El quiteño Beto Valencia es el director y guionista de ‘El extraño caso del Hombre Bala’, cortometraje animado ecuatoriano que hasta julio de 2025 ha ganado más de 40 premios internacionales en 20 países. Lo que viene es la explicación del éxito de esta historia.
- ¿Cómo pudo llegar hasta aquí?
- Vino a hacernos daño.
- Parece una amenaza.
- Es un extraño.
- Seguro tiene malas costumbres.
- ¿Tendrá alguna enfermedad?
- Se le ven las malas intenciones.
- ¡Ladrón!
- La gente como él…
- Enemigo.
¿Le suenan familiares estas palabras, exclamaciones y preguntas? Son las mismas que se repiten en la boca de los protagonistas del cortometraje ‘El extraño caso del Hombre Bala’, una historia animada en 3D que trata los problemas de la migración en el siglo XXI, desde la metáfora y el mundo de lo absurdo en clave de clown.
En este corto, que se hizo en cuatro años, trabajaron dos estudios de animación: Matte CG e Inti FX y más de 40 personas, entre ellas SoZapato y Venart, en la dirección artística; Andrés Aguilar, en la producción; y Sebastián Cordero y Javier Andrade, en el asesoramiento de la dirección y del guion, respectivamente.
La historia dura diez minutos, empieza con unos versos del pasillo ‘Collar de lágrimas’ y termina con una canción de la ecuatoriana Luz Pinos y fotografías reales de inmigrantes, cedidas por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
La trama es simple: en la mañana un hombre entra a un pueblo y en la tarde es expulsado. Lo complejo sucede en el medio; y es sobre esas complejidades y sobre su visión de la migración que giran las reflexiones de Beto Valencia.
¿Qué detonó tu interés por escribir y dirigir ‘El extraño caso del Hombre Bala’?
Desde niño, siempre soñé con ir a otras partes y cuando tuve la oportunidad comencé a viajar mucho como turista. Ese momento de mi vida coincidió con el ‘boom’ de la migración ecuatoriana del 98. Por esos años tuve muchas experiencias negativas por el color de mi piel o por mi cabello largo. Un día, con un amigo venezolano nos fuimos de Barcelona a París en tren. Cuando llegamos se abrieron las puertas y bajaron quinientas personas y asomaron cuatro policías que dejaron pasar a todo el mundo, pero cuando nos vieron a nosotros nos pararon. Nos hicieron mil preguntas, nos pidieron que abriésemos las maletas y que sacáramos la ropa. Cuando salí de la estación temblaba. Eso me marcó muchísimo, porque entendí que mi sola presencia en un lugar había generado conflicto. Eso es algo parecido a lo que le pasa al Hombre Bala.

Luego esa experiencia se convirtió en un cuento.
Sí, luego quise contar una historia que mostrara un poco lo que me pasó y donde lo más importante no fuera el migrante sino su entorno. Como el foco siempre está en él, me propuse que en mi historia el foco estuviera en todos los que están a su alrededor. Lo que sí pasa con el Hombre Bala es que lo poco que hace dentro de la historia genera una onda expansiva brutal, como cuando lanzas una piedra a un estanque. Siempre me quedé pensando en qué habría pasado si aquella vez en la estación de tren de París yo llevaba alguna medicina confundida con una droga o si simplemente reaccionaba mal por cómo nos estaban tratando en ese momento. Creo que lo interesante en el corto es ver cómo los prejuicios del resto de personajes influyen en el desenlace de la historia.

Prejuicios que no son exclusividad de unos pocos.
El prejuicio al inmigrante es algo que lo experimentamos todos. Aquí lo hemos vivido de manera brutal con los venezolanos. El problema es que seas diferente, la otredad. Es supercurioso, porque a veces podemos tener pequeños prejuicios o pequeñas dudas respecto de los otros, pero si esos otros también los tienen es como si esas dudas justificaran las tuyas e hicieran de eso una verdad, aunque ninguno haya hecho nada. A partir de esta idea se armó la película. Creo que parte del éxito del ‘Hombre Bala’ está en la forma en que se cuentan estos prejuicios dentro de la historia. Esa especie de teatro absurdo en clave de clown, donde el personaje principal no hace mayor cosa.

Nos espantamos de cómo tratan a los inmigrantes en otras partes pero de cómo somos acá con ellos, ¿por qué?
Para mí es muy difícil trasladar la sensibilización sobre la migración cuando no la has vivido. Ese ejercicio de ponerse en la piel del otro requiere una dosis de empatía enorme. La gente más empática con los migrantes es la que también ha migrado o que tiene alguien cercano que lo ha hecho. En este corto quería usar todos los elementos que la gente identifica con la migración; sobre todo, los relacionados a los muros, los reales y los imaginarios. Por eso, el pueblo del cortometraje está entre muros y por eso el Hombre Bala tiene que cruzarlo para entrar y los demás lanzarlo para que pueda salir.

Los personajes de esta historia intentan resolver qué hacer con el Hombre Bala de forma democrática. ¿Una crítica de Beto Valencia a cómo funciona el sistema?
A veces, nos amparamos en las leyes y en las mayorías para justificar actos atroces. Hay esta idea de que como algo fue decidido por una mayoría o ya está escrito en alguna ley, yo me puedo lavar las manos y deslindarse de responsabilidades. Por eso es que Trump está promoviendo la creación de nuevas leyes para deportar a los inmigrantes. Me pareció muy interesante burlarme de todo eso, que la decisión de expulsar al Hombre Bala del pueblo no recayera en una sola persona sino en el colectivo. Lo más ridículo de esta historia no es cómo ellos reaccionan, sino de lo que se agarran para expulsarlo.

¿Por qué crees que se ha vuelto inevitable ver al otro como invasor?, ¿como alguien a quien no hay que ayudar?
Hay una percepción errada de creer que el lugar en el que vives te pertenece. Al final no hay invento más absurdo, ridículo e insostenible que una frontera. Y no importa cuánto se argumente sobre el tema, igual la gente seguirá cruzándolas. Por otro lado, no es fácil entender al otro. Es un ejercicio que si no lo aprendemos desde pequeños, de adultos se vuelve complejo. Creo que la esperanza de un mundo mejor siempre estará en que hagamos entender a los niños estas realidades y esto depende mucho de la educación. En Quito hay muchos colegios a los que llamo burbuja, donde solo van los chicos con vidas más o menos parecidas. Creo que ese es uno de los espacios en el que nacen los microprejuicios sobre la migración, sobre los migrantes y sobre los otros.

