood porque, detrás de su aparente ligereza, escondía una premisa potente: cómo el poder transforma a las personas. Con momentos de risa, otros de llanto y un subtexto que invitaba a reflexionar sobre la autenticidad, logró conectar tanto con la crítica como con el público. Con este preámbulo tan efectivo, el desafío era evidente: ¿cómo hacer una segunda parte que no se quede corta?
Uno, la historia no se repite
En la segunda parte, Andy Sachs, (Anne Hathaway) vuelve a Runway porque ha perdido su trabajo y no le queda otra. Su intento de sostenerse en el periodismo “serio” se derrumba al mismo tiempo que la industria de la revista: despidos impersonales, redacciones vacías y proyectos que no llegan a concretarse. En medio de ese caos reaparece Miranda Priestly (Meryl Streep), ofreciéndole una salida que es, al mismo tiempo, una forma de captura.
Esta vez no se trata de descubrir el mundo de la moda, sino de resistir dentro de un sistema donde escribir no sirve de nada. Incluso Runway ha cambiado: ya no es la estructura firme de antes, sino el reflejo del fin de una industria que en tiempos virtuales ya no se sostiene.
Casi todas las secuelas viven a la sombra de la original. Pero El diablo viste a la moda 2 evita esa trampa. En lugar de repetir la fórmula, reconoce el paso del tiempo y lo convierte en materia narrativa: el mundo editorial está en crisis, hecho que retrata el fin de una industria, atravesado por la virtualidad y las redes sociales; la moda ya no puede sostener su inocencia; y el trabajo ha dejado de ser una fantasía aspiracional para convertirse en una experiencia más ambigua y desgastante.
Además, desplaza el conflicto central. Si antes todo giraba en torno a la seducción del poder, ahora lo que está en juego es su desgaste. Ya no se trata de entrar a ese mundo, sino de preguntarse qué queda después de haber formado parte de él.
Por eso la película no se siente forzada ni como una simple extensión de la primera, sino como una obra con identidad propia, capaz de sostenerse por sí sola. Y el regreso de Meryl Streep y Anne Hathaway vuelve a recordarnos que el verdadero corazón de esta historia siempre ha estado en sus interpretaciones.
Dos, Meryl y Anne
No hay duda: lo mejor que tiene esta saga son sus actrices. Dos gigantes de Hollywood —Meryl Streep y Anne Hathaway— que han sabido moverse con soltura entre el cine comercial y el independiente. Aquí, además, importa el contraste y la manera en que se complementan.
Streep vuelve a construir un diablo encantador: una Miranda Priestly que, a pesar de su dureza casi inhumana, deja entrever grietas y momentos de quiebre. Hathaway, por su parte, propone a una Andy ya nada ingenua, pero sí una mujer atravesada por decisiones pasadas.
Para Streep, El diablo viste a la moda significó una reinvención. Aquí demostró que podía dominar la comedia con la misma precisión que el drama, y le dio uno de sus personajes más icónicos para nuevas generaciones.
Para Hathaway, en cambio, fue un punto de inflexión: la sacó del molde de “chica correcta” y la instaló como una actriz capaz de habitar contradicciones. El filme reúne a dos estrellas, sí, pero sobre todo reactiva una dinámica actoral marcada por una fuerza magnética especial.
Tres, crítica al mundo editorial
Todos reconocen que Andy Sachs es inteligente y escribe bien, y aún así, le reclaman que sus textos no logran traducirse en likes. Así, la película también funciona como una especie de crítica bastante lúcida al ecosistema editorial contemporáneo, atravesado por algoritmos, inmediatez y la tiranía de los números.
El film se pregunta ¿Cómo sostener un periodismo crítico en un entorno que premia lo rápido y lo digerible? ¿Es posible pensar y, al mismo tiempo, ser masivamente leído? ¿O esa tensión es, en el fondo, irreconciliable? La película no resuelve el dilema, pero lo pone en escena con suficiente claridad como para que deje de ser invisible.
Cuatro, la mujer y el éxito profesional
El diablo viste a la moda 2 vuelve sobre una inquietud que ya estaba en la primera entrega, pero la lleva más allá: el éxito no aparece como una conquista limpia, sino como una negociación constante, e incluso, cruel.
La película trata de mujeres que intentan salir adelante en sus carreras y sostenerse en espacios de poder. También muestra como esto no se puede lograr sin costos. Miranda Priestly ya no es solo la figura temible. En esta segunda parte se la ve cediendo ante inversionistas, tomando decisiones editoriales que no necesariamente respeta y, en un momento clave, desplazando a una colaboradora cercana para proteger su posición.
Por su lado, Andy, intenta no repetir viejos errores, pero se enfrenta a dinámicas similares a las del pasado, como aceptar textos más ligeros para asegurar lectores, e incluso relegar vínculos personales por responder a la urgencia del trabajo.
El éxito parece posible, sí, pero pasa factura. Lo que está en juego no es solo el tiempo o los vínculos, sino también la posibilidad de no convertirse —del todo— en aquello que alguna vez se cuestionó.
Cinco, la autenticidad de los seres humanos
Al final, la historia trata sobre venderse o no venderse. Sobre sacrificar los sueños y los principios por un puñado de dólares.
Hay un momento clave en el que Andy acepta firmar una pieza que no refleja del todo su voz, porque garantiza visibilidad: no es una gran traición, pero es precisamente en esas pequeñas concesiones donde la película pone el foco.
Miranda Priestly también está atrapada en un sistema que exige transacciones constantes, e incluso el propio Runway, una revista que antes se definía por el buen gusto, ahora es esclava de los algoritmos, los patrocinadores y tendencias efímeras.
Pero quizá lo más interesante, es que el filme también cuestiona el valor mismo de los principios inamovibles. En un mundo tan contradictorio, ¿es posible ser fiel a uno mismo? La idea de una coherencia absoluta empieza a tambalear. Y esto tiene un sello bastante estadounidense, pues está ligado a una cultura que ha construido su identidad alrededor del éxito individual, el mérito y la idea de “llegar a la cima”.
La pregunta entonces deja de ser si es posible ser fiel a uno mismo, y pasa a ser en qué medida y a qué costo. Porque en este mundo, la fidelidad absoluta suena más a ideal que a práctica. Y quizá lo realmente auténtico sea aceptar que, para seguir en juego, casi todos terminan negociando algo. Además, ya lo dijo Miranda: “Los seres humanos están hechos para traicionar”
Bonus Track, una mujer con poder
Miranda Priestly. Ese es el personaje que hace esta película (y no podía estar interpretada por alguien que no sea Meryl Streep) Cruel, sofisticada, alineada con las lógicas del capitalismo, Miranda representa una forma de poder que no pide disculpas. Su figura condensa la dificultad de aceptar a una mujer que ejerce el poder sin justificarlo.
Miranda gusta y asusta. Asusta porque encarna al “diablo”, pero también porque ese “diablo” es una mujer que no negocia su ambición. Y quizá lo que en un hombre se leería como liderazgo o determinación, en ella se ve como crueldad.
Gusta porque dice en voz alta lo que muchos callan: el deseo de éxito, de lujo, de control, de privilegio. No finge modestia ni disfraza sus aspiraciones. No tiene problema en “venderse” si eso le garantiza poder, y en esa falta de hipocresía hay una forma incómoda —pero real— de autenticidad.

