Una nueva generación de cineastas amazónicos está visibilizando las amenazas que enfrenta la selva ecuatoriana, al igual que los esfuerzos de las comunidades por mantener viva su cultura.
La imagen de un barco solar navegando por el río Kapawari, en la Amazonía ecuatoriana, se tomaba el lado derecho de la pantalla de cine, mientras en el izquierdo, irrumpía una carretera que se abría paso en medio de la misma selva virgen. Segundos después, aparecía una motosierra que cortaba el tronco de un árbol centenario. Al ritmo del sonido de la máquina, que opacaba el canto de las aves, Luciano Peas, un líder achuar, corría descalzo a través de la selva. Su urgencia: advertir a otras comunidades sobre lo que estaba ocurriendo en su hogar.
Sani Montahuano estaba frente a estas imágenes, sentada en medio de una sala vacía, en Quito, a cuatro horas en carro y una hora en avioneta de Itia, su comunidad, en Pastaza. Aunque ya había observado la secuencia más de una decena de veces, mientras las grababa en la selva y después en el proceso de edición, en esa ocasión, estaba atenta a cada detalle para corregir cualquier error en la película antes de su estreno mundial.
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