
‘Carmela y los caminantes’ es la película que inaugurará el 3 de septiembre, en el Teatro Capitol de Quito, la vigésimo cuarta edición del Festival Encuentros de Otro Cine (EDOC).
Llegan hasta su casa en El Juncal, en la provincia de Imbabura, después de semanas, de trechos largos, de otras paradas. Llegan con mochilas, colchas y con su nombre como referencia: algún compatriota les habló de ella o la vieron en televisión. Llegan y se van, casi siempre, a pie. Por eso Carmen Carcelén, la mujer que los recibe, los llama caminantes.
‘Carmela y los caminantes’, ópera prima de los directores ecuatorianos Esteban Coloma y Luis Herrera R., es un retrato cercano y elocuente de Carcelén, una costurera ibarreña que, desde 2017, hizo de su casa una estancia de hospitalidad, alivio y recuperación –ella misma aclara que no es un “refugio”– para los más de 10,000 venezolanos que transitaron por ahí en su ruta hacia otros países.
Los directores muestran, en un corte de una hora y media, la cotidianeidad de quienes llegan y de quienes los atienden sin intervenir, sin preguntar. Coloma y Herrera conversaron con varias de las personas que aparecen, pero quitaron las entrevistas y priorizaron la observación, inspirados en el género del cine directo. Al final -dice Coloma- nos dimos cuenta de que queríamos indagar en el aspecto emocional, contemplativo, más que en las reflexiones habladas.
Optaron, también, por contar esta historia en blanco y negro. Esa elección respondió al propósito artístico de resaltar la fotografía (es, de hecho, uno de los aspectos más destacables) y al de evidenciar que la migración es un proceso atemporal, cíclico, que ha seguido y seguirá sucediendo.
La solidaridad y sus aprendizajes
Desayunan café con pan y un huevo duro. Lavan la ropa en el río y, en la noche, meriendan una sopa que, de tan caliente, enfrían con sus soplos para dársela a los niños. Antes de pasar a los cuartos –para hombres y para mujeres–, los caminantes deben acatar una de las reglas de la casa. Carmela la detalla: “(Deben) deshacerse de su cuchillo, su punzón, su navaja, su tijera, todo lo que sea cortopunzante”. La solidaridad tiene sus límites y sus aprendizajes.
Coloma dice que no querían hacer un retrato publicitario de Carcelén. Querían presentarla –como pretende todo retrato que se precie de serlo– como una persona compleja, con contradicciones, “con actitudes que pueden ser vistas como duras, pero que responden a un contexto duro”.
La bondad de Carmela –como le dicen en el pueblo y como la llaman los visitantes– no es ingenua ni desinformada. Conoce bien a sus huéspedes –quizá mejor que las mismas organizaciones humanitarias– porque los escucha, los mira, los interpela cuando siente que debe. La mueve un impulso humano, una empatía primigenia. “Ustedes no deben perder más de lo que ya han perdido”, les dice un día mientras la escuchan en el patio de la casa. “El venezolano ha perdido hasta la dignidad. ¿Qué más se puede perder después de la dignidad?”.
Una ducha caliente y una muda de ropa limpia. Un colchón y una cobija para no dormir en el suelo frío. Unas palabras de aliento, de coraje, verdad. Mediante todo eso, Carmela intenta reconstituir lo que sabe tan valioso. La dignidad, además, está en la estética: en un buen corte de pelo, en pintarse los labios o en depilarse las cejas después de tanto tiempo y a pesar de todo. Destacan aquí las escenas que muestran a personas queer -de la diversidad sexual- migrantes y sus cuidados, una arista casi ignorada en la mayoría de las historias de migración.





El camino de Carmela
Cuando no está atendiendo a los caminantes, Carmela se ocupa de su propia vida. En la intimidad de su cuarto, recostada sobre el regazo de Carlos, su pareja, conversa sobre el destino de Gary, uno de sus ocho hijos. En esa misma casa donde ocurre todo, Gary se enamoró de una venezolana y está por irse con ella a Chile a buscar oportunidades.
La vemos también barriendo su puesto del mercado en la madrugada y luego vendiendo las hortalizas. En sus ratos libres, la escuchamos cantar con un coro de mujeres en la iglesia, durante una ceremonia religiosa con los niños del pueblo. En cierto momento, incluso, la acompañamos en una de las instancias más difíciles de su vida sentimental: el único contacto que tiene con Carlos, ausente de la casa, es a través de videollamada.
Lograr esa intimidad con Carmela y su familia tomó tiempo. Coloma cuenta que, aunque ella estaba acostumbrada a las cámaras de televisión, en un principio no entendía por qué los directores querían estar a su alrededor el mayor tiempo posible y no solo por unas horas. “Fue simbólico que a medida que íbamos ganando acceso y confianza, físicamente también ganábamos un espacio en la casa. Dormimos hasta en el cuarto de sus hijos”.
Inmersos en esa cercanía familiar, acompañamos con emoción a Carmen Carcelén en uno de los días más importantes y esperados para ella. Y ahí la seguimos, en su propia ruta a pie, al encuentro con lo que, esperamos, la colme de felicidad.

